En estos momentos, se celebra en Glasgow, Escocia (Reino Unido), la denominada Cumbre Internacional del Clima, o COP26, en donde líderes mundiales buscan ponerse de acuerdo sobre la forma en que se detendrá el cambio climático y el calentamiento global, fenómenos que ocurren debido al aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero en todo el planeta.
Esta Conferencia de las Partes, como también se le llama, se realiza anualmente como resultado de lo acordado en el contexto de lo establecido en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. El problema básico que se discute en esta cumbre, es cómo lograr un compromiso serio de los países para que implementen políticas públicas, medidas y acciones concretas que conduzcan a reducir las emisiones de los gases de marras, sobre todo de aquellos que son los mayores emisores.
Según los expertos, lo más importante, en este caso, es “estabilizar las concentraciones de gases de efecto invernadero a un nivel que impida interferencias antropogénicas, es decir, inducidas por el hombre, peligrosas en el sistema climático”. Se plantea, además, que “ese nivel debería alcanzarse en un plazo suficiente para permitir que los ecosistemas se adapten naturalmente al cambio climático, asegurar que la producción de alimentos no se vea amenazada y permitir que el desarrollo económico prosiga de manera sostenible”.
Otro objetivo fundamental vinculado a esto, y que se enfatizó en el Acuerdo de París realizado en el 2015, “es que el aumento de la temperatura media del planeta no supere los dos grados centígrados respecto a los niveles preindustriales y, en la medida de lo posible, que no rebase los 1,5 grados. Ese es el límite que establece la ciencia para evitar efectos más catastróficos de una situación que en estos momentos no se puede revertir”.
Sin embargo, nada de esto es fácil, y requiere de recursos económicos pero también de voluntad política, de acuerdos y compromisos de los gobernantes, y de una actitud colaborativa de las empresas y los ciudadanos. Así también, se precisa de un cambio de cultura frente al medio ambiente, y de creación de conciencia respecto a la importancia de los bosques y de conservar los recursos naturales. Pero, mientras tanto, las temperaturas continúan aumentando, estimándose que, actualmente, ha habido un incremento de 2,7 grados, debido a que los recortes de gases de efecto invernadero son insuficientes, mientras “la concentración de estos en la atmósfera no ha dejado de aumentar”. De ahí que esta COP26 es decisiva para el establecimiento de acuerdos que permitan avanzar en el control de las emisiones de dióxido de carbono y de metano.
El problema es que los países, sobre todo los mayores emisores, tales como China, Rusia y Brasil, ausentes de esta Cumbre, no terminan de ponerse de acuerdo sobre cuál será su contribución y compromiso para evitar que el planeta se siga calentando. Por igual, cada país debe poner su propia meta de reducción de emisiones, y cumplirlas, y ese es también otro tema difícil, fundamentalmente para los países pobres y en desarrollo.
De esta cumbre internacional han salido, hasta ahora, frases célebres tales como las de Antonio Guterres, Secretario General de la ONU, quien dijo que “estamos cavando nuestra propia tumba”, al referirse a los pocos avances que se tienen en la materia, en tanto que la periodista Eliane Brum, manifestó que “la COP26 solo tendrá éxito si los negociadores huelen la sangre y las cenizas de una Amazonia cerca de su fin”.











