Ya estamos a final de año y ya los líderes de la industria turística, generación eléctrica, y otros casi han olvidado lo que atravesamos este año con la temporada de sargazo en las costas dominicanas. Cada vez que el sargazo vuelve a aparecer en las costas del Caribe, solemos hablar de “temporada”, como si se tratara de un ciclo predecible con inicio y final.
Pero la verdad es que ese concepto se nos está quedando pequeño. En los últimos años, el sargazo ha dejado de ser algo estacional: los periodos se alargan, los picos llegan antes de lo esperado y, como ocurrió este noviembre, incluso aparecen oleadas en meses que antes considerábamos “seguros”. A esto se suma otro hecho imposible de ignorar: los volúmenes siguen aumentando.
Los turistas y afectados por apagones a causa del sargazo ya están que no olvidan. Especialmente este año, las fotos virales y los titulares no fueron ajenos a las conversaciones improvisadas sobre qué hacer con “esa alga marrón” que invade nuestras costas. Aunque las fotos quedan guardadas en las redes que no ocultan, cada año nos damos cuenta de que el verdadero problema se centra en la falta de coordinación, de ver el sargazo como algo nuevo cada año.
El sargazo no es un acontecimiento repentino ni un inconveniente turístico que aparece por sorpresa cada verano. Es un fenómeno que responde a dinámicas oceánicas, climáticas y biológicas cada vez más intensas. Es un marcador de cómo están cambiando nuestros mares. Es, en cierto modo, un recordatorio anual de que el Caribe está viviendo sus propias consecuencias de la crisis climática. Si bien no podemos de manera repentina alterar el curso de estos factores, nuestro turismo, medio ambiente, salud, demandan que se intervenga el sargazo al nivel de la crisis.
Lo que muchas personas no ven, porque el tema solo se reactiva cuando el sargazo llega a la orilla, es que hay organizaciones, instituciones y equipos trabajando los 12 meses del año para que esa eventual llegada no se convierta en desastre ambiental o económico. En SOS Carbon y SOS Biotech, empresas dominicanas, el trabajo es año completo. La planificación, la logística, la ingeniería, la educación comunitaria, la investigación y la colaboración internacional ocurren incluso cuando las playas están limpias y nadie piensa en el tema.
Porque la gestión del sargazo es así: el verdadero esfuerzo ocurre fuera del foco público. Cuando no hay una sola foto en redes. Cuando las personas piensan que “este año vino menos” o “parece que ya pasó la temporada”. Pero el océano no descansa, y nosotros tampoco podemos darnos ese lujo.
Como región, todavía tenemos pendiente reconocer que el sargazo no es un evento aislado, sino un fenómeno cíclico que nos exige continuidad. Pretender resolverlo solo cuando llega a la playa es como querer apagar incendios cada verano, sin trabajar en la prevención el resto del año.
Necesitamos una conversación más preparada: menos sorpresa y más planificación; menos resignación y más innovación; menos pensar en el sargazo como un enemigo y más entenderlo como un reto de ciencia, inversión, coordinación y políticas claras.
Y lo más importante: necesitamos constancia. No podemos acordarnos del sargazo solo cuando los turistas se quejan o cuando las playas de Boca Chica aparecen inundadas de algas. El fenómeno no depende de nuestro calendario, y su impacto tampoco.
La fuerza e intensidad de los volúmenes de sargazo seguirán, el enfoque y disciplina con el que la enfrentemos debe ir de la mano. Si asumimos que esto es un trabajo continuo, de destino y del país, podremos dejar atrás la dinámica de reaccionar tarde y empezar a movilizar con planeación las tecnologías validadas y que más que mitigar el sargazo lo transforman en productos comerciales.











