Para muchos, en los que me incluyo, una inflación controlada es un sinónimo de éxito en materia de política monetaria. La certidumbre es la mejor carta de presentación en una economía. De ahí depende todo.
Durante los últimos 27 meses, República Dominicana ha mantenido la inflación dentro del rango meta de 4.0% ± 1%. Este logro, en medio de un entorno internacional marcado por presiones inflacionarias y tensiones geopolíticas, evidencia la efectividad de la política monetaria del Banco Central. De alguna manera, podría decirse, las decisiones tomadas han permitido blindar el poder adquisitivo de los hogares dominicanos, ofreciendo estabilidad en los precios de bienes y servicios esenciales.
El país ha ganado reconocimiento por su disciplina macroeconómica, lo que ha contribuido a mejorar su calificación de riesgo y atraer inversión extranjera directa, que según cifras oficiales alcanzó los US$2,892.8 millones solo en el primer semestre de este año. Estos son indicadores positivos que en otros contextos podrían haber impulsado un mayor dinamismo económico.
Pero aquí es donde surge el dilema: mientras la inflación ha permanecido controlada, el crecimiento económico ha perdido fuerza. En los primeros seis meses del año, la expansión del producto interno bruto (PIB) fue de apenas 2.4% interanual. Esto representa menos de la mitad del crecimiento potencial de la economía, y sugiere una ralentización preocupante en sectores productivos clave.
Aunque el control de la inflación brinda confianza a los inversionistas y reduce la incertidumbre, también implica un costo en términos de actividad económica. Las medidas restrictivas (tasas de interés elevadas, reducción de liquidez y contención del crédito) han enfriado el consumo y la inversión local. Si bien este tipo de estrategia es válida para corregir distorsiones, su prolongación puede provocar efectos adversos como el estancamiento o el subempleo. Todos sabemos el peso que tiene la informalidad, la supera el 56% en la economía.
En este contexto, las autoridades económicas deben evaluar cuidadosamente si las condiciones están dadas para un reenfoque de la política monetaria, aunque es casi probable que no suceda algo aquí hasta que no pase en Estados Unidos. La estabilidad de precios no debe convertirse en una barrera para el desarrollo sostenido. El país necesita recuperar su ritmo de crecimiento para poder cumplir metas ambiciosas, como duplicar el tamaño de su economía al 2036.
De cara al futuro, será esencial adoptar un enfoque más equilibrado entre control inflacionario y estímulo económico. Una política monetaria más flexible, apoyada por reformas estructurales que impulsen la productividad y la competitividad, podría ser el catalizador que permita volver a encender los motores del crecimiento sin descuidar la estabilidad.
Considero que no basta con tener precios estables si no se garantiza la mejora continua del bienestar colectivo. Al final, el verdadero éxito económico se mide en oportunidades creadas, empleos sostenibles y progreso inclusivo para todos.











