Durante mis estudios de economía de la educación y planificación de la formación profesional, en la República de Alemania, por allá por el año 1993, aprendí el concepto de cualificaciones claves o cualificaciones extra funcionales, el cual definía aquellas habilidades y herramientas que debía tener un trabajador de cualquier empresa, pero que no estaban necesariamente vinculadas con los conocimientos específicos de un determinado puesto de trabajo.
Entre estas habilidades estaban la capacidad de planificar, de colaborar y trabajar en equipo, de pensar más allá de lo que era su oficio técnico dentro del negocio. Esto me pareció sumamente interesante y útil en un mundo que empezaba a cambiar drásticamente debido al uso intensivo de la tecnología, a la aparición de la robótica y a las innovaciones técnicas que recién se estaban introduciendo en las empresas.
Estas cualificaciones extra funcionales no estaban regladas, sino que eran el resultado del aprendizaje continuo dentro de las propias unidades económicas. De hecho, no todos los empleados desarrollaban estas cualificaciones que, como su nombre lo indica, fueron claves para la consecución de nuevos y mejores empleos para aquellos que decidían cambiar de empresa.
Sin embargo, frente a esta realidad, que tenía lugar en cualquier parte del mundo, los sistemas educativos no aprendieron mucho, sobre todo a nivel de América Latina y el Caribe, e ignoraron la importancia de las cualificaciones extra funcionales sin saber que, algunos años más tarde, esto podría ser una respuesta acertada a los cambios tecnológicos que provocarían, como hoy, la aparición de una industria 4.0, o lo que es lo mismo, fábricas sin empleos.
Y así llegó la Inteligencia Artificial (IA) impactando el mundo empresarial y, particularmente, al mercado laboral. De esta manera, se plantean consecuencias duales para el entorno laboral: por una parte, esta nueva tecnología crea empleos especializados en campos como la ciencia de datos y la ingeniería de la IA; por el otro lado, se eliminarán miles de empleos relacionados con tareas monótonas y repetitivas que, muy bien, puede hacerlas cualquier robot de los que se utilizan hoy en día (Zendesk, 2023).
Ahora se está pidiendo, erróneamente, que todos aprendamos Inteligencia Artificial, en especial los niños, que los eduquemos en esta tecnología a fin de que se familiaricen y puedan utilizarla en el futuro cercano. Por suerte, aún existen pensadores con la capacidad y la claridad meridiana de entender los procesos de cambio y, en esa medida, plantear soluciones diferentes a las que se han estado proponiendo durante los últimos años.
En ese sentido, Kai-Fu Lee, experto en IA, dice que la educación necesita ser reiniciada, pues debería centrarse en lo que requieren los humanos, no en ser como la Inteligencia Artificial sino en lo que esta no puede hacer. La educación debería centrarse en las tres C: curiosidad, pensamiento crítico y creatividad. También, la educación debería estar dirigida a aprender trabajo en equipo, a colaborar y a comunicarse, que es lo que piden las empresas de hoy en día, no en competir unos contra otros o en hacer deberes individuales.
Obviamente, insiste Kai-Fu, se tendrá que aprender las destrezas básicas, matemáticas, lenguaje, etcétera, pero será clave que los niños aprendan a amar, a tener empatía y a como ganarse la confianza.
Los retos y los desafíos actuales son enormes para los sistemas educativos, pues lo que plantea Kai-Fu más más allá de lo que se establece en el currículo y en los modelos educativos que conocemos. Tendrán que pasar muchos años para tener esta visión y muchos más para su implementación. Mientras tanto, continuemos haciéndole el juego a la Inteligencia Artificial y esperemos los resultados.











