Donald Trump está de regreso en la Casa Blanca. Esta vez, con un programa económico que combina propuestas de su anterior mandato y nuevas ideas aún más audaces.
Los resultados del pasado 5 de noviembre dejan claro el apoyo popular a su visión nacionalista y proteccionista. La mayoría votó por la ‘Trumponomía’ (o Trumponomics), basada en reducir impuestos, aumentar los aranceles y flexibilizar regulaciones.
En materia fiscal, el presidente electo busca hacer permanentes los recortes impositivos del Tax Cuts and Jobs Act de 2017, manteniendo la deducción estándar y el crédito de US$2,000 por hijo para las familias.
Su programa económico plantea eliminar impuestos a ingresos adicionales en el sector de servicios (propinas y horas extras) y hasta los salarios de bomberos, policías, militares y veteranos de guerra. Según datos del censo, tres de cada cuatro dominicanos en Estados Undios trabajan en servicios, lo que ayuda a explicar el respaldo hacia la candidatura de Trump en esta comunidad.
Además, propone la deducción de intereses en préstamos vehiculares y un crédito fiscal para la compra de la primera vivienda. Para las empresas, su medida clave consiste en reducir el impuesto sobre la renta corporativa al 15% (tras haberlo llevado de 35% a 21% en su primer mandato) y permitir deducciones inmediatas en inversiones de equipo e I+D.
En cuanto al gasto público, la administración republicana por venir tiene previsto incrementar las partidas de defensa y control migratorio. Paralelamente, una segunda edición de Trump parece estar comprometida con la reducción de la burocracia y gastos superfluos, delegando esta tarea en el multimillonario Elon Musk y el empresario Vivek Ramaswamy. Sin embargo, queda en duda la capacidad de implementar esos recortes. Naturalmente, la reducción de ingresos junto con el aumento del gasto ampliaría el déficit y, por ende, la deuda pública.
De ahí que, para financiarlo, el plan de Trump recurre a su instrumento preferido: los aranceles. Durante la campaña, el presidente electo propuso un arancel general del 10% sobre las importaciones y uno especial desde 60% para productos chinos. Esa política comercial llevaría a Estados Unidos a niveles no vistos desde antes de la Segunda Guerra Mundial, en términos de tributación efectiva de los aranceles.
No obstante, diversos analistas consideran que tales promesas terminarán siendo una táctica de negociación más que una intención real de política económica.
Estimaciones de la Universidad de Pennsylvania, el Committee for a Responsible Federal Budget y la Tax Foundation proyectan que los recortes impositivos y el aumento del gasto podrían generar un costo acumulado de entre tres y ocho billones de dólares (en inglés, trillions) en la próxima década. Este escenario dispararía el nivel de deuda pública significativamente, aun con un incremento en las recaudaciones por un aumento en las tasas de los aranceles.
De acuerdo con la Tax Foundation, una nueva guerra comercial no solo anularía los efectos positivos de los recortes impositivos sobre el crecimiento económico, sino que acentuaría la desigualdad al favorecer de manera desproporcionada a los hogares más ricos, mientras los más pobres asumirían el costo de los aranceles.
Existe consenso entre economistas de diferentes latitudes en que un enfrentamiento con China y otros grandes exportadores, podría desencadenar un proceso inflacionario. Algo similar se observó durante su primer mandato, cuando la política arancelaria afectó el poder de compra de los consumidores.
Las presiones inflacionarias derivadas de la Trumponomía obligarían a la Reserva Federal a pausar su ciclo de política monetaria actual, propiciando una subida de las tasas de interés a partir de 2026.
Por otro lado, la guerra comercial intensificaría la volatilidad en el flujo de capitales y podría, en un inicio, fortalecer al dólar al reducir la demanda de importaciones. Sin embargo, la respuesta de países como el gigante asiático, podría revertir esta apreciación y debilitar la moneda estadounidense en el mediano plazo.
Sumado a esto, el crecimiento del déficit, la desaceleración del flujo de dólares hacia China y la incertidumbre geopolítica elevarían los rendimientos de los bonos del Tesoro estadounidense, afectando al mercado global de capitales, encareciendo el costo del endeudamiento.
En este sentido, las finanzas públicas de la República Dominicana serían afectadas por el incremento de las tasas de interés, además de un dólar fortalecido, llevando al gobierno dominicano a necesitar cada vez más pesos para el pago de deuda.
Dado un escenario de mayores tasas de interés, es de esperarse que el Banco Central de República Dominicana tome el mismo camino de la Reserva Federal, subiendo su tasa de política para contener el impacto del alza del dólar, mitigar el traspaso sobre el nivel de precios y proteger el diferencial de tasas. Este es un factor a considerar si usted planea realizar inversiones o solicitar financiamiento en pesos o dólares.
A nivel interno, la administración Trump-Vance planea reducir regulaciones en minería y fracking, recortar subsidios a energías limpias y promover la producción de petróleo, lo que aliviaría la carga sobre nuestra balanza comercial con una caída en el precio del crudo. Además, la reubicación de fábricas en países cercanos y/o alineados políticamente con los Estados Unidos (esto es, nearshoring y friendshoring, respectivamente) representa una oportunidad para la economía dominicana, siempre que logremos mejorar la competitividad del capital humano.
Por otro lado, su enfoque en las deportaciones masivas podría incrementar los salarios por la reducción de mano de obra, pero acompañado de un aumento en el costo de bienes intensivos en trabajo inmigrante. Esto implica un riesgo importante para la República Dominicana que, según The Economist, es el cuarto país más expuesto al “Riesgo Trump”, debido al impacto sobre el flujo de remesas por mayores deportaciones y más dificultades para obtener visados.
En definitiva, la puesta en marcha de la Trumponomía promete reconfigurar los cimientos de la economía mundial. Solo basta esperar, quizá con un optimismo desmesurado, que los cambios que trae consigo Trump al despacho oval dejen una huella positiva y no un amargo recuerdo.











