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Enfoque Guarocuya

El país no cabe en el promedio 5/10

Guarocuya FélixPorGuarocuya Félix
27 marzo, 2026
en Enfoque Guarocuya
Santo Domingo
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El crecimiento agregado suele discutirse como si fuese un termómetro suficiente del desempeño económico. Una cifra nacional resume producción, expectativas y narrativa pública. Sin embargo, el promedio tiene una limitación estructural: comprime en un solo número realidades territoriales profundamente distintas. Cuando se habla de “la economía” como si fuese una unidad homogénea, se omite una dimensión esencial del desarrollo: el mapa.

El Producto Interno Bruto sintetiza la producción nacional, pero el país no produce de manera uniforme. No tributa de manera uniforme. No acumula capital humano ni empresarial de manera uniforme. La convergencia -en sentido estructural- no depende únicamente del ritmo de expansión agregada, sino de cómo se distribuye territorialmente la capacidad de generar valor formal, empleo productivo y base fiscal sostenible. Una economía puede expandirse y, al mismo tiempo, consolidar una geografía desigual del dinamismo. En ese caso, el crecimiento no integra: segmenta.

El análisis territorial del PIB elaborado por el Ministerio de Economía, Planificación y Desarrollo, junto a la Oficina Nacional de Estadísticas y el Banco Mundial, correspondiente al período 2015–2019, permite observar esta estructura espacial. Las diez regiones de planificación -hoy formalizadas en la Ley 345-22- muestran una concentración significativa del valor agregado en pocos polos. Cuando a esa fotografía productiva se le superponen los datos demográficos del Censo 2022 y la recaudación territorial del último Boletín de la DGII (2019, última publicación disponible con desagregación regional), el patrón se vuelve aún más claro.

La siguiente matriz resume las tres dimensiones -PIB, recaudación y población- en un mismo plano analítico:

Matriz integrada: estructura territorial del PIB, recaudación y población

Lectura desde la convergencia interna

La matriz no es simplemente una tabla comparativa; es una fotografía de la divergencia interna. No describe un proceso de convergencia en marcha, sino una estructura de disparidades consolidadas. Incluso entre las regiones que más ponderan en el producto nacional, las distancias son significativas. La brecha entre una región que concentra alrededor del 41% del PIB y otra que participa con 15%, o con 7%, no es marginal; es estructural. La jerarquía territorial no es sutil: es pronunciada. Cuando se observa la diferencia entre las tres regiones líderes y el bloque de regiones con participaciones inferiores al 5%, la asimetría se vuelve aún más evidente. La matriz no muestra proximidad relativa; muestra escalones que revelan una arquitectura económica jerarquizada.

La convergencia interna, en sentido económico estricto, implicaría que las regiones con menor productividad y menor generación de valor crezcan de manera sistemáticamente más rápida que las regiones líderes, reduciendo brechas en ingreso per cápita, formalización empresarial y capacidad fiscal. Implicaría movilidad en la estructura relativa de participación y una transformación gradual del mapa productivo. Sin embargo, cuando la estructura porcentual del PIB y de la recaudación regional permanece estable durante períodos prolongados, lo que se reproduce no es convergencia, sino estratificación territorial. La economía puede expandirse agregadamente, pero si las posiciones relativas no se alteran, el patrón subyacente se consolida.

La evidencia apunta a una concentración persistente en pocos polos. Aun dentro de ese grupo de regiones de mayor ponderación, las distancias continúan siendo amplias. No existe una distribución equilibrada entre los líderes; existe un polo dominante y polos secundarios claramente diferenciados. La convergencia interna no se mide únicamente entre extremos; también se evalúa en la distancia entre los propios nodos dinámicos. Cuando uno concentra más de la mitad de la recaudación y más de dos quintas partes del producto, mientras los demás se sitúan muy por debajo, la estructura territorial exhibe una asimetría de escala que no se corrige espontáneamente ni por simple crecimiento agregado.

