No caben dudas de que la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha marcado un punto de inflexión en la dinámica del sistema internacional, con fuertes impactos sobre la economía mundial, la geopolítica y las relaciones diplomáticas.
Es obvio, por demás, que más allá de simpatías o rechazos ideológicos, su liderazgo ha introducido un elemento que hoy define buena parte del escenario global: la incertidumbre como rasgo estructural de la economía, el comercio internacional y la forma en como hoy funciona el mundo políticamente.
El mundo había cambiado, pero ahora Trump lo puso patas arriba.
En el plano económico, la presidencia de Trump alteró supuestos que durante décadas habían guiado el comportamiento de los mercados. El cuestionamiento abierto al libre comercio, la imposición de aranceles como herramienta de presión política y la preferencia por acuerdos bilaterales en detrimento de marcos multilaterales ha generado un entorno menos predecible para la inversión y el comercio.
Si bien estas medidas buscaban fortalecer la posición negociadora de Estados Unidos, también incrementaron la volatilidad financiera y debilitaron la confianza en reglas que antes se consideraban relativamente estables. Ahora nadie sabe lo que ocurrirá después, excepto la incertidumbre como una especie de estilo de vida.
Así también, la geopolítica no ha sido ajena a este giro. El liderazgo estadounidense pasó de ejercer un rol de articulador del orden internacional a uno más transaccional, donde las alianzas se evaluaron bajo una lógica de costo-beneficio inmediato. Ahora, donde entendían que perdían hay que cambiar las reglas de juego, cueste lo que cueste. El caso de la Operación Maduro puede ser un claro ejemplo.
De igual manera, organismos multilaterales, tratados internacionales y compromisos históricos fueron sometidos a revisión constante: el caso de la USAID es la evidencia más palpable, lo mismo que la salida de los Estados Unidos del Acuerdo de Paris, provocando casi el colapso de la lucha contra el cambio climático. La diplomacia tradicional, basada en previsibilidad, consensos y construcción de confianza, cedió terreno frente a una diplomacia directa, confrontacional y, en muchos casos, impredecible.
Declaraciones públicas, decisiones unilaterales y cambios abruptos de postura se convirtieron en instrumentos habituales. La postura sobre quién debe ser dueño de Groenlandia, las advertencias a Colombia, Cuba, Nicaragua e Irán, y más recientemente la llegada de un buque de guerra a las costas de Haití, están enviando un mensaje que se puede leer como orden y caos, sin la certeza de apostar a uno u otro. Lo que sí queda claro es que el principal efecto transversal del liderazgo de Trump ha sido la normalización de la incertidumbre.










