Caminar por Nir Oz, ese pequeño kibutz enclavado en el sur de Israel, a no más de 1.16 kilómetros de la línea de frontera con la Franja de Gaza, es como atravesar las páginas más oscuras de la historia humana. ¡Duele! Lo que alguna vez fue una comunidad vibrante, pacífica y llena de vida, hoy es un escenario congelado en el tiempo, testigo silente de una masacre que desafía toda comprensión lógica. El 7 de octubre de 2023, el horror se desató con una violencia tan brutal que ni el más insensible de los seres humanos podría permanecer indiferente ante sus huellas.
Desde el primer paso dentro del kibutz, el aire se siente denso. Sentí miradas desde el más allá. Hay un silencio ensordecedor. No es solo el calor del desierto, ni el polvo suspendido en el ambiente; es el peso invisible del dolor, del miedo, de la muerte.
Han pasado casi dos años y las casas permanecen tal como quedaron tras el ataque: puertas arrancadas, ventanas hechas añicos, muebles volcados, juguetes esparcidos por el suelo como si los niños hubieran intentado huir en medio del caos. Las marcas de la violencia son rojas y están por doquier: salas, baños, cocinas, terrazas, comedor.
Y lo que vi conforme iba recorriendo cada vivienda, otrora un espacio familiar, provoca más de un nudo en la garganta. Los destrozos son indescriptibles por lo que en sí atestiguan. Hay platos rotos en las cocinas, ropa ensangrentada en los dormitorios y marcas de balas en las paredes que parecen contar una historia muda de resistencia y desesperación. Hay huecos en ventanas que sólo coinciden con el de balas penetrando indiscriminadamente la intimidad de las familias. Hay palabras para describir lo que vi, pero no para contar lo que sentí.
El silencio es ensordecedor. No hay risas, no hay voces, no hay vida. Solo el eco de lo que fue. En cada rincón se percibe el olor penetrante de la muerte, una mezcla de sangre seca, destrucción y abandono. ¡Y duele! Es un olor que se adhiere a la piel, que se cuela en los pulmones, que acompaña cada paso como un recordatorio constante de lo que ocurrió allí.
En una de las casas, la escena es particularmente devastadora. La cama está cubierta de sangre, las sábanas arrugadas como si alguien hubiera luchado por su vida. En la pared, una mancha oscura parece haber sido el último testimonio de una presencia humana, de una vida. Hay juguetes en el suelo, una mochila escolar abierta, cuadernos con dibujos infantiles, una mesa que aún espera la reunión familiar. Todo indica que allí vivía una familia, probablemente con niños pequeños. Y todo indica que esa familia fue arrancada de la vida con una violencia indescriptible.
Los relatos que han surgido desde aquel día hablan de padres asesinados frente a sus hijos, de niños ejecutados sin piedad, de violaciones cometidas con una crueldad que desafía toda lógica. No son solo cifras, no son solo titulares. Son personas. Eran vecinos, amigos, hijos, abuelos. Eran seres humanos que vivían en paz, que cultivaban la tierra, que eran útiles a la sociedad, que amaban su tierra, que celebraban juntos las festividades, que soñaban con un futuro mejor.
Uno de los detalles que más me impactó fue la presencia de fotografías familiares en las paredes. Imágenes de cumpleaños, de paseos, de abrazos. Rostros sonrientes que contrastan de forma brutal con el estado actual de las viviendas. Es como si el tiempo se hubiera detenido justo antes del horror, dejando una estampa de lo que fue, de lo que nunca debió perderse. ¡Y sigue doliendo!
En otra casa encontré una mesa servida. Los platos aún tenían restos de comida, como si la familia hubiera estado a punto de desayunar cuando el infierno se desató. Las sillas estaban volcadas, los vasos rotos en el suelo. Todo indicaba una huida desesperada, una irrupción violenta que no dio tiempo a nada. ¿Qué sintieron en ese momento? ¿Cómo se vive el instante en que la muerte entra a tu casa y entra sin pedir permiso? La angustia debió ser indescriptible.
Las paredes del kibutz están llenas de marcas. No solo de balas, sino de manos ensangrentadas, de huellas que parecen haber sido dejadas en un intento de escapar, de sobrevivir. Hay puertas con signos de haber sido forzadas, ventanas por donde probablemente se lanzaron cuerpos en busca de salvación. Y hay silencio. Un silencio que grita.
Lo más doloroso es pensar en los niños. Amito que es lo que más me duele. Y me duelen también los que hoy pierden la vida en Gaza, pues ellos también son víctimas de la barbarie cometida por Hamás el 7 de octubre de 2023. En su inocencia, en su vulnerabilidad y en sus ojitos están plasmado el amor. Cuesta imaginar cómo debieron sentir el terror sin entender por qué y cómo sus padres intentaron protegerlos, esconderlos, salvarlos. Y en cómo, en muchos casos, no lo lograron. Hay cunas vacías, peluches abandonados, dibujos infantiles en las paredes. Todo habla de una infancia interrumpida, de sueños que nunca se cumplirán. Todo habla de barbarie.
