[dropcap]U[/dropcap]no de los debates más socorridos entre los economistas dominicanos versa sobre la existencia o no de un modelo económico en el país, a partir de una serie de elementos que lo podrían caracterizar.
Por ejemplo, a finales de la década de los años 60 se hablaba de un esquema de sustitución de importaciones, el cual buscaba promover el desarrollo industrial a partir del otorgamiento de exenciones impositivas y facilidades arancelarias, con las expectativas de que la industria local produjera lo que se traía del exterior y, con ello, hubiera un impacto en la reducción de los precios internos de la economía.
Este modelo posibilitó que determinados sectores industriales vieran desarrollar sus empresas, aun cuando el mismo no estaba sustentado en un incremento en la productividad, sino en la reducción de costos que las facilidades otorgadas por el Estado permitía.
Como era de esperarse, este modelo cumplió su ciclo y llegó su agotamiento, y con él la aparición de la apertura de mercados de exportación como una tendencia que demandó, entre otras cosas, la revisión de la estructura impositiva en el país, la eliminación de determinados subsidios, y la necesidad de transformar el aparato productivo para hacerlo más eficiente y menos dependiente del favor gubernamental.
Sin embargo, la apertura de mercados no constituyó un modelo económico propiamente dicho, sino una tendencia que impactó a muchos países, entre ellos a RD, pero que los resultados para América Latina son que se perdió casi una década a partir de la instalación de este esquema.
Pero los hacedores de la política económica del país, por encargo de los gobernantes de turno, continuaron ensayando y buscando opciones que condujeran a la identificación de sectores productivos que se convirtieran en pilares de la economía, y a partir de los cuales se pudiera lograr un desarrollo integral de la nación dominicana.
La mayoría de estos ensayos, si no fracasaron, por lo menos su vida útil fue relativamente corta, con pocos efectos para los agentes económicos y para la expansión productiva.
Perdonando el atrevimiento, y solicitando encarecidamente que nadie quiera rasgarse las vestiduras, la conclusión es que el único modelo económico real que ha existido en el país, fue el instaurado por la dictadura de Trujillo, pues estaba sustentado en una lógica económica, así como en un sistema institucional que funcionaba –aunque para beneficio propio–, con objetivos claros y precisos –hacer a la familia cada vez más rica–. Solo que ese modelo tenía un fuerte olor a sangre que, gracias a un grupo de hombres valerosos, se pudo desmontar, un día como hoy, a sangre y fuego.











