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Enfoque Guarocuya

Dependencia y resiliencia 4/10

Guarocuya FélixPorGuarocuya Félix
23 marzo, 2026
en Enfoque Guarocuya
Santo Domingo
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No toda economía que crece fortalece su autonomía productiva. La diferencia entre estabilidad y resiliencia determina si un país consolida su trayectoria de largo plazo o permanece expuesto a factores que no controla. La República Dominicana ha mostrado capacidad de expansión durante décadas, pero la cuestión estratégica no es únicamente cuánto aumenta el producto, sino qué tan dependiente es la estructura que lo sostiene.

Una economía puede mantener equilibrio macroeconómico y, al mismo tiempo, descansar de manera significativa en flujos generados fuera de su sistema productivo. Esa dependencia no aparece de inmediato en las tasas trimestrales ni en los indicadores de corto plazo. Se manifiesta cuando el entorno internacional se altera y los motores externos pierden dinamismo o se vuelven volátiles.

Las remesas constituyen un ejemplo elocuente. Representaron alrededor del 8.7% del PIB en 2024 en la República Dominicana, mientras que en el promedio de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) las remesas entrantes suelen representar menos del 0.5% del PIB. La diferencia no es marginal. Revela una estructura de ingresos donde una fracción significativa del poder adquisitivo doméstico se origina en economías distintas.

Las remesas han funcionado como amortiguador ante crisis externas, como sostén del consumo y como factor de estabilidad cambiaria. Han contribuido a mitigar choques y a suavizar fluctuaciones del ingreso disponible en momentos críticos. Sin embargo, esos flujos no derivan del aprendizaje productivo doméstico ni de la generación interna de valor agregado con mayor densidad tecnológica.

En términos estructurales, las remesas son también el reflejo de un desequilibrio persistente en el mercado de trabajo interno. Cuando una proporción relevante de la fuerza laboral encuentra mayores retornos fuera del país que dentro de él, el ingreso que envía de regreso compensa parcialmente esa brecha, pero no la corrige. En ese sentido, las remesas pueden interpretarse como un subproducto no deseado de la insuficiente absorción productiva doméstica.

Son el resultado de la migración de capital humano -calificado o no- hacia economías donde la productividad y los salarios son más altos. El flujo estabiliza el consumo y mejora ingresos familiares, pero simultáneamente revela que el aparato productivo interno no genera oportunidades equivalentes para una parte de su población activa.

Una economía puede expandirse mientras una fracción significativa de su ingreso disponible proviene del exterior. Pero si aspira a converger hacia estándares de mayor sofisticación, la proporción del crecimiento sustentada en productividad interna debe aumentar gradualmente. El ingreso externo estabiliza; la generación interna de valor fortalece capacidades propias y reduce vulnerabilidades estructurales.

El turismo ofrece una dinámica similar. Su contribución directa al PIB dominicano se ubica alrededor del 11.6% del PIB, mientras que en la mayoría de las economías OCDE la contribución directa del turismo suele situarse entre el 3% y el 5% del PIB, salvo casos específicos con alta especialización sectorial.

El desempeño dominicano en turismo es notable y ha sido un motor relevante de empleo y divisas. Pero su peso relativo también expresa concentración en un componente que depende del ciclo económico global, del ingreso disponible en economías emisoras y de factores geopolíticos o sanitarios. La cuestión estratégica no es si el turismo debe expandirse, sino si la estructura productiva puede sostener su trayectoria cuando ese motor pierde dinamismo o enfrenta perturbaciones simultáneas.

La inversión extranjera directa (IED) aporta financiamiento y dinamismo sectorial. En 2024 alcanzó niveles significativos en proporción al tamaño de la economía, confirmando la confianza de inversionistas en el país. Sin embargo, el volumen de capital entrante no equivale automáticamente a transformación estructural.

La convergencia exige que esa inversión se traduzca en transferencia tecnológica, encadenamientos productivos locales, formación de capital humano y escalamiento empresarial. Si esos efectos no se consolidan, el capital externo puede impulsar crecimiento sin modificar de manera sustantiva la base productiva subyacente. La integración internacional es una fortaleza cuando amplía capacidades internas; se convierte en vulnerabilidad cuando sustituye procesos domésticos de acumulación de conocimiento y sofisticación productiva.

Desde la perspectiva fiscal, la República Dominicana registra una presión tributaria alrededor del 14.3% del PIB, mientras que el promedio de la OCDE supera el 34% del PIB. La brecha no es meramente cuantitativa. Refleja diferencias profundas en capacidad institucional, alcance del Estado y margen de acción para financiar innovación, infraestructura tecnológica, educación técnica avanzada y políticas de transformación productiva.

Una base tributaria limitada restringe la posibilidad de sostener procesos de sofisticación estructural y de fortalecer la autonomía productiva. La resiliencia económica no depende únicamente del nivel de reservas internacionales —que equivalen aproximadamente al 10–11% del PIB—. Ese nivel constituye un amortiguador financiero relevante frente a choques externos de corto plazo.

Sin embargo, la resiliencia estructural no se define solo por liquidez externa. Depende de la profundidad del aparato productivo, de la diversificación de fuentes internas de ingreso y de la solidez institucional que permita sostener procesos de aprendizaje acumulativo y generación interna de valor.

El déficit en cuenta corriente ha sido manejable en condiciones normales, pero su estabilidad descansa en la continuidad de remesas, turismo e inversión extranjera. Si varios de estos flujos se desaceleran simultáneamente, la estructura puede tensionarse.

Una economía que fortalece su resiliencia reduce gradualmente la proporción de su ingreso dependiente de factores exógenos. No renuncia a la integración global -eso sería contrario a la lógica del desarrollo contemporáneo-, pero amplía su base productiva interna y eleva la participación del valor agregado doméstico en la generación de crecimiento.

La diferencia entre estabilidad y resiliencia es sustantiva. Estabilidad es crecer cuando el entorno acompaña. Resiliencia es sostener la trayectoria cuando el entorno cambia y los flujos externos se reducen o se vuelven volátiles.

Una economía puede expandirse apoyada en condiciones internacionales favorables durante largos períodos. Una economía que converge construye bases internas que le permiten mantener crecimiento incluso en escenarios menos benignos.

Esa diferencia no se observa en una cifra anual ni en un trimestre favorable. Se observa en la arquitectura productiva, en la diversificación de fuentes de ingreso, en la capacidad institucional y en la generación interna de valor.

Mientras la estructura mantenga una dependencia elevada de motores externos para sostener consumo, inversión y estabilidad cambiaria, el crecimiento seguirá siendo vulnerable a factores fuera del control doméstico.
La convergencia no exige aislarse del mundo. Exige que la integración sea resultado de fortaleza interna, no sustituto de ella.

La resiliencia económica es, en última instancia, la capacidad de sostener el proceso de transformación estructural aun cuando el entorno internacional deje de ser favorable.

Y esa capacidad no depende de la magnitud de una tasa anual, sino de la autonomía relativa que haya construido la economía que crece y que transforma.

Guarocuya Félix

Guarocuya Félix

El autor es economista. Más de 30 años de experiencia en el sector público, privado y la academia. Doctor (c) en ciencias económicas por la Universidad de Barcelona.

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