En República Dominicana, la paciencia parece tener fecha de vencimiento, sobre todo cuando se trata de trabajos para mejorar servicios públicos como el metro.
Sucede con casi todo. Hay quienes no toleran la espera, y pasan de la esperanza al terreno movedizo de la desesperación: ese estado donde la espera se rompe y da paso a la queja. Pero construir progreso toma tiempo. Y esto lo sabe cualquiera con dos deos de frente.
La impaciencia acorta el entendimiento, y la desesperación, por más legítima que sea, no acelera la obra.
Lo que sí puede acelerarse es el diálogo, la transparencia y el compromiso de las autoridades para que cada parada en el camino esté justificada. El país no se moverá mejor porque presionemos sin escuchar, sino porque exigimos con criterio. En vez de dejarnos llevar por la desesperación, hagamos que la espera valga la pena.











