El clima caracteriza nuestro planeta y es el resultado de muchos factores que determinan las precipitaciones y cambios de temperaturas en una región determinada. Es la ocurrencia de lluvia, sequía, calor o frío con frecuencia predecible y, cuando se distorsiona, producto de la intervención humana, se conoce como Cambio Climático.
Algunas de esos cambios son las sequías, inundaciones, calor y frio extremos, así como disminución del efecto albedo*, que acelera el calentamiento y hace que la temperatura de muchas regiones aumente, causa retroceso de los glaciares y derretimiento de los polos. También se asocia a un comportamiento anormal de los humanos bajo situación de stress climático. Las intensidades registradas en los últimos 20 años han ido en aumento e impactado la economía y estabilidad social de muchos países en zonas de alta vulnerabilidad.
Los desastres están vinculados a la magnitud de los daños generados y se perciben dos tipos: el de daños y pérdidas económicas y el emocional o la percepción individual, responsable de afectar la producción, el rendimiento y los comportamientos sociales adecuados.
Se generan grandes pérdidas económicas como porcentaje del producto interno bruto (PIB), y pérdidas sociales por la inseguridad y abandono de los individuos y comunidades. Un enfoque correcto, para enfrentar la situación climática sería sustituir las improvisaciones por una planificación sistemática, continua y disciplinada en torno al bien común.
No obstante, hay dos elementos que no manejamos: nuestro posicionamiento espacial en la ruta de los huracanes y en la placa tectónica del Caribe, y el momento.
La Asociación de Estados del Caribe (AEC), en su artículo “Desastres Naturales en el Caribe: ¿Demasiado costosos como para ignorarlos?”, escrito por George Nicholson, director de Reducción del Riesgo de Desastres y Nayaatha Taitt, asistente de investigaciones de Reducción del Riesgo de Desastres, establece: “Durante el periodo 1990-2008, el Caribe sufrió 165 desastres naturales. El impacto total (daños y pérdidas) se estimó en 136 billones de dólares, siendo sus efectos económicos los más elevados con la cifra de 63 billones de dólares (46%). Incluso, tras una rápida revisión, estas cifras revelan que los efectos económicos de los desastres naturales en el Caribe son imprevisibles, alarmantes y, sin duda alguna, no pueden ignorarse”. Pág. 1, párrafo 1.
Esta cantidad es considerable y según los datos señalados, el componente no tangible es casi idéntico al porcentaje económico registrado.
El Índice de Riesgo Climático (IRC) de la Germanwatch, año 2021, resalta en la página 2, lo siguiente: “Entre 2000 y 2019, Puerto Rico, Myanmar y Haití fueron los países más afectados por eventos climáticos extremos. Párrafo 2.
Entre 2000 y 2019 murieron 475,000 personas en total como consecuencia directa de más de 11,000 fenómenos meteorológicos extremos y las pérdidas económicas ascendieron a 2.56 billones de dólares (en Paridades de Poder Adquisitivo). Párrafo 3.
Las tormentas y sus consecuencias directas -precipitaciones, inundaciones y deslizamientos de tierra- fueron de las principales causas de pérdidas y daños en 2019. De los diez países más afectados, seis fueron golpeados por ciclones tropicales. La ciencia reciente sugiere que el número de ciclones tropicales graves aumentará con cada décimo de grado de aumento de la temperatura media mundial. Párrafo 4”.
Visto lo anterior, nuestro país ha evitado estar a la par con Haití y Puerto Rico por un asunto de suerte: el huracán María tenía trayectoria de impacto con nuestro territorio y el terremoto del 2010 en Haití ocurrió en nuestra isla.
De los 10 países más afectados por el IRC, tres están en nuestra vecindad. La vulnerabilidad va de la mano con la pobreza y el subdesarrollo y, aunque contamos con organismos de prevención, mitigación y remediación competentes y experimentados, no es garantía para evadir desastres naturales.
Se prevé un aumento de la formación de huracanes por cada décima de grado que aumente la temperatura promedio mundial. Los voceros climáticos de la ONU informaron que existe una probabilidad del 50% de rebasar el límite de aumento de la temperatura, de 1.5 grados, en los próximos cinco años (15 décimos).
República Dominicana está por debajo de los 50 países más vulnerables, pero eso no implica que nos mantendremos muy alejados de los diez primeros, ya que Haití, Puerto Rico y Bahamas han sido impactados por potentes fenómenos naturales que nos han evadido por trayectorias con longitudes y latitudes no coincidentes a la nuestra.
En el XXIX Congreso de la Asociación de Supervisores de Seguros de América Latina (ASSAL), en el 2018, el pasado ministro de Hacienda, Donald Guerrero, señaló que las pérdidas en nuestro país debido a los desastres naturales (ciclones y movimientos telúricos) representarían el 0.9% del PIB, equivalentes a 642 millones de dólares, según datos de la Dirección General de Análisis y Política Fiscal.
La cifra es muy conservadora, ya que el paso del huracán María en Puerto Rico generó pérdidas por más de 4,000 millones de dólares.
Los terremotos son devastadores, por ser impredecibles, pero su ocurrencia es menos frecuente. Se estiman dos terremotos cada 150 años, pero uno de gran intensidad haría retroceder nuestra economía varios años, incluso décadas.
La distribución de edificaciones en nuestro país tiene una densidad estructural de alta y baja frecuencia parecidas. Mientras más alto el edificio, más grande el periodo de oscilación y más baja la frecuencia. Cualquier onda sísmica afectará el 50% de las edificaciones de un área determinada si la distribución es simétrica.
Si incluimos las condiciones del terreno de fundación, que es otro elemento que aumenta o disminuye los topes de magnitud en la escala de Mercalli**, algunas zonas o regiones serán más vulnerables. Mientras más lejos el epicentro, se incrementa el período y la resonancia (cuando los valores de las frecuencias sísmicas y la de la frecuencia natural de la edificación son idénticos) entre el suelo y las edificaciones, también cambia. Dependiendo de los grados de libertad y otros factores, una edificación puede tener varias frecuencias naturales de resonancia y esta sincronía entre estructuras y oscilaciones del suelo produce movimientos muy violentos.
En septiembre del 2017 fuimos amenazados por los huracanes Irma y María con 14 días de diferencia. El escenario que nos pudo tocar fue el que sufrió Puerto Rico.
Nuestra temporada ciclónica*** inició el 1 de junio, y el Centro Nacional de Huracanes de Miami y la Oficina Nacional de Meteorología (Onamet) prevén nueve huracanes o más para el Caribe. También han calculado las probabilidades de que un gran huracán en el Caribe (60%) y otro en el Atlántico (70%) impacten Las Antillas.
Nuestra economía es casi estable y permite que estemos preparados para asumir acciones de mitigación, adaptación y resiliencia, pero debemos propiciar que los estados insulares asuman sus responsabilidades ante los desafíos climáticos y vulnerabilidad común, ya que sus debilidades repercutirán en nuestra calidad de vida.
*Las superficies blancas del planeta están disminuyendo y con ello su capacidad de reflejar la radiación solar
**La escala Mercalli se caracteriza por la magnitud de los daños materiales generados, en un rango de 1 a 12.
***Se llama ciclónica porque los fenómenos meteorológicos que la constituyen se forman y se disipan obedeciendo a una secuencia. Los ciclones son tres categorías: depresión, tormenta y huracán.
Referencias:
-George Nicholson, y Nayaatha Taitt, Desastres Naturales en el Caribe: ¿Demasiado costosos como para ignorarlos?, 2012, AEC.
-Índice de Riesgo Climático, 2021, Germanwatch.











