Aunque a golpe de poesía lo dijera el poeta nacional Pedro Mir, la gente ignora que nos circundan los ciclones en masa cada año, y que el sol nos calienta los mares evaporando el agua que se acumula en las nubes, haciendo la lluvia más abundante cada vez, como paradojas de la condición humana, es tendencia a ignorar lo que sabemos que va a ocurrir.
La historia está llena de ejemplos en los que los hechos anunciados -una tormenta, una crisis económica, una epidemia o incluso una guerra- encuentran a la humanidad desprevenida, como si lo inesperado nos sorprendiera una y otra vez. No es falta de información, sino una profunda resistencia a mirar de frente aquello que amenaza nuestra comodidad o nuestra fe en la estabilidad del presente.
Psicológicamente, el ser humano está programado para sobrevivir en el corto plazo. Nuestro cerebro reacciona ante el peligro inmediato, pero tiende a minimizar los riesgos futuros. Este fenómeno, conocido como sesgo de normalidad, nos hace creer que el mañana será igual que hoy. Nos resulta más fácil suponer que “nada pasará” que aceptar la posibilidad de una catástrofe. A ello se suma el sesgo optimista, que nos convence de que el mal siempre les ocurre a otros. Así, preferimos no pensar en los huracanes hasta que el viento nos sacude las ventanas.
Esa ceguera no es solo individual; también es cultural.
En nuestras sociedades caribeñas y latinoamericanas, solemos vivir con el lema de “Dios proveerá” o “comprar candado después que nos roban. Nos hemos acostumbrado a resolver emergencias, no a prevenirlas. La educación no fomenta la previsión, y la cultura política, orientada al corto plazo, no recompensa la planificación.
La prevención, además, carece de atractivo público. No genera titulares, ni votos, ni aplausos. Un político que invierte en fortalecer diques o capacitar comunidades rara vez es recordado; en cambio, quien “responde” heroicamente tras el desastre se gana la ovación. Vivimos en una lógica de espectáculo donde la reacción se confunde con eficacia, y la improvisación con valentía. Eso es lo que palpamos en nuestra política actual.
Pero ignorar lo previsible tiene consecuencias profundas. Cada vez que posponemos la preparación, aumentamos el costo humano y económico de los hechos inevitables. Y lo más grave: debilitamos la confianza social en nuestra capacidad colectiva de anticipar y cuidar. Porque prever no es temer, sino ejercer responsabilidad. Necesitamos lideres con mayor madurez y conciencia.
El futuro no nos toma por sorpresa; somos nosotros quienes lo dejamos llegar sin abrigo. Las señales de advertencia están a la vista, pero mientras no cambiemos nuestra relación con el tiempo y con el conocimiento, seguiremos tropezando con las mismas piedras, repitiendo los mismos errores, y nuestros lideres político siguen metiendo la cabeza en un hoyo como el avestruz.
Con más razón debiéramos invertir mas en protegernos, transfiriendo los riesgos económicos a los seguros. Tenemos el instrumento para levantarnos más rápido de las adversidades que no podemos controlar y menos evitar.











