La pandemia del covid-19 nos demostró la rapidez con la que ocurren los cambios. En vista de que nuestro entorno puede transformarse de manera abrupta e inesperada en poco tiempo, se precisa integrar la innovación y la rápida capacidad de adaptación a contextos cambiantes.
Esta habilidad de identificar las oportunidades en un camino incierto y completamente desconocido brindó la solución para que, en un momento de total incertidumbre, el mundo continuara su curso y superara el mayor desafío que ha vivido la humanidad en el último siglo.
La pandemia también dejó en evidencia una realidad que solemos obviar: la innovación es la columna vertebral para el desarrollo de las naciones y superar los grandes retos sociales que tenemos por delante.
Este proceso pandémico aceleró los cambios que ya venían ocurriendo en el aparato productivo global, con la adopción de nuevas tecnologías y la automatización de los procesos y colocó al mundo en la puerta de una cuarta revolución industrial, o la industria conectada 4.0, que está transformando las economías y las sociedades de manera acelerada.
Estamos viendo cómo la inteligencia artificial, la interconectividad, la automatización y la Big Data llegaron a optimizar los procesos, estableciendo un ecosistema mejor conectado y transformando el tejido productivo de las naciones.
Si bien los países de América Latina y el Caribe han mostrado avances importantes en los últimos años en la implementación de nuevas estrategias de innovación, todavía existen retos estructurales importantes. El Global Innovation Index 2021, que mide las principales tendencias en innovación a nivel mundial y enumera a las economías según su rendimiento, evidencia un rezago importante en la región.
Ningún país de América Latina y el Caribe ha sido capaz de cerrar la brecha tecnológica, sino que en algunos casos se han ido ensanchando en los últimos años. República Dominicana ocupó el puesto 98 dentro de las 132 economías evaluadas, retrocediendo nueve espacios respecto a la valoración que obtuvimos en los años 2018 y 2019.
¿A qué se debe esta tendencia? La escasa inversión en investigación, ciencia y tecnología supone uno de los principales desafíos a superar para que los países de la región, incluyendo al nuestro, avancen hacia una transformación digital inclusiva.
De acuerdo con la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), el gasto en Investigación y Desarrollo en América Latina y el Caribe se redujo de 0.65% del producto interno bruto (PIB) en 2013 al 0.56% en 2019.
En cambio, países de la Unión Europea, Estados Unidos, China y otros que conforman la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) tuvieron un gasto en investigación y desarrollo cuatro veces mayor y, en adición a esto, aumentaron la inversión en cerca de 0.2 puntos porcentuales en dicho período.
Otro punto para señalar es que, en general, la mayor parte del financiamiento del gasto en investigación y desarrollo en los países de la región proviene del Estado, a diferencia de países más desarrollados, donde son las empresas y las entidades académicas quienes impulsan los procesos de innovación. Esto es así porque estas organizaciones no ven la innovación como un componente aislado.
En República Dominicana debemos estar listos para montarnos en la ola de las naciones que impulsan estos cambios. Ya no se trata solo de invertir en tecnología, sino de revolucionar la manera en que pensamos, operamos, producimos y crecemos, que es lo que nos permitirá avanzar en la agenda de sostenibilidad y bienestar inclusivo.
De lograr implementar estos avances, el país sentirá fuertemente la transformación de su aparato productivo y a la vez generará cambios importantes en la economía, el empleo, el medioambiente, la educación, la salud y el transporte.
Afortunadamente, estamos dando pasos certeros, especialmente tras la elaboración de la Estrategia Nacional de Innovación. La academia, las empresas, las instituciones y los emprendedores debemos aunar esfuerzos en torno a la visión de innovación del ecosistema digital. Hablamos de implementar un proceso de integración y cooperación que impacte todos los sectores productivos y que permita avanzar a la par en salud, educación, pero también sin dejar atrás a las pymes, a la agroindustria y a los emprendedores.
En el país, la Red Nacional de Emprendimiento, que agrupa a entidades gubernamentales, organizaciones sin fines de lucro, asociaciones y empresas constituye un ejemplo importante de lo que podemos lograr desde el trabajo colaborativo. Lograr esta sinergia en torno a la innovación constituye en un activo de alto valor para los países, la productividad de las empresas, la eficiencia y la eficacia de los Estados.












