En medio de la actual ola de violencia en Medio Oriente, quiero expresar con claridad y convicción mis razones para apoyar a Israel en su derecho a defenderse.
Lo que está ocurriendo no es un enfrentamiento simétrico entre dos Estados soberanos, sino una batalla en la que un país democrático lucha por su seguridad ante ataques de grupos extremistas respaldados por un régimen hostil. Esto no está en discusión.
Israel ha estado bajo la constante amenaza de organizaciones como Hamás, Hezbolá y otros grupos considerados terroristas por gran parte de la comunidad internacional.
Estos actores no sólo niegan el derecho de Israel a existir, sino que lanzan misiles contra poblaciones civiles, usan a su propia gente como escudos humanos y sabotean cualquier intento serio de negociación. Frente a esto, cualquier nación tiene el deber, y no solo el derecho, de proteger a sus ciudadanos. Israel, como cualquier otro país soberano, no puede permanecer pasivo ante la agresión y el terrorismo.
Durante más de 35 años, Irán ha desempeñado un rol central en el asedio sostenido contra Israel, financiando, entrenando y armando a sus proxis en la región. A través de grupos como Hezbolá en el Líbano, Hamás en Gaza, y otras milicias en Siria e Irak, el régimen iraní ha creado un entramado de presión militar constante en las fronteras israelíes.
Esta estrategia de guerra por delegación busca desestabilizar a Israel sin que Irán enfrente directamente las consecuencias de un conflicto abierto. Es imposible entender el origen y la persistencia de esta amenaza sin señalar el papel activo y prolongado del clérigo chiita que gobierna en Irán.
El papel de Irán como proveedor de armas, entrenamiento y financiamiento a estos grupos agrega otra capa alarmante al conflicto.
El régimen iraní ha convertido a Medio Oriente en un tablero de guerra indirecta, utilizando “proxis” para extender su influencia y desestabilizar la región. Israel no solo se defiende de ataques inmediatos, sino que también se enfrenta a una amenaza existencial a largo plazo, con un enemigo que desarrolla capacidades nucleares mientras sostiene una retórica abiertamente genocida.
No podemos ignorar que este conflicto, aunque geográficamente lejano para muchos, tiene repercusiones globales. El aumento de la tensión en el Golfo Pérsico y el estrecho de Ormuz, por donde pasa una parte importante del petróleo mundial, genera una incertidumbre real en los mercados internacionales.
Las rutas marítimas comerciales, especialmente en el mar Rojo, también se ven comprometidas por ataques y bloqueos, lo que eleva los costos logísticos y agita la economía global. Defender a Israel no es solo una cuestión de principios, sino también de estabilidad económica internacional.
Apoyar a Israel no significa cerrar los ojos a los errores que pueda cometer, pero sí implica reconocer el contexto, las amenazas y el valor de una nación que lucha por su supervivencia en uno de los vecindarios más peligrosos del planeta. La defensa de Israel es, en última instancia, la defensa del derecho internacional, de la democracia y de la vida. Eso creo.











