Es viernes. El reloj marca las 2:00 de la tarde. En el lago se ve a Julieta nadar apresurada, parece que alguien la persigue. A unos cinco metros de ella, la siguen “La tóxica”, “María Elena” y “Rosa María”.
Aunque es un símil a las peleas de las telenovelas, se trata de un viaje en el que abordan 20 turistas por trajineras para recorrer los 180 kilómetros del canal de Xochimilco y perderse entre agua turbias, vendedores ambulantes y el cantar de los mariachis durante 55 minutos.
La leyenda cuenta que en la antigüedad los aztecas usaban estos canales como vías de comunicación para navegar por la Cuenca de México compuesta por los lagos de Zumpango, Xaltocan, Texcoco, Chalco y Xochimilco, siendo este último el más concurrido por los turistas y declarado por la Organización para las Naciones Unidas para la Educación, Ciencia y Cultura (Unesco) como Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1987.
La realidad devuelve al turista de su ensimismamiento. Piensa que parecen canoas prehispánicas, pero remodeladas con color, de nombres peculiares y en su interior compuesto por 20 sillas de madera, una mesa rectangular y un pódium para capturar fotografías para el recuerdo del viaje a la nación de Norteamérica.

Las familias, parejas y turistas abordan diariamente una de las 3,000 trajineras repartidas para celebración de cumpleaños, un viaje tradicional para recordar las escenas de las telenovelas y recibir mariachis que deleitan al público con voces que entonan melodías como “Cielito Lindo”, “Solamente una vez” y “Bésame Mucho”.
Las coloridas yolas se alejan de las construcciones y se sumergen en un lago con temperatura de 19 grados celsius, arropado por una brisa que cala los huesos, pero amortizado con michelada. El viaje les cuesta a los siete turistas dominicanos 600 pesos mexicanos (US$29.9).
Las barcazas con nombres tan pintorescos como “María, la bonita”, o tradicionales como “Estelita, “Lolita y “Lupita”, recorren cada 55 minutos el afluente, mientras dos, tres y cuatro vendedores de elote y flores se acercan en vía contraria para ofertar sus productos.

–Ándele, cómpreme unas florecillas –dijo un mexicano de unos 5.6 pies de altura. El vendedor ofrece su producto mostrando una variedad de coronas florales, desde girasoles hasta margaritas. Indica que una corona de flores “la deja” en 150 pesos mexicanos.
Los turistas niegan y continúan tomándose fotos en la empinada de la yola. Al guía de unos 45 años le sobresale la barriga. “Aquí se bebe mucha cerveza, amigo, cómprele una”, resalta, esquivando otro barco.

“¡Una michelada!, ¡Una michelada!”, exclama una mujer de lado izquierdo. El vaso de un litro de cerveza típica le cuesta al turista 100 pesos mexicanos, quien prueba el líquido ambarino y degusta su sabor amargo.
El agua turbia acoge a un promedio de 3,000 trajineras con una mezcla de colores amarillos, rojos, azules, rosados y verdes, los cuales representan la cultura mexicana.







