Hurgando en mi pequeña biblioteca, me topé con un concepto que abrió mi apetito lector y me indujo a una consulta obligada con la Inteligencia Artificial quien, siempre tan dispuesta, me llevó a un paseo por el mundo de la economía espiritual.
Una vez en el laberinto de las ideas que están alrededor de este concepto, descubrí que existe una economía que funciona más allá de las expectativas de ganancia y de la acumulación de dinero, una economía que “propone un modelo económico alternativo basado en la sostenibilidad, la descentralización y los valores humanos” (Schumacher, E. F., 1973). De hecho, Schumacher, en su obra “Lo Pequeño es Hermoso: Economía como si la gente importara”, también introdujo el concepto de “economía budista”, donde el crecimiento material debe estar alineado con valores espirituales.
Además, aquí se realiza una crítica al enfoque capitalista tradicional, que prioriza la expansión económica sin límites y el consumismo, y plantea que la economía debe estar al servicio de las personas y del medio ambiente.
Lo interesante de todo esto es que existe una economía espiritual que integra principios espirituales, éticos y humanistas dentro del sistema económico, y donde plantea que no se trata solo de generar riqueza material, sino de distribuirla de manera equitativa, fomentar el bienestar colectivo y garantiza el desarrollo integral de las personas.
Su principal fundamentación radica en la idea de que la economía no debe ser únicamente un mecanismo para la acumulación de capital, sino un medio para generar bienestar social, armonía y sostenibilidad.
Peo el concepto de economía espiritual toma más fuerza cuando un personaje de la historia como Mahatma Gandhi abogaba por este tipo de economía, la cual estaba basada en la ética, la justicia y el bienestar de la comunidad, así como también en el principio del Swadeshi o autosuficiencia económica. Gandhi, además, defendía una visión de desarrollo sustentada en el “Sarvodaya” (bienestar de todos) en lugar de la simple maximización de beneficios.
Pero la tapa al pomo se colocó cuando me percaté que, hasta Amartya Sen, premio Nobel de Economía, propugnaba por un modelo de desarrollo basado en las capacidades humanas y no solo en el producto interno bruto, permitiendo que las personas desarrollen su potencial y mejoren su calidad de vida. Así, se promovía la felicidad genuina, la compasión, y no solo el consumo excesivo (Dalai Lama).
Lo mejor de la economía espiritual, sin embargo, está en los principios que enarbola. Por ejemplo, para este tipo de economía el dinero no debe ser un fin en sí mismo, sino una herramienta para mejorar la vida de las personas y el entorno. Adicionalmente, la ética y la responsabilidad social en los negocios es crucial, y las empresas deben actuar con principios morales, respetando los derechos humanos, el medio ambiente y el bienestar social.
Finalmente, en la una economía espiritual el éxito deber ser compartido y basado en colaboración, mientras se promueven modelos como el comercio justo y las cooperativas, en tanto que el crecimiento económico se alinea con el bienestar mental, emocional y espiritual de los individuos.
En suma, la economía espiritual se visualiza como un cambio de paradigma en la forma en que entendemos la riqueza, el desarrollo y el bienestar.





