Con la llegada de la Navidad, los charamicos (esas coloridas artesanías navideñas de ramas secas) comienzan a adornar calles y parques de Santo Domingo. Estas piezas no solo embellecen el paisaje urbano, sino que representan una tradición arraigada en la cultura dominicana.
La creatividad y la sustentabilidad local se unen para dar vida a un símbolo festivo propio. Su origen remonta a los años 70 cuando artesanos dominicanos comenzaron a fabricar estos adornos como alternativa accesible a los árboles navideños importados, utilizando materiales naturales de fácil acceso como ramas secas, bejucos y pinturas de colores vivos.
Los charamicos no solo adornan los hogares acordes a la temporada, sino que son también un motor económico para familias de artesanos que dependen de sus ventas estacionales. Fabricados en talleres adaptados, su producción empieza meses antes de la temporada navideña, cuando estos recolectan materiales y diseñan cada pieza a mano. En zonas como la avenida Winston Churchill, grupos familiares se dedican a esta labor artesanal, invirtiendo su esfuerzo y tiempo en esta actividad que asegura ingresos que perduran más allá de diciembre.

Entre los artesanos que mantienen viva esta tradición se encuentra Reynaldo de Jesús, quien lleva cuatro décadas dedicado a la fabricación de artesanías con charamicos. Inspirado por su padre, Reynaldo comenzó en el oficio a los 20 años, y hoy su negocio no solo representa una fuente de ingresos, sino también una herencia familiar. En su taller, su hijo trabaja junto a otros jóvenes para crear estas piezas que cada temporada traen color a la ciudad y sustento a su hogar.
Inversiones y ganancias
Este negocio es tanto una expresión cultural como un motor de ingresos en un mercado que se reactiva cada año. Con precios que oscilan entre RD$500 y RD$15,000, dependiendo del tamaño y complejidad del artículo, los cuales varían en su diseño como angelitos, estrellas, coronas, renos, conos, árboles, canastas y arcos.
De Jesús estima que puede generar hasta RD$20,000 por día, monto que puede aumentar a medida que se acercan las fechas festivas. Sin embargo, la rentabilidad se enfrenta a varios desafíos: desde la informalidad del negocio (reconoce la dificultad de formalizarse y llevar un control preciso de sus finanzas), hasta los cambios en el clima que dañan la pintura y obligan a un constante mantenimiento de los artículos.

La preparación para esta época inicia con meses de antelación, con inversiones que ascienden a los RD$300,000 para la compra de las ramas, que pueden ser de olivos, arrayán y bejuco de alambrillo, así como las pinturas, pago de transporte y trabajadores.
A partir de octubre, la Alcaldía del Distrito Nacional (ADN) les permite colocarse en un espacio en las aceras de la avenida, por el cual debe pagar un permiso de RD$1,000 por metro utilizado para la exposición de sus artículos, que este año es de 30 metros.
“La inversión es mucha porque todo cuesta dinero, desde los cortadores materiales, el transporte de estos, los empleados, transportación de los artículos que alquilan, incluso el pago del impuesto. Aunque este año la alcaldía exoneró a los artesanos del pago del permiso, y eso representa una ayuda para nosotros”, señala.
A pesar de todos estos gastos, asegura recuperar la inversión realizada y aunque la temporada donde más vende es durante las festividades navideñas, sostiene que el resto del año mantiene ventas y alquileres de arcos y árboles para fiestas, bodas y cumpleaños.
Los charamicos: Tradición familiar
La tradición de las decoraciones con charamicos continúa con David de Jesús, mejor conocido como “David Charamico”, quien ha heredado esta labor de su padre y abuelo. Comenzó en el oficio a los 12 años, aprendiendo de un mentor que trabajaba junto a su padre. A pesar de su juventud, David ya cuenta con casi 20 años de experiencia y actualmente dirige su propio taller, donde emplea a cinco personas, los cuales reciben un salario semanal promedio de RD$5,000, y aquellos con más experiencia y mejores habilidades pueden cobrar un poco más.

David explica que como las ventas disminuyen fuera de la temporada navideña, ha optado por diversificar su negocio. Durante el año, él y su equipo también trabajan con madera de samán para crear muebles de centro, mesas de comedor y otros artículos de decoración, lo que le permite generar ingresos de forma más estable y mantener a sus cuatro hijos.
“Este trabajo es estable, a pesar de que no se vende todo el año, pero vendo otros artículos. Lo que sí es que me ha ayudado a mantener a mi familia y por eso continúo ejerciendo esta labor; nadie trabaja para perder”, agregó.
Añadió, además, que actualmente las ventas están un poco frías debido a la lluvia, pero espera que la demanda aumente a finales de mes o acercándose las fechas de la cena de Nochebuena y Año Nuevo.
Asimismo, Antonia Rivera Jiménez, vendedora desde hace 10 años, comenta que el mercado ha estado “totalmente frío” comparado con años anteriores. Indica que los clientes han perdido algo de entusiasmo, afectando las ventas. Sin embargo, sostiene que los precios se han mantenido accesibles, desde RD$200 hasta RD$5,000 para que las familias puedan seguir con esta tradición. Aunque las ventas han sido lentas, confía en que el espíritu navideño reavive el interés en las próximas semanas.
Una idea lucrativa

Según relata Rafael de Jesús, reconocido como el pionero de esta actividad, esta tradición tiene sus orígenes en los años 70, cuando decidió dar vida a una idea inspirada en las enseñanzas que recibió de su padre en su niñez.
En 1979, impulsado por su ingenio y determinación, Rafael decidió llevar su iniciativa a las calles de Santo Domingo, escogiendo la concurrida avenida John F. Kennedy como su primer puesto de venta. Allí, frente a la entrada de la Universidad Pedro Henríquez Ureña (Unphu), comenzó a poner en práctica lo aprendido, convirtiendo una acción aparentemente simple en el sustento económico para su familia desde que él tenía tan solo 18 años.
Con el paso del tiempo, esta actividad no solo le permitió a Rafael mantener a su familia, sino que también generó un impacto en la comunidad. Su presencia en ese lugar se volvió un símbolo de la época navideña, inspirando a otros a seguir sus pasos. Así, lo que empezó como un esfuerzo personal se transformó en una tradición que hoy forma parte del espíritu de Navidad en la ciudad dominicana.












