Esta semana cinco agencias y programas de Naciones Unidas (FAO, FIDA, PMA, OMS y Unicef) han lanzado el último informe sobre el Estado de la Seguridad Alimentaria y la Nutrición en el Mundo (SOFI 2024), que nos revela una realidad alarmante: la hambruna global se mantiene en niveles persistentemente altos, afectando al 9.1% de la población mundial en 2023, es decir, 733 millones de personas. Esta cifra ha permanecido casi sin cambios durante los últimos tres años, reflejando una crisis que se exacerbó notablemente tras la pandemia de COVID-19.
La prevalencia de inseguridad alimentaria moderada o severa también se ha estancado, afectando al 28.9% de la población mundial, lo que equivale a 2.33 mil millones de personas. La situación es especialmente crítica en África, donde más del 20% de la población enfrenta hambre y el 58% sufre de inseguridad alimentaria moderada o severa, cifras que duplican el promedio global.
A pesar de este sombrío panorama, aún hay esperanza. Sabemos dónde el hambre es más severa y las principales causas detrás de esta crisis: conflictos, extremos climáticos y desaceleraciones económicas. Para lograr la meta de erradicar el hambre para 2030, es esencial acelerar los esfuerzos y movilizar más recursos. Aunque el informe analiza datos dramáticos a nivel global, también destaca avances regionales significativos, como la reducción del hambre en América Latina, impulsada por una recuperación económica robusta post-pandemia: mientras que el hambre global se ha mantenido alarmantemente alta, América Latina emerge como una historia de éxito relativa. En esta región, especialmente en América del Sur, 5.4 millones de personas menos padecieron hambre en 2023 en comparación con 2021.
La clave para un cambio real y duradero radica en aumentar la financiación, mejorar la coordinación entre actores públicos y privados, y adoptar soluciones innovadoras y equitativas. La falta de una definición clara y común de lo que constituye financiación para la seguridad alimentaria y la nutrición ha sido un obstáculo significativo. Esta definición es crucial para identificar áreas subfinanciadas, asegurar la rendición de cuentas y rastrear la efectividad de las intervenciones financiadas.
El informe destaca la necesidad urgente de avanzar hacia una definición común y protocolos de mapeo de la financiación para la seguridad alimentaria y la nutrición. Esta nueva definición debe integrar todas las formas de financiación y capturar el aspecto holístico de la seguridad alimentaria y la nutrición, abarcando acciones que impacten directamente en el consumo de alimentos, el estado de salud y el gasto.
Los países con mayores niveles de inseguridad alimentaria a menudo tienen menos acceso a financiación. De los 119 países de ingresos bajos y medianos analizados, alrededor del 63% tienen una capacidad limitada o moderada para acceder a financiación. Estos países necesitan apoyo para superar los obstáculos en el acceso a financiación asequible. Esto requiere soluciones innovadoras, inclusivas y equitativas para aumentar la financiación en los países donde el hambre, la inseguridad alimentaria y la malnutrición son más alarmantes.
En resumen, el informe hace un llamado a la acción en tres frentes principales: mejorar la coordinación y el consenso sobre lo esencial para financiar, incrementar la tolerancia al riesgo y promover una financiación combinada, bien dirigida y adecuadamente dimensionada. Solo a través de un esfuerzo concertado y global, que incluya tanto a gobiernos como al sector privado, podremos aspirar a un futuro donde el hambre sea solo un recuerdo del pasado. El tiempo es esencial; debemos actuar ahora para asegurar que el objetivo de erradicar el hambre para 2030 no se convierta en una promesa vacía.
Por: Máximo Torero












