La transformación del campo dominicano requiere algo más que maquinarias y sensores. Necesita voluntad política, inversión en ciencia, conectividad rural y un compromiso firme con los pequeños productores. Así lo afirmó el director general del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA), Manuel Otero, al advertir que la innovación sin inclusión puede convertirse en una promesa vacía para miles de familias rurales.
Durante su reciente visita al país, Otero elogió que la productividad agrícola por trabajador en República Dominicana supera los US$12,000 anuales, muy por encima del promedio latinoamericano de US$7,300. Sin embargo, también alertó que este avance no será sostenible si no se protege el capital más importante de la agricultura, la gente.
“Cuiden a los agricultores y a sus familias. En Santo Domingo puede haber los mejores hospitales y universidades, pero en las zonas rurales no siempre hay lo mismo. El desarrollo tiene que ser con todos”, expresó.
El funcionario regional remarcó que la Agricultura 4.0, basada en el uso de sensores, inteligencia artificial, biotecnología y trazabilidad, debe centrarse en mejorar la calidad de vida en el campo, con políticas públicas sólidas y apoyo directo al productor, sin importar su escala.
Estas declaraciones fueron ofrecidas durante la conferencia: “Agricultura 4.0: Transformando los Sistemas Agroalimentarios en las Américas”, organizada por la Junta Agroempresarial Dominicana (JAD). El evento reunió a líderes del sector, técnicos y productores interesados en los desafíos tecnológicos que enfrenta la agricultura regional.
Allí, Otero reiteró que el avance hacia una agricultura más digitalizada no puede marginar a quienes no tienen conectividad, acceso a crédito o asistencia técnica.
“Uno les habla de buenas prácticas, pero si no pueden acceder a esa información por su celular, es difícil que puedan aplicar esas recomendaciones”, señaló.
Por eso, insistió en que los pequeños y medianos agricultores deben estar vinculados a cooperativas, ya que esto les permite acceder a insumos tecnológicos, mejorar precios y aumentar sus volúmenes de producción.
Más allá de la conectividad, Otero llamó la atención sobre la degradación de los suelos y los efectos de la alternancia entre sequías e inundaciones, fenómenos cada vez más frecuentes por el cambio climático. “Si no cuidamos el suelo, la agricultura no será viable. Hay que recuperar su estructura fisicoquímica y aplicar buenas prácticas”, advirtió.
En este sentido, planteó que la inversión en ciencia e innovación debe ser una política de Estado, junto al fortalecimiento de los sistemas nacionales de investigación agrícola y la formación de capital humano.
“La agricultura de hoy no puede funcionar sin ciencia. Y esa ciencia debe traducirse en soluciones concretas para los agricultores”, dijo.
De acuerdo con el informe titulado “Desatando la innovación: Evaluación del papel de la I+D agropecuaria de América Latina y el Caribe”, publicado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), República Dominicana invirtió menos de US$20 millones en investigación y desarrollo agropecuario en 2020, destinando menos del 0.25% de su PIB agropecuario.
Esta baja inversión es considerada insuficiente para enfrentar los desafíos del sector. Además, el país se ubica por debajo del promedio regional en el Índice de Capacidad de Innovación, lo que limita la competitividad del agro y su avance tecnológico.
Frontera del conocimiento
El director del IICA también hizo énfasis en que la región se enfrenta a una “nueva frontera del conocimiento” que incluye tecnologías como blockchain, inteligencia artificial, big data y biotecnología adaptada a las condiciones locales. Según explicó, los consumidores exigen cada vez más información sobre el origen de los productos y el blockchain permitirá hacer esa trazabilidad de manera segura y transparente.
“Los países que no adopten la trazabilidad estarán en problemas. Ya lo estamos viendo con las regulaciones de la Unión Europea”, advirtió.
También mencionó que el acceso a semillas mejoradas, sensores de precisión, maquinaria conectada y procesos automatizados está revolucionando el agro. Pero este avance, subrayó, debe ir acompañado de formación técnica, inclusión digital y políticas que favorezcan la transición tecnológica. Uno de los aspectos centrales de su discurso fue el llamado a formar una nueva generación de profesionales del agro, capaces de combinar el conocimiento tradicional con las herramientas digitales modernas.
“La juventud rural debe ser el relevo generacional. Son nativos digitales y, con formación, pueden asumir el liderazgo de esta nueva etapa de la agricultura”, afirmó. En ese sentido, el ejecutivo del IICA planteó que las universidades deben repensar el perfil del profesional agropecuario, apostando por carreras multidisciplinarias y con una visión estratégica del sector, que aborde desde el manejo de datos hasta la sostenibilidad.
Integración regional
El director del IICA, Manuel Otero lamentó que solo el 14% del comercio agroalimentario de América Latina y el Caribe se realiza dentro de la misma región, una cifra muy baja comparada con el 65% de la Unión Europea.
Esto, dijo, se debe a problemas como horarios aduaneros descoordinados y protocolos comerciales desactualizados.
“Necesitamos jugar en equipo. ¿Cuándo llegará la hora de ayudarnos más entre nosotros?”, se preguntó el experto.
También comparó los niveles de productividad. Mientras un trabajador agrícola en Estados Unidos o Canadá genera más de US$30,000 al año, el promedio regional apenas alcanza US$7,300. En este contexto, República Dominicana sobresale con más de US$12,000, pero con el reto de agregar más valor, diversificar exportaciones y reducir la dependencia de las importaciones.
En materia de financiamiento, valoró la iniciativa dominicana de ofrecer créditos a tasa cero como una política audaz en comparación con países como Brasil, donde la tasa SELIC supera el 15%, encareciendo los préstamos al sector agropecuario.











