[dropcap]P[/dropcap]or mucho tiempo se ha debatido sobre si la pobreza es un estado mental que conduce a determinadas condiciones de vida y a ciertos comportamientos de los individuos que la padecen, o si es una situación meramente económica a la cual se llega mediante la escasez o inexistencia de medios –económicos y materiales– a partir de los cuales se puede generar riqueza.
Otra discusión relevante en torno al tema, es si la pobreza se transfiere de padre a hijo a nieto, especialmente cuando las condiciones de baja escolaridad permanecen a través del tiempo.
Independientemente de los enfoques sobre la pobreza, y de las respuestas que se puedan dar para explicar esta condición, lo cierto es que el tema preocupa tanto a los gobiernos, a las organizaciones no gubernamentales, a los organismos internacionales y, obviamente, a los propios pobres.
Los gobiernos, sobre todo en los países subdesarrollados, tienen el reto de disminuir la pobreza, para lo cual implementan políticas públicas que, en muchos casos, no la reducen ni la mitigan.
Las ONG comúnmente ejercían presión para que los gobiernos invirtieran en áreas en donde se beneficiara a una mayor cantidad de personas consideradas -no solo estadísticamente- realmente pobres. En el caso de los organismos internacionales, la mayoría justifica la implementación de proyectos en objetivos de eliminación de la pobreza. Entidades como el Banco Mundial predican lemas como el de “Nuestro sueño es un mundo sin pobreza”.
Y en verdad la pobreza ha disminuido en el mundo durante las últimas décadas. Por ejemplo, estimaciones realizadas por el BM indican que “el 12,7 % de la población mundial vivía con menos de US$1,90 al día en 2011, cifra inferior al 37% de 1990 y al 44% de 1981…lo que significa que 896 millones de personas subsistían con menos de US$1.90 al día en 2012, en comparación con 1950 millones en 1990 y 1990 millones en 1981”.
Sin embargo, lo que nadie se imagina es que un porcentaje importante de reducción de la pobreza ha venido por el papel que han jugado las microfinanzas mediante el otorgamiento de préstamos a microempresas de subsistencia -en donde los propietarios son verdaderamente pobres-, a las cuales ni el Gobierno ni la banca privada le prestaban.
Cuando no se hablaba de bancarización de las Mipymes, y cuando la tarjeta de crédito no había aparecido como instrumento de financiamiento de la producción, ya existían entidades de microcrédito arriesgando capital con una visión casi filantrópica.











