En la función pública abundan quienes se “pierden en lo claro”: llegan al cargo con promesas de servicio, pero pronto olvidan que su principal deber es trabajar por la gente. Les pasa y parece que ni cuenta se dan.
Confunden el puesto con un privilegio heredado y no por responsabilidad ciudadana. Hay funcionarios humildes, comprometidos, que entienden que su obra debe hablar por ellos, no sus discursos ni apariciones. Pero también están los que, una vez en el poder, cierran los ojos ante la realidad y los oídos ante las voces que deberían escuchar.
Se rodean de aduladores, pierden el contacto con la calle y se alejan del propósito que los llevó allí. En realidad, lo que dan es pena.
Luego salen de la posición y vuelven a ser humildes. El servicio público exige vocación, empatía y resultados. No basta con ocupar una silla: hay que honrarla con acciones.











