Detrás de cada oferta de “moda rápida” se esconde un rastro invisible de ríos contaminados y vertederos saturados. Mientras la industria textil global genera el 8% de las emisiones de gases de efecto invernadero, en República Dominicana la crisis se palpa en los depósitos a cielo abierto.
Sin embargo, frente a la voracidad del “fast fashion” (moda rápida), una nueva generación de diseñadoras locales está demostrando que el residuo no es el final del camino, sino la materia prima de un futuro sostenible.
La industria de la moda en el ámbito mundial es responsable de consumir 215,000 millones de litros de agua anuales, equivalentes a 86 millones de piscinas olímpicas y utiliza miles de productos químicos, los cuales son nocivos para la salud humana y los ecosistemas.
En medio de esa vorágine de nuevos estilos y diseños, las jóvenes dominicanas Emely Polanco y Mildred Veras apuestan por la moda sostenible. Ambas tienen proyectos de “upcycling”, que consisten en elaborar productos de alta calidad, tomando como materia prima telas que otras personas desechan.
Polanco, de 26 años, creó ModEco en 2023, una marca de moda ecoamigable. Lo que inició como un requisito de horas extracurriculares para graduarse de diseño de modas en un instituto superior se convirtió en un negocio que toma en cuenta el medioambiente, pero, además, acompaña a niñas a desarrollarse en la costura.
ModEco, en su primer año, formó a 25 niñas en costura. Aunque en principio se proyectaron tres meses de preparación para las beneficiarias, el proceso se extendió a dos años, dando paso a la creación de la colección “Under Water”, inspirada en la contaminación del agua producida por la industria textil.
Este proyecto forma parte de la Fundación Semillas de Amor, que no solo lleva el mensaje de Jesús en la comunidad empobrecida Mata de los Indios del municipio Santo Domingo Norte, sino que también aporta a niños y jóvenes con alimentos, útiles escolares, juguetes, ropa, insumos médicos, así como educación y apoyo psicológico.
Para Polanco, quien se inspira en el arte y la cultura dominicana, trabajar con materiales reciclados no es una limitación, sino un reto creativo. “Aunque mantenemos una estructura estandarizada en nuestros patrones, la magia está en que no existen dos piezas iguales. El diseño es el mismo, pero el alma de cada producto cambia según el origen de su tela”, cuenta a elDinero.
Asimismo, Veras, creadora de Milée Colection, se enfoca en el “upcycling”. Aunque su proyecto es de venta de ropa, no se limita solo a confeccionar piezas de vestir, sino que elabora cualquier producto con tela reciclada. Este nació como una resolución a una problemática medioambiental.
El modelo de producción de Milée rompe con el esquema tradicional de la moda. En lugar de forzar tendencias, la marca trabaja bajo un esquema de colecciones cápsula de disponibilidad limitada, impulsadas por dos factores: la oportunidad del material y la alianza estratégica.
“Podemos sacar una colección porque nos llegó material específico. No siempre salgo a buscar material basándome en las ideas que me surjan, sino que me interesa recuperar lo que ya hay”, explica.
Ella trabaja con temas de concientización ambiental en ferias, escuelas, universidades, pequeñas y medianas empresas (pymes), eventos sobre economía circular y otros que tengan que ver con responsabilidad social. “Entendí que, en un mundo de recursos finitos, la verdadera innovación no es extraer más, sino maximizar lo que ya existe para dejar un legado a los que vienen”, afirma a este medio.
Retos
Mientras que el Fideicomiso DO Sostenible destaca un avance en 2025 en la gestión de 1.6 millones de toneladas de residuos mediante nuevas infraestructuras, el relator especial de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Marcos Orellana, advierte que aproximadamente un 95% de los residuos del país termina en vertederos a cielo abierto sin los controles ambientales necesarios.
De hecho, el país produce alrededor de 13,500 toneladas de residuos sólidos al día, y los desechos textiles forman parte de esta problemática.
Según Polanco, de ModEco, la ausencia de un sistema eficiente de clasificación de residuos provoca que la ropa se mezcle con otros desechos, dificultando su reutilización o reciclaje y profundizando el daño ambiental.
Frente a este escenario, detalla a elDinero, surge un creciente interés por modelos alternativos de producción y consumo, donde los consumidores comienzan a valorar la calidad, la durabilidad y la responsabilidad social y ambiental.
Asimismo, Veras asegura que el “slow fashion” o moda lenta se erige como una solución para los consumidores que optan por modelos más sostenibles, garantizando, además, la circularidad de los productos, evitando que se convierta en un desecho nocivo para el medioambiente.
Desde 2021, la iniciativa de recepción de prendas ha recuperado 1,252 ‘jeans’ y 1,259 uniformes, logrando un ahorro de nueve millones de litros de agua y desviando más de 3,137 libras de residuos textiles de los vertederos dominicanos. Ambas coinciden en que garantizar que los insumos de la industria de la moda no provengan de prácticas de explotación es uno de los mayores desafíos a nivel global. No obstante, la trazabilidad se ha convertido en una herramienta clave para conocer el origen de los materiales y las condiciones laborales y ambientales bajo las cuales se producen.
