Haití es una gran oportunidad por descubrir. Es un mercado increíble, con gente con un talento y recursos increíbles. Si pudiéramos ayudar a nuestros hermanos y hermanas en Haití a resolver los problemas y fortalecer el Estado, la región en su conjunto se beneficiaría económicamente” (Diario Libre, 9.7.2025). Estas fueron las palabras del primer ministro de Jamaica y presidente de turno de la Comunidad del Caribe (Caricom), Andrew Holness, una mirada diferente e interesante a un problema que tiene repercusiones más allá del propio territorio haitiano.
En efecto, Haití, la primera república negra del mundo y símbolo histórico de independencia en América Latina, está uno de los momentos más críticos de su historia. Vive atrapada en un laberinto de violencia, pobreza, fragilidad institucional y colapso económico, con una población cada vez más desesperanzada.
El Estado prácticamente ha dejado de funcionar como garante del orden, y bandas armadas controlan gran parte del territorio, mientras millones de haitianos sobreviven bajo condiciones humanitarias. Las preguntas inevitables: ¿Hay salida? ¿Quién puede contribuir a reconstruir Haití? Uno de los elementos más críticos de la crisis haitiana es el colapso del orden público y del sistema judicial. Más del 80% de la capital, Puerto Príncipe, está bajo el control de bandas criminales.
Estas bandas han creado verdaderos microestados armados, estableciendo peajes, cobrando ‘impuestos’ ilegales y perpetrando secuestros, asesinatos y desplazamientos masivos. La Policía Nacional de Haití se encuentra desbordada. La violencia ha desbordado a todos los sectores de la sociedad.
Más del 60% de la población vive con menos de 2 dólares diarios, y cerca del 45% sufre de inseguridad alimentaria severa, según la Inteligencia Artificial (IA). Así también, el producto bruto interno ha caído de forma sostenida, mientras la inflación y la depreciación del gourde han erosionado el poder adquisitivo.
La economía depende en gran medida de remesas y ayuda humanitaria, además de lo que se puede obtener del comercio en la frontera con República Dominicana. Otros datos relevantes de esta crisis, es que más de 5 millones de haitianos necesitan asistencia humanitaria urgente. El sistema educativo y de salud se encuentra colapsado. La juventud haitiana, desempleada y sin oportunidades, es fácilmente reclutada por bandas criminales. Muchas comunidades sobreviven gracias a la solidaridad y la ayuda externa.
La nación dominicana es el vecino más impactado por la crisis haitiana. La migración irregular, la presión sobre servicios básicos y el comercio informal han elevado las tensiones. Nuestro país puede jugar un rol constructivo impulsando liderazgo regional, fortaleciendo la cooperación transfronteriza, y apoyando iniciativas de desarrollo y regularización migratoria, bajo las condiciones que sean factibles y posibles.
Haití está atrapado en un laberinto de violencia y pobreza, pero no está condenado al fracaso permanente. Su historia también es la de una nación resistente y digna. La nación dominicana, al igual que la comunidad del caribe, tiene mucho que ganar si apuesta por una vecindad basada en la estabilidad, la dignidad y la cooperación inteligente. De este laberinto Haití puede y debe salir, pero el acompañamiento de la comunidad internacional es indispensable y altamente necesario para lograrlo.












