El 30 de septiembre, el Banco Central dominicano (BC) subió su tasa de política monetaria de 5.25% a 5.50%. Es un movimiento de apenas un cuarto de punto porcentual, pero rompe casi un año de pausa y es la primera alza desde 2022.
Lo llamativo es el momento: la inflación interanual había bajado de 5.67% en junio a 5.13% a agosto, y la subyacente, que excluye los precios más volátiles, estaba en 4.76%, dentro del rango meta de 4% +/- 1%.
¿Por qué apretar cuando los precios ceden? A mi juicio, la decisión se entiende mejor como un seguro que como una reacción a la inflación de hoy. Este artículo explica qué está asegurando el Banco Central y quién paga la prima.
El mundo vuelve a subir
El contexto internacional cambió en pocas semanas. El conflicto en Medio Oriente llevó el petróleo crudo por encima de US$100 el barril a mediados de septiembre, antes de moderarse hacia US$90 a fin de mes, según el propio BC. Los combustibles refinados, que pagan transportistas y empresas, subieron aún más.
En paralelo, la Reserva Federal (Fed) de Estados Unidos subió su tasa en septiembre a un rango de 3.75%-4.00%, y el Banco Central Europeo (BCE) también la aumentó. Ambos enfrentan una inflación por encima de su meta de 2%: según las cifras que cita el comunicado dominicano, la de Estados Unidos se proyecta en 3.4% para 2026 y la de la zona euro fue de 3.2% en agosto.
En casa, la economía creció 4.5% entre enero y agosto, y el crédito privado en moneda nacional se expande alrededor de 7.5% interanual. A mi juicio, no necesita estímulo.
Como referencia, en 2022, con una inflación que llegó a 9.64% en abril, el Banco Central llevó la tasa de 3.00% a 8.50% en cerca de un año. Estimo que lo de ahora es un ajuste mucho menor, pensado para no tener que repetir aquel ciclo.
¿Qué está asegurando?
Más allá de las cifras, lo importante es entender qué incentivos están detrás de la decisión. El primero son las expectativas. Si empresas y trabajadores empiezan a creer que la inflación seguirá alta, ajustan precios y salarios por adelantado, y la creencia se cumple. Los economistas llaman a esto efectos de segunda ronda: el combustible caro pasa al transporte, luego a los alimentos y después a los contratos. El Banco Central dice que busca evitarlos.
El segundo es la tasa real aproximada, es decir, la tasa de interés menos la inflación. Con la política monetaria en 5.25% y la inflación en 5.13%, la tasa real de referencia era prácticamente cero. Para quien ahorra en pesos, su dinero apenas conservaba poder de compra. Con 5.50%, el margen sigue siendo pequeño, pero mejora.
“Con la política monetaria en 5.25% y la inflación en 5.13%, la tasa real de referencia era prácticamente cero”.
El tercero es la diferencia de tasas con Estados Unidos. Si la Fed sube y el BC no, mantener pesos se vuelve menos atractivo que mantener dólares, y eso puede presionar el tipo de cambio. Aquí conviene un matiz: según el BC, el peso acumulaba una apreciación cercana al 6% hasta septiembre, y en el tercer trimestre se movió menos de 1%. Por ahora, la presión cambiaria es un riesgo que la decisión monetaria busca prevenir.
Hay un argumento en contra. Buena parte de la inflación reciente viene de choques de oferta, como el petróleo y el clima, que una tasa más alta no corrige: el barril no se abarata porque el crédito dominicano se encarezca. La subyacente, además, ya está dentro de la meta, y frenar el crédito tiene un costo en crecimiento. A mi juicio, el tamaño de la subida, apenas un cuarto de punto, muestra que el Banco Central sopesó ese costo.
¿Cuánto cuesta la prima?
La prima la pagan, sobre todo, quienes toman prestado. Las tasas de los préstamos ya habían dejado de bajar: según el Banco Central, la tasa activa promedio de la banca múltiple pasó de 13.59% en enero a 13.79% en julio, y la de consumo subió con fuerza, de 16.23% a 18.60%. Una tasa de política más alta tiende a sostener ese costo, aunque su efecto llega con rezago y depende de la liquidez del sistema.
“La tasa de consumo de la banca múltiple pasó de 16.23% en enero a 18.60% en julio”.
Para las empresas, esto implica que el ciclo de abaratamiento del crédito de los últimos años quedó en pausa. A los hogares con tarjetas de crédito o préstamos personales les conviene revisar sus cuotas antes de endeudarse más. El ahorrista, en cambio, puede encontrar rendimientos algo mejores en certificados y fondos de renta fija en pesos. Para el sistema financiero, estimo que una subida moderada con la inflación cediendo reduce el riesgo de necesitar luego una dosis mayor.
El Gobierno también paga una parte. Según el Banco Central, los subsidios a los combustibles han amortiguado el traslado del petróleo a los precios, un apoyo con costo fiscal mientras el barril siga caro. Además, tasas más altas tienden a encarecer el financiamiento de la deuda pública en pesos.
Lo que viene
Veo dos caminos. Si el petróleo se estabiliza cerca de US$90 y la inflación vuelve al rango meta en el cuarto trimestre, como proyecta el Banco Central, esta subida puede quedar como un ajuste único. Si el conflicto se agrava o la Fed vuelve a subir, no descartaría otra alza antes de fin de año. Las reservas internacionales, de unos US$15,400 millones, unos cinco meses de importaciones, dan margen para enfrentar la volatilidad sin decisiones bruscas.
Para el mercado inmobiliario que analicé la semana pasada, la lectura es directa: la tasa hipotecaria, cerca de 11.7% en julio según el Banco Central, difícilmente bajará en el corto plazo, justo cuando se acerca la entrega de muchos proyectos vendidos en planos.
La subida de septiembre es pequeña y llega con la inflación a la baja, lo que la hace fácil de cuestionar. Sin embargo, el entorno externo cambió rápido, con petróleo caro y los grandes bancos centrales apretando de nuevo, y el Banco Central prefirió moverse antes de que esas presiones se reflejen en salarios y contratos. Para hogares y empresas, la consecuencia práctica es que el crédito barato tardará más en llegar, y conviene planificar con eso en mente.