En caso de que se recurra al “fast fashion”, las jóvenes instan a adquirir piezas de empresas locales, de segunda mano, o que se opten por prendas que puedan tener un ciclo de vida más amplio.
“Este enfoque de trazabilidad no pretende ofrecer un control absoluto, sino comunicar con honestidad hasta dónde llega la información disponible, entendiendo la trazabilidad como un proceso en construcción y no como una promesa total”, explica Polanco.
Veras, de Milée, sostiene que el “upcycling” evita la importación de insumos, ya que la materia prima para la elaboración de prendas es donada, que sería algo así como recopilación y manejo de residuos.
“Hub” en el Caribe
La docente Verónica Lora, del Instituto Técnico Superior Comunitario (ITSC), considera que República Dominicana puede convertirse en un “hub” de diseño ético en el Caribe.
“En República Dominicana sobra el talento, la iniciativa y una curiosidad genuina por nuestra cultura. Esa materia prima humana es nuestra mayor fortaleza”, precisa.
Datos del Centro de Inversión y Exportación de la República Dominicana (ProDominicana) establecen que la industria de la moda totalizó en exportaciones US$3,217 millones en el período 2023-2024, mientras que en enero-julio 2025 alcanzaron los US$862 millones.
No obstante, Lora resalta la importancia de crear una estructura de industria local que respalde ese talento. “Los jóvenes tienen la visión, pero necesitamos un ecosistema más favorable que les permita introducirse en el mercado de manera rentable y constante, para que sus marcas no sean solo intentos creativos, sino negocios sostenibles que redefinan el diseño caribeño”, puntualiza.
Aunque reconoce que hay creatividad, identidad y recursos en el país, subraya la necesidad de consolidar una estructura que permita profesionalizar los procesos para que la sostenibilidad deje de ser un ideal y se convierta en la norma operativa de la industria.
Ella entiende que la formación en diseño ético es una tarea compartida que no recae únicamente en las aulas.
Sin embargo, destaca la relevancia de empoderar a los futuros diseñadores con las herramientas éticas y estratégicas para que se conviertan en creadores de una moda que aporte valor, pero que, al mismo tiempo, puedan ver esa labor como un ecosistema donde la ética y la estética vayan siempre de la mano.
Conciencia
El profesor de Desarrollo Organizacional, Juan Martínez Nova, sostiene que el activismo local crece impulsado por la emergencia climática y la falta de respuestas institucionales. Para él, los jóvenes han detectado una brecha entre el discurso oficial y la realidad, creando sus propios canales de movilización.

Esta tendencia no es solo una percepción local. A nivel regional, el panorama es contundente: según estudios recientes de consumo en América Latina, el 39% de los jóvenes de la generación Z ya rechaza marcas que no demuestren un compromiso ambiental claro.
Además, el auge del mercado ético es evidente; en plataformas de comercio electrónico líderes en la región, las ventas de productos con impacto positivo, como los fabricados con materiales reciclados, han experimentado un crecimiento cercano al 92%.
Las redes sociales han eliminado las barreras entre la información y la compra. Al exponer el greenwashing y viralizar alternativas como el upcycling, los jóvenes han creado comunidades que no solo consumen, sino que exigen honestidad.
De hecho, se estima que el 20% de estos nuevos consumidores está dispuesto a pagar un margen extra por piezas que garanticen una cadena de suministro ética, lo que valida el modelo de negocio que proponen Polanco y Veras.
Educación y leyes
La aprobación de políticas públicas que transformen la forma en que se clasifica y recolecta la basura desde los ayuntamientos, incluyendo los residuos textiles, y evitando que la ropa termine en vertederos, es un paso fundamental hacia una economía más sostenible y rentable.
Además, integrar la educación ambiental como eje transversal será clave para generar conciencia ciudadana y lograr cambios estructurales sostenibles en el tiempo. De hecho, el artículo 15, numeral 6, de la Ley 64-00 establece como uno de los objetivos particulares “fomentar y estimular la educación ambiental como medio para promover una sociedad en armonía con la naturaleza”. Este objetivo subraya que la educación es un medio para la conservación del medio ambiente.
Futuro
El camino hacia una moda sostenible en República Dominicana no es solo una cuestión de estética o activismo ambiental; es un imperativo económico y ético. Mientras las estadísticas globales advierten sobre un colapso de recursos, las iniciativas de Emely y Mildred demuestran que el país tiene la capacidad de transformar una crisis de residuos en innovación.
La meta es clara: que el “Hecho en RD” no sea solo sinónimo de volumen, sino de valor y conciencia. Si el país logra articular ese “hub” de diseño ético mencionado por los académicos, integrando la trazabilidad, la educación y el apoyo financiero a las pymes de economía circular, la industria textil dominicana podría liderar el mercado caribeño con un modelo que no se agota.
En última instancia, el futuro de la moda dominicana se está tejiendo hoy en los talleres de “upcycling” y en las aulas de diseño. La verdadera innovación no reside en producir más, sino en producir mejor, asegurando que cada prenda cuente una historia de respeto por el entorno y por quienes la confeccionan.
El legado de esta generación de diseñadores será, finalmente, demostrar que la elegancia y la sostenibilidad no solo pueden coexistir, sino que son el único hilo posible para sostener la industria del mañana.












