Dando continuación al artículo anterior, quiero ahora revisar el fondo en las propuestas del Presidente. De las cuatro reformas propuestas, hay dos con las que creo todos los dominicanos que hemos leído algo de historia estaríamos de acuerdo: las de blindar los periodos presidenciales para que sean 2 y nunca más y procurar un procurador independiente, valga la redundancia.
De esto me preocupa, que por “pétrea” que sea la cláusula, en un Estado dominado por los partidos políticos, con poco margen para que la población participe del dialogo nacional, siempre podrá alguien venir a cambiar lo que para otro era incambiable. ¿Qué garantías reales puede darnos el Presidente de que en 5 o 10 años no haya surgido otro partido que tome el Congreso y el Poder Ejecutivo y que destruya la clausula pétrea? ¿Se olvida él que Hipólito, Leonel y Danilo siguen vivos y entre nosotros? ¿Qué lo hace pensar que los riferos y narcotraficantes que pululan el sistema político respetarán este acuerdo cuando han violado todos los demás?
Ahora bien, mi verdadero problema es con las otras dos propuestas y con lo que ellas implican desde el punto de visión de Estado. De un lado se propone reducir el número de diputados en el Congreso y, por el otro, reunificar las elecciones a partir del año 2032. Ambas propuestas llevan a una mayor concentración de poder en los partidos políticos, algo que no creo sabio para nuestra democracia. La misma propuesta de reducción del número de diputados, aumenta los diputados nacionales, o sea, que ya no es la gente que elige a su representante si no que, en una mayor proporción, lo hacen los partidos. Algo que avala mi queja.
El supuesto es que en los partidos políticos se concentran los mejores, los entes de pensamiento más elevados. Por lo que siempre serán ellos los que tengan el mejor interés del colectivo en sus cabezas. La triste realidad es que tenemos partidos llenos de personas que han ido en su mayoría allí o a promoverse social y económicamente o a proteger sus intereses económicos. Muchos de ellos viven del vicio de la población y muchos ostentan muy poco respeto por la capacidad académica y exhiben niveles de empatía seriamente limitados por sus propios intereses. Nuestros partidos, lamentablemente, se han convertido entramados corruptibles donde pocos van, como el Presidente, Faride, José Horacio, a dar lo mejor de sí en pro del colectivo y muchos van, como acabo de indicar, a buscar poder, promoción social y económica o a cuidar de sus intereses personales, independientemente de que tan reñida éstos están con la ética y el bien común.
Esta extrema concentración, que en 1920 pudo ser vista como “buena” pues contribuía a detener la serie de luchas interregionales que empantanaban nuestro país, hoy presagia daños claros en dos vertientes. De un lado, concentra aún más el ingreso en menos manos y de otra, reduce los derechos y accesos de las grandes mayorías. Realidad esta que a su vez exacerba y entroniza lo que ha sido nuestro mayor mal histórico: la corrupción administrativa.
Cuando hablo de concentración no sólo me refiero a la geográfica, también hablo a la social y a la económica. Los grupos de interés marginales al poder: migrantes, mujeres, jóvenes, ancianos, niños, minorías étnicas y sexuales, se encuentran cada vez con menos accesos y más dependientes de la buena voluntad de las autoridades, como si sus derechos fueran asunto de caridad y no de ley; de opiniones y no de justicia social.
Las reformas propuestas no van a solucionar estas disonancias y lanzarnos por un nuevo camino más incluyente, sino que, inintencionalmente o no, nos harán aún más esclavos de los partidos políticos
Esto dicho, creo de justicia concluir indicando que Luis Abinader Corona es el presidente que he conocido dominicano que más admiración me ha debido. Habiendo yo nacido en 1967, los otros bajo cuya égida he vivido, sus gobiernos han estado marcados o por una profunda corrupción administrativa o por crímenes contra su propia gente. Vicios con lo que este gobierno ha luchado de forma honesta, aunque no siempre exitosa. Sería sabio, creo, para el Presidente, frenar y tratar de movernos en la dirección de partidos políticos más democráticos, menos populistas y más transparentes. Esto, acompañado de una reducción voluntaria de sus propios poderes a fin de lograr un nuevo balance de fuerzas, con una población más fuerte y unos partidos políticos y por ende un gobierno más débil. Para que, como en algún comentario que hiciera anteriormente en esta columna con respecto al Código Penal, no haya una diferencia abismal entre lo que el presidente quiere legarnos y lo que legue.












