Hay un hermoso país, en una isla compartida del Caribe, llamado República Dominicana, con un pueblo lleno de encanto, una cultura diversa, gente creativa, trabajadora y amable. Un país con un largo ciclo de crecimiento económico y disminución de pobreza extrema, pero con evidentes dificultades para reducir la desigualdad y el acceso de su gente a nuevas oportunidades.
Imaginemos por un momento una historia inspiradora: un joven dominicano llamado Juan, hijo de padres trabajadores de escasos recursos. Juan tiene grandes sueños de superación y aspira a una vida mejor. Sin embargo, Juan se enfrenta a grandes barreras en su camino. Vive en una vivienda en una zona marginal, en un espacio expuesto a las inundaciones y cualquier otro tipo de amenaza. Su casa está situada encima o cerca de cañadas hediondas, sin alcantarillado y sin recogida de basura.
Su vivienda carece de suministro de agua potable. Juan tiene una escolaridad y una educación deficiente, un acceso precario a la energía, al transporte y a un sistema de salud que le ofrece servicios de baja calidad. Se enfrenta cada día a la falta de oportunidades para un empleo o un auto emprendimiento que le permita llevar una vida digna. Y al igual que la mayoría de los dominicanos, independientemente de su nivel de ingreso, en el entorno de Juan no hay áreas verdes ni de ocio y vive con temor y desconfianza hacia las autoridades responsables de proteger sus derechos como ciudadano.
República Dominicana se encuentra en una encrucijada. Si bien ha logrado importantes avances en diversos aspectos, como tener la mayor velocidad de convergencia promedio más alta de la región en términos per cápita en comparación con Estados Unidos, de acuerdo a Fuentes, Fernández y Santos (2023), aún persisten desafíos en áreas clave como la productividad de la economía, la calidad del crecimiento, la competitividad de nuestras empresas, los derechos de propiedad, la diferenciación entre bienes públicos y bienes privados, la educación, la salud, la pobreza, la desigualdad de oportunidades, la condición de las viviendas, la ocupación del suelo urbano y rural y el transporte o el acceso al sistema de justicia. Estos desafíos obstaculizan el pleno desarrollo y el potencial de la sociedad dominicana.
A medida que el mundo avanza rápidamente, surge la necesidad de que este país alcance los más altos estándares de desarrollo y equidad. Y esos estándares de desarrollo y equidad lo poseen los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).
Una política de convergencia explícita con los indicadores de desarrollo de la OCDE nos colocaría en el camino a la cima del desarrollo y es esencial, por lo menos, por dos razones: La primera, porque nos brindaría una guía concreta y medible para evaluar nuestro progreso en relación con los países más desarrollados del mundo al identificar las áreas en las que debemos mejorar y establecer metas alcanzables para cerrar las brechas existentes. Y, la segunda, promovería en mayor escala la atracción de inversión extranjera directa, fomentando un crecimiento económico diversificado y de mayor calidad con generación de nuevos empleos. Los inversores y las empresas globales confían en los países que siguen prácticas transparentes, respetan los derechos laborales y protegen el medio ambiente.
No menos importante, la implementación de una política de convergencia con la OCDE fomentaría la cooperación y el intercambio de conocimientos con otros países miembros, fortalecería nuestra reputación internacional y abriría las puertas a nuevas oportunidades. Podríamos aprender de las mejores prácticas y de experiencias exitosas en áreas como la regeneración de los espacios urbanos, la implementación de una política de nueva ruralidad, sistemas de transporte más eficientes, la introducción de instituciones más autónomas para regular los mercados, la utilización de un catálogo de políticas activas de empleo o como darle estabilidad a la administración pública más allá del ciclo político.
Converger de forma explícita nos permitiría caminar enfocados y con claridad de objetivos hacia una sociedad dominicana más inclusiva, respetuosa de las instituciones, cumplidora de sus deberes y con capacidad de reclamar adecuadamente sus derechos. Tenderíamos a parecernos en indicadores de bienestar a los países más desarrollados del planeta.
En diciembre de 2009 el país fue aceptado como miembro del Centro de Desarrollo -CD- de la OCDE. Para ello influyó la reforma, entre muchas otras, del sistema de planificación y administración financiera del Estado, en diciembre de 2006. El CD es un espacio que permite conocer las prácticas de los países con los mejores indicadores de bienestar. Colombia, Costa Rica y Perú llegaron posteriormente a este Centro de Desarrollo y, sin embargo, los dos primeros países hoy son miembros de pleno derecho de la OCDE. Evidentemente hemos perdido tiempo. O, dicho de otra forma, no hemos podido avanzar más rápido.
¿Sería esta política de convergencia explícita una solución a todos los problemas de la sociedad? No. ¿Es una meta de llegada? Tampoco. Sería tan sólo un punto de partida. Un proceso dinámico de adaptación constante. Una buena carta de ruta dónde tendríamos que “ser originales copiando bien”. Implementar una política de convergencia nos obliga a hacer bien los deberes y evaluar los resultados. Nos compromete a tener la humildad de admitir los errores y equivocaciones que se producirían en el proceso de implementación, la suficiente fortaleza de asumirlos y la capacidad de enmendarlos.
Tirar hacia adelante en la búsqueda de la cima del desarrollo y parecernos en indicadores a los países más desarrollados del mundo requiere consensos políticos y sociales mínimos. Esta historia de éxito puede hacerse realidad si los ciudadanos comunes y el liderazgo social, empresarial y político desempeñan un rol en la definición y un compromiso activo en la búsqueda de este proceso de convergencia con los indicadores de desarrollo de la OCDE.
Si República Dominicana implementara una política de convergencia, Juan tendría una mayor probabilidad de alcanzar sus sueños: Disfrutar de un espacio urbano regenerado con una vivienda adecuada y áreas verdes. Acceso a una educación de calidad garantizada que le ofrecería las herramientas necesarias para enfrentar los retos del mundo actual. Movilidad en un mercado laboral inclusivo y justo, con la oportunidad de un empleo digno, mejor remunerado y con una pensión sostenible en el tiempo. O tendría la oportunidad de un auto emprendimiento. Un sistema de salud que sería accesible y de calidad, asegurando su bienestar y el de su familia. Seguridad ciudadana basada en la confianza tanto en los cuerpos de seguridad como en los vecinos de su entorno. Juan formaría parte de un capital social acrecentado que descansaría en la confianza en el “otro”.
República Dominicana tiene el potencial de convertirse en una nación con un liderazgo inspirador que haga la diferencia en la región creando una sociedad inclusiva, donde personas como Juan tengan acceso a las oportunidades, sean respetuosos con su entorno y contribuyan activamente a mejorar la calidad de vida en este pequeño rincón del planeta. Llegar a la cima del desarrollo se inicia con un primer paso. Dar ese primer paso es ahora.











