En un país de mayoría creyentes, como República Dominicana, vale la pena detenerse a escuchar la voz de los obispos católicos en su última carta pastoral titulada “La eucaristía, fuente de comunión e impulso de la misión eclesial”.
Ya los evangélicos nos invitaron a la reflexión a principio de año. Ahora, la cúpula de la Iglesia católica apela, en su mensaje por el Día de La Altagracia, al oído de un individuo que contribuya a construir una sociedad que camine unida “hacia el progreso humano sostenible”. Nos habla de una meta en la que se consolide “la justicia y la paz”, se suprima la impunidad y reine “la disciplina, la ética y las leyes”.
No importa la religión que cobije nuestro mundo espiritual e incluso si no nos refujiamos en alguna, trabajar por una sociedad más noble y justa debe ser la meta de todos los dominicanos.
Las preocupaciones de los obispos deben ser las de todos.
Ellos, que dirigen templos a los que cada día acuden miles de ciudadanos que reflejan los problemas de su entorno social, conocen nuestros males. Nos llaman la atención sobre problemas que no podemos negar en República Dominicana, como “la violencia, la injusticia, la pobreza, la explotación, la corrupción, las excesivas desigualdades, la exclusión, el feminicidio, la carencia de la solidaridad”.
Hagamos una reflexión, cada uno en particular, sobre su mensaje y pensemos qué podemos hacer en nuestro entorno por aportar solo un granito de arena para empujar la senda de República Dominicana hacia “el progreso humano sostenible” a que aspiran nuestros obispos.












