[dropcap]“[/dropcap]Te voy a dar los diez pesos, pero lo que tú ganes allá, yo te lo voy a comprar con dos gallinas”. Máximo Mejía Almonte resume así las palabras con que su tío Paco lo despidió al entregarle el dinero para cubrir el costo de su retorno a Los Mina, a donde llegó con el sueño de labrarse en la capital un futuro más promisorio que el vaticinado por las oscuras noches de La Piragua, una comunidad que mira hacia el Atlántico desde un escondite de las montañas de Gaspar Hernández.
Para entonces, 1970, Mejía Almonte era un joven de 19 años (nació el 18 de noviembre de 1951) que, sin saberlo, iba camino a levantar la tienda especializada en venta de encajes, botones, zíperes y otras mercerías más grande de República Dominicana, como testimonian hoy dos espaciosos locales que acogen a una amplia clientela cautiva.
Encajes La Rosario, abrevadero obligado para sastres, diseñadores y decoradores, se levantó gracias a la persistencia del joven que vino a la capital, la primera vez, en 1968. Lustró zapatos y “guayó frío-frío” antes de que una apendicitis lo mandara a su campo, con un paso obligado por el quirófano de la clínica Dr. Anderson, ubicada en la avenida Sabana Larga.
De regreso a La Piragua, Máximo se suma a trabajar como dependiente en el colmado de su tío Paco (Pascacio), el mismo que luego, al ver su determinación de volver a salir del campo, le entrega los 10 pesos. Recibido otra vez por su tía Teodocia, “en la casa más modesta de todo el barrio Los Mina”, empieza a vender chucherías en una paletera y luego pasa a un taller de reparación de bandas de frenos de vehículos.

Ya era ayudante en un taller de ebanistería cuando su primo José Mejía, lo contacta para vender en la avenida Duarte los encajes que Mirito Torres compraba en Nueva York. Así recibió una caja de cartón llena de mercancía, a cambio del pago futuro de RD$68, el número mágico que recuerda como inicio de la gran bonanza que le sobrevino en el futuro.
“Me entregó el encaje, me fio 68 pesos, y me dio un peso para que pagara el pasaje y comiera. El pasaje era a 10 centavos y me sobró dinero después del desayuno y el almuerzo. El primer día vendí 9 pesos”.
“Me ponía la yarda de los encajes a dos centavos y yo la vendía a 5; me ganaba 3 centavos. Ganaba hasta 6 pesos por día y en el taller de ebanistería sólo me pagaban dos pesos y medio a la semana”.
El negocio le resultó atractivo y unió su vida para siempre a la avenida Duarte. Se afianzó como buhonero. Pasó a tener dos cajas de cartón llenas de encajes y luego una pequeña mesa. La clave de su crecimiento: mantuvo el oído puesto en las necesidades de sus clientes.
“Según iban pasando los días, aumentaba los productos. Las mujeres me iban preguntando que si tenía hilos, que si tenía elástico… y yo iba comprando todo lo que ellas me pedían y lo iba agregando a la mesa”.
El joven que salió de La Piragua después de cursar el sexto curso de primaria. El hijo del ebanista del pueblo de La Romana que sobrevivía con la fabricación de sillas empajilladas con hojas de palmeras, se abría su camino y el de toda la familia. Juan Mejía y Juliana Almonte procrearon 14 hijos, de los que 9 -incluyendo a su propietario que sigue conversando con los clientes- trabajan en Encajes La Rosario.
Máximo cuenta en su autobiografía –la tiene y con dos ediciones– que conoció a Marcia Carrasco en 1976, mientras la joven, con quien contrajo matrimonio tres años después, trabajaba en la tienda Sport, dedicada a vender bultos y maletas de viajeros en la calle Barahona esquina avenida Duarte.
Estaba construyendo el orden de sus finanzas personales. Había mejorado su vivienda en Los Mina, tuvo una bicicleta que le costó RD$15 y luego un cepillo marca Volkswagen por el que pagó RD$3,500.
“Él se ubicaba frente a la tienda Tejidos Alcalá con su puesto en la calle (…) cuando Máximo compra ‘el cepillito’ me llevaba, junto a una amiga llamada Indira, hasta la casa”, testimonia la mujer en el libro. La pareja procreó a Máximo Antonio, así como a Karolin Elizabeth y Evelin Lissette, las dos mujeres que hoy están al frente de la moderna sucursal que abrió Encajes La Rosario en la Gustavo Mejía Ricart 111, del Ensanche Julieta.

Entre las dos tiendas suman 255 los empleados. Los hermanos, “que vinieron uno a uno” desempeñan distintas funciones. Miguel Mejía, por ejemplo, dirige el almacén; Saturnino (Héctor), administra el negocio, y Juan María, ocupa la posición de Gerente General.
Ramón (Tatico), el más pequeño de la familia y quien pudo incluso estudiar en la capital, “recibe las mercancías, diligencia en los bancos las operaciones y nos representa cuando no estamos disponibles”, cuenta Máximo en su libro.
Radhamés, quien se desempeñaba como profesor en La Piragua, vino a la capital en 1991 después de una huelga de maestros que duró tres años. Aquí se dedicó a trabajar en el negocio y además a estudiar Contabilidad en la Universidad Tecnológica de Santiago (Utesa). Desde 1994 asumió el control financiero de la empresa.
“Somos nosotros como un solo cuerpo. Yo sé que dispongo del capital de la empresa, pero debo reconocer que ellos (los hermanos) son el capital humano”, asegura Máximo.
El crecimiento de Encajes La Rosario
“Tenemos más de 50 colores distintos de hilos y más de 50 mil tipos de botones. Ahora mismo en el inventario tenemos 62,000 tipos de artículos. La gente viene aquí, busca lo que necesita y es muy raro que tenga que ir a otro sitio a buscar otra cosa”.

