República Dominicana ha sido una de las economías de mayor dinamismo en América Latina en los últimos años. Su sólido crecimiento, reflejado en una expansión del producto interno bruto (PIB) de un 5% en 2024, ha sido impulsado en gran medida por sectores como el turismo y las remesas, éstas últimas sin ser producidas aquí, pero con un gran impacto en el consumo.
Sin embargo, estos dos motores económicos, en sí, son muy vulnerables por ser dependientes del entorno internacional. Esta realidad nos obliga a repensar la estrategia de crecimiento del país. En un escenario de altas tasas de interés y conflictos bélicos en Medio Oriente, así como la guerra entre Ucrania y Rusia, son sólo algunos ejemplos a tomar en cuenta.
El turismo, aunque ha alcanzado cifras récord con más de 11 millones de visitantes en 2024, sigue siendo (y lo será) muy sensible a crisis globales, como pandemias, recesiones o conflictos internacionales, que pueden provocar una contracción súbita del flujo de viajeros. Las remesas, por su parte, si bien han sostenido el consumo y reducido la pobreza, también dependen del ciclo económico de países como Estados Unidos y España, de donde proviene la mayoría de estos ingresos.
Una muestra reciente de esta fragilidad es el comportamiento del turismo en lo que va de 2025. Aunque el primer trimestre cerró con cifras históricas (3.3 millones de visitantes, impulsados por el auge de cruceros, aunque son de bajo consumo), el flujo mensual se ha desacelerado. Según el Banco Central, la llegada de turistas desde mercados clave como Estados Unidos y Canadá ha disminuido, y aún no se han publicado los datos de mayo, lo que genera incertidumbre sobre la tendencia real del segundo trimestre. Esta caída progresiva en el ritmo de crecimiento turístico evidencia que la economía dominicana sigue dependiendo de sectores altamente expuestos a factores externos.
Por supuesto, no se trata de abandonar estos sectores. Al contrario, es válido seguir consolidándolos como parte fundamental de la matriz económica. Pero ese impulso debe ir acompañado de una política decidida de diversificación productiva, con énfasis en alta tecnología, innovación e industrias del conocimiento. Esto es vital.
El mundo está transitando hacia una economía basada en servicios avanzados, inteligencia artificial, biotecnología, energías limpias y manufactura inteligente. Contamos con ventajas competitivas: una ubicación geográfica estratégica, tratados de libre comercio, estabilidad macroeconómica y una población joven con creciente acceso a la educación superior.
Además, fomentar sectores de valor agregado reduce la exposición del país a shocks externos y permite generar empleos de mayor calidad, mejor remunerados y con mayor formalidad. También potencia la competitividad exportadora y la inserción en cadenas globales de producción. El crecimiento del futuro no se construye mirando exclusivamente al mar o esperando giros desde el extranjero. Se construye desde adentro, con visión, estrategia y audacia.











