Mientras se debate sobre la verdad o no del cambio climático y el calentamiento global, lo cierto es que existe una realidad imbatible y es que ha habido un aumento de la temperatura media global en más de 1,2 grados centígrados desde la era preindustrial, al tiempo que se reducen los glaciares, aumenta el nivel del mar y se ha incrementado la frecuencia e intensidad de fenómenos extremos tales como las olas calor, huracanes y ciclones, sequías e incendios forestales.
Tampoco se duda, porque existe demasiada evidencia empírica, que el planeta se está calentando a un ritmo sin precedentes y que la actividad humana es la principal causa. En efecto, los datos satelitales, las series históricas y las mediciones de concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera muestran tendencias consistentes y difíciles de atribuir únicamente a causas naturales.
Pero lo que resulta más evidente y difícil de rebatir es que durante los últimos 20 años los fenómenos de la naturaleza, azuzados por el cambio climático y el calentamiento global, están impactando seriamente a las economías y generando pérdidas millonarias en diferentes órdenes.
Los estudios e investigaciones consultadas reportan que la productividad agrícola en los países en desarrollo ha decaído, los recursos hídricos se han visto disminuidos, lo mismo que las infraestructuras. Adicionalmente, estos fenómenos también han afectado la salud pública, el acceso a agua pública y han impactado los precios de los bienes y servicios de origen agrícola.
En el caso dominicano, a partir de un estudio realizado por el Consejo Nacional de Competitividad durante el 2023, se puede observar que se ha incremento el riesgo de sufrir temblores y terremotos, al igual que ciclones y huracanes, generando estos pérdidas humanas y económicas de gran magnitud. De hecho, este estudio revela que las lluvias del 2022 representaron alrededor del 0.3% del producto interno bruto de ese año, siendo las actividades agrícolas, de obras públicas y del sector de servicios las más afectadas.
Según un documento del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), en agosto del 2023 el fenómeno climático denominado “Franklin” afectó de manera directa a la isla, dejando daños considerables, especialmente en la agricultura y la infraestructura, con pérdidas de unos 5 mil millones de pesos y más de 25 mil viviendas destruidas.
Así también, se estima que, ante una tormenta en la nación dominicana, pueden ser desplazadas entre 40 mil y 50 mil personas, de las cuales más del 40% son niños y niñas. Como se sabe, el territorio dominicano se encuentra entre los países latinoamericanos más vulnerables ante los desastres naturales, siendo el cuarto país más propenso a ciclones en el Caribe.
Y para ratificar todo lo anterior, esta semana se han producido en el país dos fenómenos que ratifican que la naturaleza está inquieta: un temblor de tierra y la tormenta Melissa, fenómenos que generaron ansiedad e incertidumbre en toda la sociedad dominicana, además de las pérdidas que se contarán una vez Melissa forme parte de lo que el viento se lleve.
La lección es clara, a decir de la Inteligencia Artificial, para enfrentar la volatilidad climática, el país necesita combinar prevención, finanzas inteligentes de riesgo, inversión en infraestructura resiliente y políticas sociales activas.