Máximo nunca imaginó que levantaría una tienda tan grande, pero siempre tuvo la ambición de salir adelante con sus ojos puestos en el futuro. Cuando, como buhonero llegó a tener dos cajas y una mesa llenas de encajes, botones, hilos y zíperes, decidió alquilar una pieza por RD$35 al mes en la avenida Duarte, en el lugar que hoy ocupa Plaza Lama.
“Eso fue como en 1974 o 1975, yo duré como seis años como buhonero, dejé la mesa en la Duarte y me fui allá (a la pieza rentada). Como en el 78, un señor me dice que vendían una casita aquí (donde está la tienda principal). Tenía 140 metros cuadrados”.
Quería comprarla, pero le faltaba dinero, aunque tenía “ahorro en una ‘libretica’”. Ya era propietario de un solar ubicado en la calle 33 de Los Mina. Lo compró con una casita de madera que alquilaba a un soldado del Ejército que le pagaba RD$10 al mes. “Le construí otra casa al lado, de tablitas de amapola y el techo de cartón prensado”. Allí se mudó.
Luego, la mejoró con blocks y estableció, con una inversión inicial de RD$500, un colmado en el que empleó a uno de sus hermanos.
Para comprar el local que hoy ocupa Encajes La Rosario vendió la casa en 20 mil pesos, pero no tenía todo el ahorro necesario, porque le pedían RD$42,000.
“Entonces, contacté a mi tío Pascacio y él se lo tomó prestado a los Mercedes allá y me los pasó. Le devolví los 10 mil pesos más 500 de intereses”.
Ahora, con 65 años de edad, Máximo muestra orgullo. Ha visitado diferentes países, apoya el desarrollo de La Piragua con una escuela y distintas obras sociales, además de proveer empleos a muchos de sus compueblanos.
Hace décadas se acostumbró a la vida de los alrededores de la avenida Duarte con calle París. “Esto aquí es como un aeropuerto por el que la mayoría de los vehículos del transporte de pasajeros pasan”, dice.
“Esta tienda por cada espacio (tres niveles) tiene 2,500 metros cuadrados. Con todos los almacenes casi tenemos 6,500 metros cuadrados. Tenemos otros almacenes en la esquina con ocho niveles y un parqueo para 50 vehículos. La tienda de la Gustavo Mejía Ricart, abierta hace dos años y medio, tiene 2,300 metros”.
Confiesa que nunca recurrió a la publicidad para su negocio, ya que, según afirma, su clientela se construye en una relación de confianza que se promueve de boca en boca y, sobre todo, en la oferta de productos exclusivos a precios competitivos. “Si una yarda de encaje cuesta diez pesos en otra parte, nosotros seguro la vendemos a ocho”.
Encajes La Rosario se mantiene como la más grande en su ramo, aunque en el mercado surgieron otras dos tiendas: Mercería Dumé, en la avenida Privada, y Almacenes Mayra, en la avenida Duarte.
“Suplíamos a los Dumé; La Gran Vía vendió encajes una vez y falló; Megatelas también y falló. En este negocio hay que saber llevar la mira”, dice.
“Ahora mismo estamos supliendo al Infotep casi el 80% de los materiales que utiliza en los talleres para impartir clases de costuras a sus estudiantes.También suplimos hoteles y a una fábrica de prótesis de unos venezolanos que requieren elásticos”, resalta Máximo.
Botones “de todo el mundo”
“Estos productos provienen del mundo entero… de Brasil, Japón, China, Estados Unidos, México… Ahora estamos comprando mucho a Colombia”, asegura Máximo Mejía Almonte.
“Antes los encajes eran traídos por gente, pero en pequeñas cantidades, ahora yo los compro por contenedores”.
Explica que a mediados de la década de 1970 llegó a viajar a Haití para traer botones hechos en madera. “Cuando comencé el vuelo costaba 35 pesos; iba a Haití con 500 dólares y traía dos maletas de botones, pero cuando los haitianos vieron que el negocio era rentable empezaron a traerlos ellos y los vendían más barato; entonces, tumbaron el negocio”.
El comerciante recuerda que en el país hubo una sola fábrica de botones para camisa, pero que cerró en los años 80. “Los sastres están quebrando cada día… lo que pasa es que como traen tantas mercancías hechas, los sastres, en vez de fabricar, hacen ruedos y cortan pantalones. Además, los materiales están muy caros para fabricar”, dice.
Sobre el conocido nombre de su tienda recuerda que se le ocurrió debido al boom que tuvo hace década la mina de oro La Rosario. Como vendía botones dorados los asoció con el metal extraído en las canteras de Cotuí.
“El otro día vino una señora de Cuba y me dice: ‘esta tienda la mientan más en Cuba que ustedes aquí. A todo el que viene de Cuba le dicen pasa por La Rosario y llévame tal cosa: zíperes, botones, flores… de todo lo que hay aquí’”.













