Ante la debilidad de la oposición, los funcionarios del Gobierno entendieron que podían impulsar una reforma fiscal a su conveniencia y con poca resistencia. Sin embargo, no consideraron que su victoria electoral fue con un margen muy reducido, apoyada por la compra masiva de votos y el respaldo obligado de empleados públicos y beneficiarios de programas sociales, no por soldados leales a su causa.
Lejos de ser una propuesta moderna e inteligente, la reforma fiscal presentada se caracterizó por su arrogancia y desequilibrio. Esta reforma chocó con una población que ya sufre de apagones, mala calidad de los servicios públicos y el derroche administrativo de los últimos cuatro años. Al analizar los errores recurrentes del gobierno de Luis Abinader, queda claro que asumieron el poder sin un plan concreto.
Se han beneficiado de una economía relativamente estable, pero sin enfrentar grandes retos, y se han valido de amenazas de procesos judiciales para intimidar a una oposición que, en su mayoría, optó por no confrontar. Este escenario de un mal gobierno y una oposición aún peor solo nos encamina hacia un futuro incierto y lleno de obstáculos.
El economista Andy Dauhajre ha señalado que la pretendida reforma fiscal era, en muchos sentidos, un salvavidas para los evasores fiscales.
Asimismo, Ariel Jiménez ha enfatizado que el Gobierno no debe abandonar la idea de una reforma, pero que ataque la evasión, una postura que comparto. Además, es crucial que el Presidente demuestre una verdadera intención de mejorar la calidad del gasto público, eliminando el despilfarro en áreas como el incremento de la nómina pública, las pensiones desproporcionadas y la excesiva inversión en publicidad.
El informe del Banco Central presenta un panorama optimista pero sujeto a desafíos internos y externos, mantener la estabilidad cambiaria, controlar la inflación y gestionar la deuda con prudencia, serán claves para aprovechar el crecimiento proyectado del producto interno bruto (PIB) y recuperar la holgura fiscal.







