Los procesos de transición a la democracia e institucionalidad, luego de la caída de un presidente con aires dictatoriales, no se puede realizar a la ligera; incluso, no debe ser con cambios drásticos, sino que debe darse con la participación de una parte de los mismos que la conformaban.
República Dominicana es un ejemplo de eso. Tras la caída del dictador Trujillo en 1961, al cabo de apenas un año ya teníamos elecciones y un presidente democrático, lo que implicó un cambio positivo, pero brusco, ante una sociedad que tenía ya 31 años acostumbrada a otro sistema de gobierno.
De ahí el golpe de Estado contra el presidente Juan Bosch, la revuelta de abril de 1965 y la intervención de Estados Unidos, aunque con una visión más clara: la transición hacia la democracia debía hacerla gente que formó parte del gobierno dictatorial. El hombre ideal para eso fue Joaquín Balaguer.
Parece que algo similar se hará en Venezuela, para evitar más problemas.











