Desde un tiempo a esta parte observo, con sobrada preocupación, el uso y el abuso que se está realizando con el concepto de “emprendedor”. De hecho, existe una práctica común de que todo aquel que inicia la comercialización y venta de cualquier bien o servicio se le atribuye la denominación de que ese es un tipo con espíritu empresarial. Y nada más lejos de la realidad.
El emprender, en estricto, tiene como punto de partida la creatividad, es decir, ese proceso de generación de ideas nuevas y originales que conducen a la solución de un problema o a la satisfacción de una necesidad de un determinado conglomerado.
Generada la idea, se produce la transformación de esta en algo útil y que tenga valor comercial en el mundo real, lo que pasa a denominarse proceso innovador. Y aquí es que entra el emprendimiento, en donde alguien convierte esa innovación en una oportunidad de negocio, identificando una necesidad no satisfecha en un mercado específico.
A todo este trayecto lo denominó Joseph Schumpeter, influyente economista del siglo XX, como de destrucción creativa, el cual describe cómo los nuevos productos, procesos o modelos de negocio desplazan a los antiguos, generando ciclos de transformación en los sistemas productivos.
Para este autor, el espíritu empresarial no se reduce a administrar algo eficientemente, sino a revolucionar el mercado mediante innovaciones que cambian las reglas del juego. En efecto, el emprendedor schumpeteriano es un individuo que tiene la capacidad de combinar recursos de manera novedosa: lanza nuevos productos, descubre mercados inexplorados, introduce métodos productivos más eficientes o reorganiza industrias enteras. De esta manera, el empresario se convierte en un agente de cambio estructural, generador de riqueza y empleo.
Las últimas dos décadas han sido una vitrina de aparición de negocios que combinaron la creatividad, la innovación y el emprendimiento, la mayoría basados en la tecnología y el conocimiento. Por ejemplo, Reed Hastings, cofundador y CEO de Netflix, en su libro “Aquí no hay reglas”, escrito junto con la profesora Erin Meyer, describe cómo esta compañía transformó la industria del entretenimiento gracias a una cultura empresarial poco convencional y pasó del DVD de alquiler al streaming, y del streaming a la producción de contenidos, y ya todo lo demás es historia.
Como el propio Hastings lo describe, el éxito de Netflix no solo radica en su modelo de negocio, sino en una cultura empresarial disruptiva basada en talento, libertad, responsabilidad y capacidad de reinventarse continuamente.
Así también, otras innovaciones que han transformado las economías y gran parte de la sociedad mundial son el Bluetooth, Wikipedia, Skype, Facebook, Youtube, Instagram, Google Maps, Smartphones, Libros electrónicos, Bitcoin, Asistentes Digitales, 3G, 4G y 5G, La Nube, los Sistemas biométricos, el pago por móvil y la Inteligencia Artificial. Todas estas innovaciones pasaron por un proceso de creatividad y luego se convirtieron en modelos de negocios exitosos.
Finalmente, y sin pretender desalentar a aquellos jóvenes que buscan una salida a su situación económica, se debe tener claro que los emprendimientos duraderos y con potencial de tener éxito, tienen una vocación disruptiva, que agreguen valor y que tengan la capacidad de sorprender al consumidor por la solución que dan a una necesidad.











