Sales de tu casa a comprar algo, a las 5:30 de la tarde. Te distraes en una tienda, y comienza la lluvia.
Poco a poco, ves el agua tomando más fuerza, arreciando contra los contenes, hasta desbordarlos. Esperas dentro del establecimiento, compras una sombrilla y te vas, en tanto el agua parece detenerse.
Pero cruzas un par de cuadras, sorteando las aceras enchumbadas, y vuelve a llover. Solo el medio de la calle está despejado y los vehículos pasan levantando estelas de agua sucia.
Estás varada, debajo de algún toldo y ves el panorama a tu alrededor. Hay gente que encuentra el mejor momento para deshacerse de su basura y hace de la calle un guiso: Flotan berenjenas, botellas de refresco a medio terminar, lechugas, condones…
Un señor abre dos fundas de basura y comienza a agregar al caldo unos plásticos y otros desperdicios.
-¡Pero usted no está viendo que por eso es que el agua no termina de bajar de la calle!
-Eso se va con la lluvia, responde, sin perder su paciencia, como si el agua por sí sola desapareciera los elementos o como si pudiera asegurar que la basura no caerá en el propio frente de su casa, unas calles más abajo.
Encaramada en un escalón, vuelves a mirar: Algunos caminan con fundas en los pies mientras se burlan de la inmundicia. Los motoristas cruzan rápido, con los pies encaramados casi en el timón y obviando que el agua de todas formas sube hasta sus cuerpos. Otros pocos barren calles abajo, para que al menos se desentaponen las alcantarillas de su bloque.
Piensas en tantas cosas a la vez: En la falta de educación de la gente, en cómo el ayuntamiento invierte en ornamentos mientras la gestión de aguas residuales, bien gracias. En quienes reciben sueldos de miseria para barrer, diariamente, todos esos desperdicios. En cómo la gente, entre los chistes normaliza el desorden, aguanta el desorden, se queja del desorden, ignora el desorden.
“Empiezan tirando la basura al contén, y luego escalan a políticos que malgastar el dinero que puede resolver el problema del alcantarillado y otros tantos”, te atreves a pensar, mientras miras fijo el escalón. Todavía la marea sepia no llega hasta ahí.
Pero debes dar el paso, porque el agua apenas cesa. Caminas torpemente hasta que consigues mojarte. Ahora estás encharcada en tus propios zapatos. Entonces te das cuenta de que las fobias son para el que pueden y que debes continuar la marcha por el lado más seco: En medio de la calle, entaponando aún más la marcha de la Venecia improvisada, liderando la caravana de vehículos. Dando vueltas por manzanas enteras tratando de cruzar, mirando por encima del hombro a cada tanto, esperando que los motoristas, que bajan con su contentura, sean solo eso: gente “rulay”.
Llegas. Olvidas los zapatos. Enjabonas tus pies, los secas, y, a fuerza de una electricidad que se jamaquea con la ventisca, que ya no trae lluvia pero que apaga y enciende el bombillo, desbloqueas tu celular y escribes este mensaje. Ya casi son las 8 de la noche.












