“Los acuerdos que se firman con la esperanza suelen romperse con el cinismo de los que temen la paz”. – Julio Santana.
En julio de 2015, cuando aún existía un pequeño margen para la sensatez en la política internacional, se firmó en Viena el Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC), también conocido como acuerdo nuclear con Irán. Fue un pacto histórico entre la República Islámica y el grupo P5+1 (Estados Unidos, Rusia, China, Francia, Reino Unido y Alemania), con el respaldo de la Unión Europea, que imponía límites verificables al programa nuclear iraní a cambio del levantamiento progresivo de las sanciones occidentales.
En esencia, Irán renunciaba a desarrollar armas nucleares bajo estricta supervisión del Organismo Internacional de Energía Atómica, mientras que Occidente prometía aliviar la presión económica que, por décadas, ahogó su sistema financiero, su comercio y su soberanía energética. La esperanza duró poco.
En mayo de 2018, Donald Trump decidió, de forma unilateral y sin respaldo de sus aliados, retirar a Estados Unidos del acuerdo. Lo llamó “horrible y unilateral” y reactivó las sanciones, a la vez que impuso nuevas. A pesar de que todos los informes del OIEA confirmaban el cumplimiento iraní, la Casa Blanca optó por desmantelar el pacto y sabotear cualquier vía diplomática, iniciando así una nueva fase de confrontación.
Irán, en respuesta, comenzó a suspender gradualmente sus compromisos. La confianza mutua se diluyó. Y aunque el presidente Joe Biden intentó revivir el acuerdo, su administración fue incapaz de lograr avances sustanciales durante su mandato.
Tras la reelección de Trump en 2024, las negociaciones se retomaron con más fuerza. Se preveía una nueva ronda para el 15 de junio de 2025 en Omán, en la que se discutirían los niveles de enriquecimiento de uranio y el posible levantamiento parcial de sanciones. Incluso, Trump llegó a admitir públicamente que un nuevo pacto podría estar cerca, afirmando que los iraníes “no quieren que los bombardeen”.
Pero justo cuando el diálogo parecía viable, Israel activó el botón de la guerra.
El 13 de junio, en plena madrugada, Tel Aviv lanzó un ataque aéreo contra instalaciones nucleares, centros de investigación, altos mandos militares y científicos iraníes. El primer ministro Benjamín Netanyahu calificó la operación de “muy exitosa”, asegurando que golpeó “el corazón” del programa nuclear persa. Trump reconoció que sabía de antemano del ataque, pero se desmarcó públicamente de cualquier participación directa.
¿Cuál son ahora los resultados de este aluvión de duplicidades? La ruptura definitiva de las negociaciones, una nueva escalada en Medio Oriente y una ola de condenas internacionales que consideraron la ofensiva israelí una grave violación del derecho internacional y de la Carta de las Naciones Unidas que, tristemente, de poca cosa sirven en estos momentos de dictados, chantajes, amenazas y reprimendas desde la arrogancia.
A pesar de todo, Irán reitera su disposición a firmar un acuerdo que garantice su renuncia total al armamento nuclear, lo que incluso ha sido confirmado por la Comunidad de Inteligencia de EE.UU., que sostiene que Teherán no ha reactivado ningún programa bélico desde 2003.
Sin embargo, la historia reciente deja una amarga lección. Hay quienes prefieren la guerra a la paz, porque viven del caos y se perpetúan en el poder por medio del miedo. Cuando eso sucede, el problema no es Irán ni su programa nuclear. El verdadero peligro está en la obsesión por destruir cualquier acuerdo que pueda hacer del mundo un lugar un poco menos violento.
La verdadera lección no está en las centrifugadoras ni en los titulares, sino en la facilidad con que se sustituye la diplomacia por el bombardeo. Cuando la hegemonía pesa más que la paz, cualquier acuerdo está condenado. Mientras el caos beneficie a unos pocos, la esperanza seguirá secuestrada. Solo enfrentando esa lógica perversa podremos recuperar la posibilidad de que la paz vuelva a ser un compromiso real.











