La conocida filosofía de “las ventanas rotas” que llevó el exalcalde de la ciudad de Nueva York, Rudy Giuliani, postula que en la medida en que las pequeñas infracciones no son castigadas por los cuerpos del orden, el imperio de la ley y respeto para las normas de mayor jerarquía, también se verá afectado. Si bien Giuliani, luego, en su carrera, ha tenido una serie de cambios y movimientos cuestionables, esta noción no deja de ser valiosa e importante, y es una que deberíamos ponderar en nuestro país.
Es menester aclarar que esta tesis no fue propuesta por Giuliani, sino que puso en marcha a nivel de práctica una teoría que fue propuesta por James Q. Wilson y George Kelling, quienes habían postulado que desde un punto de vista criminológico, el delito es mayor en las zonas donde el descuido, la suciedad, el desorden y el maltrato son mayores. Básicamente, si se rompe un vidrio de una ventana de un edificio y nadie lo repara, pronto estarán rotos todos los demás, es decir, si se cometen “pequeñas faltas” y no son sancionadas, entonces surgirán faltas mayores y luego delitos cada vez más graves.
El tránsito en República Dominicana es un excelente ejemplo y muestra de la teoría de las ventanas rotas en acción. ¿Cuántos de nosotros no hemos sido testigos de vehículos -tanto carros de lujo, taxis y motores, no se trata de discriminar por tipo de vehículo o nivel socioeconómico- que se “roban” la calle en vía contraria durante un tapón (y se enfadan si alguien osa a tocarles bocina o reclamar ante esta imprudencia)? O, ante la mirada indiferente de un agente de tránsito, varios, hasta decenas de motores que cruzan una intersección contra la señalización del semáforo.
¿Quiénes de nosotros no hemos presenciado vehículos públicos realizando todo tipo de maniobras peligrosas, grandes yipetas negras sin placas (qué funcionario andará ahí), o “deliverys” al parecer practicando para las carreras motorizados llevando pedidos a sus destinos? Peor aún, vemos motociclistas que se pretenden detener, se dan a la fuga (a veces en vía contraria) de los agentes del orden, y éstos meramente son contestes de mirar en forma pasiva como los mismos corren, poniendo en riesgo sus vidas y las de los demás.
Todos estos hechos son muestra de que hace falta una aplicación consistente, transparente y consciente de las leyes y normas del tránsito público. Pero las autoridades se concentran en realizar operativos y estacionar agentes en lugares particulares (entradas o salidas de pasos a desnivel, esquinas donde se dobla, por ejemplo de la Abraham Lincoln a la Gustavo Mejía, etc.), y no de hacer lo que es difícil: imponer el orden en el tránsito a través del uso de las herramientas a su disposición.
Es muy difícil pedir a los ciudadanos que cumplan con todas las normas, paguen sus impuestos, por ejemplo, a los funcionarios que lo hagan (presentan su declaración jurada, por favor), a quienes andan armados que no sientan una rabia y falta de consecuencia que los lleve a tomar la “justicia” en sus propias manos, si el Estado mismo no puede hacer cumplir las leyes de tránsito más sencillas. Es decir, si no nos tomamos el desorden del tránsito en serio y se impone la ley, ¿cómo pretendemos que República Dominicana avance en cualquier otra materia?





