Nos guste o no, o les guste o no a los haitianos, hablar de Haití, desde hace mucho tiempo, y más en estos momentos, es sinónimo de caos, inseguridad, pobreza, inestabilidad política, falta de instituciones y de un Estado funcional, pues actualmente no está en capacidad de ofrecer lo básico a sus ciudadanos. Es vox populi que tras el asesinato del presidente Jovenel Moïse todo se vino abajo.
Tras el terremoto de 2010 quedó evidenciada la fragilidad del Estado. A la fecha ni siquiera han sido capaces de reconstruir su palacio de gobierno. Fue lo primero que debió hacerse. No es un secreto que la falta de este símbolo de poder y autoridad crea una vacío en la sociedad haitiana. Ya han pasado 16 años de ese acontecimiento. Hoy son las bandas criminales las que han tomado el poder y ejercen su ley. ¿Se atreve alguien a desmentir esta afirmación?
En este contexto sombrío y tétrico hay otra verdad que se muestra con los hechos: Haití, sumido en esta realidad tan apremiante y retadora, está ávido de buenas noticias. Su gente quiere celebrar la paz y se aferra a lo que sea para mantener la esperanza de que mañana será mejor (o menos mal que hoy).
Cualquier hecho positivo, por más insignificante o normal que pudiera parecer para una sociedad que goce de estabilidad social, política y económica, es celebrado con júbilo por los haitianos. Y así debe ser. Quizá es el mismo pueblo el que le está diciendo a quienes “dizque dirigen” el Estado que lo único que necesitan es paz y motivos para creer en que sí es posible un Haití transitando por las vías del desarrollo y el bienestar económico de su gente.
Y hay que decirlo: no se puede negar que, en el imaginario colectivo global, Haití suele evocar imágenes de crisis, crimen organizado, polvo, destrucción, inestabilidad política y desafíos estructurales. El Haití de hoy no fue el que se proclamó el 1 de enero de 1804 tras derrotar a las tropas de Napoleón.
Su independencia no fue reconocida por las grandes potencias hacia 1825 cuando Francia lo hizo tras la imposición de una deuda que tronchó sus aspiraciones de desarrollo. Sus inicios, como hoy, fueron inestables. Hubo gobiernos efímeros, reinos en el norte, República en el Sur y otras formas de gobierno caracterizadas por dictaduras.
Pero hoy, quienes miran más de cerca, quienes sienten el pulso de las calles de Puerto Príncipe, Cabo Haitiano, Carrefour, Jacmel y otras saben que existe otro Haití. Es un país que, aunque herido, late con una fuerza creativa y una resiliencia que desafía cualquier lógica estadística. Hoy, esa nación está ávida de noticias positivas, no como un escape de la realidad, sino como el combustible necesario para reconstruirla.
Por supuesto, no se puede hablar de esperanza en Haití sin reconocer el abismo desde el cual se intenta reconstruir y esto tampoco tiene forma de contradecirse. Lo irrefutable es que el país está sumergido en un vacío de poder que ha sido aprovechado por figuras oscuras como Jimmy “Barbecue” Chérizier. Bajo su mando, las coaliciones de bandas han transformado gran parte de Puerto Príncipe en un laberinto de barricadas y miedo, paralizando la vida cotidiana y la economía.
También hay un grito al unísono y desesperado: los ciudadanos piden a sus líderes que, por una vez y por todas, dejen de lado sus intereses particulares y se pongan de acuerdo para sacar a la nación del atolladero institucional en el que lleva décadas hundida. Haití quiere paz, pero, sobre todo, quiere que quienes tienen el poder de decidir, decidan por un porvenir libre del caos, la incertidumbre y la inseguridad que lastra la confianza del capital.
Haití está tan ávido de noticas buenas, de hechos positivos, que su regreso a la copa mundial de fútbol 2026, lo cual no sucedía desde 1974, fue un acontecimiento histórico no sólo en sí mismo, sino por la reacción de la población. Quizá esto da una señal de que su gente no está decidida a ser reconocida sólo por sus tragedias.
Así como en República Dominicana el béisbol corre por la sangre de casi toda la población, el fútbol en Haití no es un deporte; es un lenguaje sagrado. Quedó demostrado cuando en noviembre de 2025, la selección nacional masculina, conocida como “Les Grenadiers”, logró lo que muchos consideraban imposible: clasificar para la Copa Mundial de la FIFA 2026 tras vencer a Nicaragua, cortando una sequía de 52 años.
