En medio de la algarabía que produjo el séptimo juego de la serie final que fue ganada de manera magistral por los Leones del Escogido, estuve compartiendo con un eminente abogado del país y, ambos, coincidimos en que la sociedad del espectáculo había triunfado de manera definitiva.
Los argumentos fueron varios, entre ellos el hecho de que todo un país estuvo paralizado este pasado lunes para ver el desenlace de esta contienda beisbolera, al tiempo que un narrador, con un particular estilo, se quería colocar, vía un rebuscado “spanglish”, por encima del propio juego; y creo, a mi pesar, que lo ha logrado.
Pero todo empieza con el “panem et circenses” (pan y circo), concepto acuñado por el poeta satírico Décimo Juvenal para criticar la estrategia de los políticos populistas romanos que buscaban ganar los votos de los pobres regalando comida barata y entretenimiento con representaciones circenses, mientras se relegaban a un segundo plano los problemas profundos de la sociedad.
El preclaro abogado de marras insistía en que no había nada que hacer y que la sociedad liquida de la que hablaba Zygmunt Bauman, en donde la individualidad sustituía toda clase de visión de conjunto de cualquier conglomerado social, había llegado para quedarse. En ese contexto, instaba a que había que tratar de vivir conforme ese modus operandi, esos antivalores y esa nueva forma de ver la sociedad.
Una especie de sálvese quien pueda. Contrario a esto, nuestro argumento iba dirigido a que debía darse un punto de inflexión vía la educación y la reeducación, sino el desenlace puede llegar a ser fatal.
Buscando validar mis reflexiones, acudí a Guy Debord (1967) quien había estudiado sobre el tema estableciendo que la sociedad del espectáculo había triunfado de manera avasallante en el mundo contemporáneo, transformando profundamente nuestras relaciones sociales, políticas, económicas y culturales.
A decir de Debord, este triunfo refleja la realidad en la que las imágenes, las apariencias y el espectáculo mismo se han convertido en las formas predominantes de experiencia y de interacción, reduciendo a su mínima expresión a lo sustantivo, la autenticidad y la crítica reflexiva. Es decir, se impone la dictadura de la imagen y la banalización de lo real.
Así, las redes sociales, la publicidad y los medios masivos de comunicación crean una realidad paralela, editada y curada, que a menudo distorsiona el mundo tal como es. Este proceso ha llevado a que lo importante ya no sea lo que ocurre, sino cómo se percibe, cómo se ve y cómo se representa. Es la sustitución de lo auténtico por el simulacro (IA).
Por igual, ha tomado vida la economía del deseo: consumismo desenfrenado y alienación, en un contexto en donde el capitalismo moderno entiende que el espectáculo no solo vende productos, sino estilos de vida, sueños y aspiraciones, en tanto que se manipula el deseo humano y se explota el reconocimiento, el éxito y felicidad a través de narrativas visuales diseñadas para perpetuar el ciclo de producción y consumo.
En este escenario, las personas se definen más por lo que poseen que por lo que son, consolidando una alienación profundamente arraigada. Al final, no hubo consenso entre mi amigo abogado y yo, y nos despedimos con la consigna de moda: Escogido Campeón.