Visitar Nir Oz no es solo recorrer un lugar físico. Es adentrarse en una herida abierta, en una memoria colectiva que exige ser recordada. Es enfrentarse al lado más oscuro del ser humano, a la capacidad de infligir dolor sin medida. Pero también es un acto de respeto, de testimonio, de compromiso con la verdad.
No hay palabras suficientes para describir lo que vi. Ninguna metáfora, ninguna imagen literaria puede capturar la magnitud del horror. Pero sí hay una certeza: lo que ocurrió en Nir Oz no debe ser olvidado. No por Israel, no por Medio Oriente, no por el mundo. No debe repetirse.
La comunidad internacional tiene el deber de mirar de frente esta tragedia, de entender sus implicaciones, de trabajar para que nunca más se repita. Porque lo que ocurrió allí no fue solo un ataque. Fue una masacre. Fue una violación a la dignidad humana. Fue una herida que aún sangra.
Al salir del kibutz, el sol seguía brillando sobre el desierto. Hacía mucho calor, pero nada parecía igual. El paisaje, aunque intacto, se había transformado. Porque una vez que se ha visto el horror, una vez que se ha sentido el dolor ajeno como propio, ya no se puede mirar el mundo con los mismos ojos. Visité Nir Oz. Y lo que vi me cambió para siempre.
Nada justifica la muerte de inocentes. Y debe quedar claro: los inocentes de ningún lado de la moneda. Hoy, miles de gazatíes sufren por la guerra, padecen en carne propia lo que es huir de la muerte y no tener escapatoria. Eso duele. ¡Y seguirá doliendo! El temor quizá sea que estas heridas, abiertas desde mucho antes, quizá no lleguen a cerrar hasta que no aprendamos a vivir con el dolor y no querer vengarnos. En algún instante del porvenir habrá que ponerle un punto final al fanatismo y dedicarnos a crecer más como seres humanos, como hermanos, y escapar de la trampa tendida por las potencias que nos alimentan como proxis para justificar otras razones.
Israel es la única democracia en Medio Oriente. Es un país que se ha dedicado a desarrollar su potencial en base al conocimiento, a la educación y al desarrollo de la innovación y la alta tecnología. ¿Qué habría sido de ese pueblo palestino si todos estos años los hubieran dedicado a emprender, a valorar la vida y a amar sin memoria? Mirar al porvenir con optimismo cuesta, pero es mejor que quedarse anclado en el pasado gris, alimentando el resentimiento con recuerdos.
¡Duele el dolor ajeno! Cada gota de sangre derramada nos recuerda lo irracional que podemos llegar a ser tras un objetivo quimérico y cargado de odio sin sentido. Como periodista dominicano, expongo lo que vi con respeto, convencido de que Israel tiene derecho a defender su existencia porque es un pueblo que ha dedicado su vida y estancia en la tierra a ser útiles, a aportar y ser protagonistas del desarrollo de la humanidad a través de la innovación y la alta tecnología aplicada a diversas facetas.
Dejo constancia, además, del respeto que tengo por los palestinos inocentes, especialmente por los niños, que hoy son víctimas del odio histórico e irracional de las generaciones que ellos mismos sucederán. Condeno, porque debo ser responsable, a todo el que comete actos de terror contra personas inocentes.
Lo lamentable de la fe es que sólo admite verdades absolutas. Y el problema de la verdad es que, casi siempre, depende de quien la cuente. Esta guerra, lamentablemente, no es sólo por territorio o por quien tiene derecho a existir, sino por una narrativa que trasciende generaciones. Aunque parezca ilógico, la razón está en quien dice tenerla, pero la barbarie es imperdonable sin importar de donde venga.
Este conflicto, escuché por ahí, no es, aparentemente, irresoluble por falta de soluciones técnicas. Hay propuestas sobre la mesa desde hace décadas. Lo es porque implica heridas demasiado profundas para curarse con diplomacia. Es necesario una transformación ética radical y espiritual, muy probablemente en ambos lados. Es menester renunciar a querer humillar. Quizá deberíamos dejar entrar una dosis de mea culpa y entender que ponerle un punto, por la existencia de las generaciones por venir, es un imperativo.
Esto fue lo que vi en Nir Oz, fundado en 1955 por brigadas Nahal del ejército israelí. Fue una comunidad concebida como un espacio de paz, trabajo colectivo y vida comunitaria, ubicado a apenas 1.6 kilómetros de la Franja de Gaza. Aunque este kibutz ha vivido bajo la sombra de la tensión fronteriza durante décadas, nada pudo preparar a sus 427 habitantes para lo que ocurrió el 7 de octubre de 2023. Petición final: que no vuelva a ocurrir y que sea la paz de una vez y por todas.