Según las crónicas, lo más extraordinario es que el equipo tuvo que jugar sus partidos como “local” fuera del país debido a la inseguridad en casa.
Cuando el silbato final sonó, las celebraciones espontáneas demostraron que el fútbol es el único motor capaz de unificar a esos diez millones en un solo latido, dándole al pueblo una razón para sonreír que nada tiene que ver con la política.
Pero hay otro hecho positivo que merece ser resaltado. Mientras los futbolistas conquistaban las canchas, una joven de 19 años tomaba el orgullo cultural desde el otro lado del Atlántico. Ariana Milagro Lafond, llena de inocencia y con visos de timidez propia del contexto, se coronó el 11 de abril de este año como la ganadora de un reality en África. Se trata del House of Challenge, celebrado en Togo, muy lejos de su casa.
Su victoria no fue solo un asunto de entretenimiento o “parafernalia”. Ariana representó la vitalidad de una juventud haitiana que busca ser escuchada, defendiendo proyectos de seguridad alimentaria para su país. Su recibimiento, como heroína nacional el 18 de abril, fue la prueba de que los haitianos están sedientos de ver su bandera en lo más alto por motivos de éxito y superación.
Ariana le recordó al mundo que el talento de su tierra no tiene fronteras. Quizá este es un hecho que pasa desapercibido o sin tanto ruido en otras sociedades, pero en Haití parecía que se trató de algo extraordinario, sin que se quiera desmeritar su trascendencia.
Otra noticia positiva está relacionada con el pragmatismo diplomático, por decirlo de alguna manera. El reciente acuerdo para la reapertura del espacio aéreo con República Dominicana, desde el 1 de mayo de 2026, representa una arteria vital para la economía y la reunificación familiar. Es harto conocido lo difícil e inseguro que resulta la frontera terrestre una vez se cruza a territorio haitiano. Tras años de cielos cerrados, esta decisión es una señal de que el diálogo y la coexistencia son posibles, facilitando el tránsito de personas y mercancías que son el pulmón de la isla.
Lo que sí debe quedar lo suficientemente claro es que Haití merece ser visto no como un problema crónico a resolver, sino como una nación que, a pesar de las sombras proyectadas por las bandas y la inestabilidad política, sigue encontrando razones para encender la luz.
El país está ávido de estas historias porque necesita recordar que su destino está en los pies de sus jugadores, en la voz de sus jóvenes líderes y, sobre todo, en la capacidad de su gente para seguir adelante. Lo mismo se puede decir de la joven y activista política, Stephanie Sophie Louis, quien presidente una organización llamada Gobierno de la Juventud. Ella ha representado su país en escenarios internacionales siendo una voz alta que clama por los valores de su tierra, al tiempo de ser una esperanza para su generación.
Pero hay un pero…
Hay una propuesta un “influencer” de nombre Sunjohn Nwose, muy popular en redes sociales. Es un creador de contenido y viajero con base en Estados Unidos. Llegó a Haití a finales de abril de 2026, comenzando su recorrido en Cabo Haitiano.
Durante su visita, ha documentado su estancia en redes sociales bajo el usuario @sunjohn_nwose. Está promoviendo las bondades de Haití. En su caso, viene de un país que tiene los mismos problemas o peores que los del vecino de los dominicanos. Nigeria, su patria, tiene serios problemas de seguridad y un PIB per cápita que no llega a los US$3,000, por lo que resulta ser un país con importantes retos económicos y sociales.
Este “influencer” pudiera tener la mejor de las intenciones, pero parece un “aprovechado” de las necesidades de un pueblo. Sugiero a quienes le pagaron el viaje que seleccionen a un personaje realmente creíble y que sienta amor real por Haití, que es un gran país y cuya población clama por que sus líderes se pongan de acuerdo y echen pa´lante esa gran nación.
Se puede entender el esfuerzo, pero la audiencia de este “influencer” no ayudará en nada a resolver los problemas internos que tiene Haití, tales como las bandas criminales que no permiten que la gente viva en paz y obligado a que más de un millón de haitianos dejen sus hogares. Haití necesita paz real, no show mediático.
Nadie irá a Haití porque un “influencer” que viene de África, de un país con graves problemas sociales, económicos y de seguridad como Nigeria, diga que Haití es seguro cuando todos sabemos que no es así. No seamos ingenuos. Haití necesita voluntad y decisión política real y establecer un plan real de recuperación de la confianza. Es un país con muchas riquezas y potencial, pero sus líderes no se ponen de acuerdo.