La geografía de la desigualdad tampoco se agota en la comparación entre regiones amplias. Dentro de las propias regiones dinámicas, particularmente en las áreas metropolitanas, los mayores indicadores de pobreza y desigualdad se verifican en zonas marginales periféricas a las ciudades. La expansión urbana desordenada, la informalidad habitacional, la segregación espacial y la debilidad de servicios públicos en barrios periféricos generan cinturones de vulnerabilidad en el entorno inmediato de los polos más productivos. A ello se suma el uso indiscriminado del espacio físico: construcciones informales y formales de todo tipo a las orillas de carreteras principales, ocupación irregular de márgenes viales, proliferación de actividades comerciales sin planificación en corredores logísticos y asentamientos espontáneos en zonas de alto tránsito. Esta ocupación fragmentada del territorio no es solo un problema urbanístico; constituye una manifestación económica de baja coordinación institucional y de ausencia de integración territorial coherente.

De este modo, incluso dentro de la región con mayor PIB conviven alta productividad empresarial, concentración de capital y servicios avanzados con precariedad urbana, informalidad laboral, déficits estructurales de infraestructura social y deterioro del ordenamiento territorial. La divergencia opera en múltiples escalas: entre regiones, entre polos dinámicos y dentro de las propias ciudades. La estructura espacial del desarrollo revela que el dinamismo no elimina automáticamente la exclusión; puede coexistir con ella en proximidad geográfica inmediata.

La matriz, por tanto, no es una imagen neutra ni descriptiva en sentido pasivo. Es el reflejo de una configuración territorial donde la distancia económica entre regiones —y dentro de ellas— es amplia y persistente, y donde el desorden espacial amplifica desigualdades económicas preexistentes. Si esas distancias no se reducen de manera progresiva, la expansión agregada no se traduce en cohesión estructural.

La dimensión migratoria añade otra capa estructural al análisis. La población migrante, particularmente proveniente de Haití, no permanece confinada a la franja fronteriza. Se desplaza hacia los polos económicos más dinámicos, donde la demanda laboral es mayor y existen mayores oportunidades de inserción. Este movimiento incide en los mercados de trabajo locales, especialmente en segmentos de baja calificación, afectando salarios relativos, competencia ocupacional y estructura de informalidad. La migración interactúa con la geografía productiva existente y refuerza la necesidad de una estrategia de convergencia interna que reduzca brechas territoriales no solo en la frontera, sino en las periferias urbanas y en las regiones con menor densidad productiva.

En el plano comparado, la República Dominicana registra una presión tributaria de aproximadamente 14.3% del PIB bajo metodología OCDE, frente a un promedio regional de 21.3% y un promedio OCDE de 33.9%. Incluso dentro de la OCDE existen desequilibrios territoriales significativos —Italia, España o Alemania muestran divergencias regionales persistentes—, pero esos países operan con bases fiscales más amplias y con mecanismos institucionales de cohesión interterritorial consolidados que permiten compensar parcialmente las brechas. La convergencia interna no es un resultado automático del crecimiento; es consecuencia de capacidad fiscal suficiente, diseño institucional deliberado y visión estratégica de largo plazo.

Cuando el dinamismo se concentra territorialmente y la base fiscal es relativamente estrecha, la capacidad de compensación se reduce. Las regiones con menor densidad empresarial enfrentan menor formalización, menor inversión privada y menor generación de ingresos propios. Las periferias urbanas, aun dentro de regiones productivas, concentran pobreza y vulnerabilidad social. La migración interna e internacional puede funcionar como válvula de ajuste, pero no sustituye la construcción de capacidades productivas locales ni la integración territorial equilibrada.

La convergencia no se decide en una cifra agregada. Se define en la evolución relativa de las regiones y de los territorios urbanos dentro de ellas. Un país que aspire a estándares institucionales y productivos más exigentes no puede sostener brechas espaciales profundas sin comprometer su trayectoria de largo plazo.

El país no cabe en el promedio.

La estabilidad macroeconómica es condición necesaria, pero no suficiente. La estrategia nacional debe reconocer que el territorio —en sus regiones, en sus ciudades y en sus periferias— es el espacio donde se juega la productividad, la cohesión social y la sostenibilidad fiscal. La convergencia exige ampliar polos, integrar regiones y transformar periferias en participantes activos del crecimiento. Solo cuando el mapa productivo opere como sistema articulado, la expansión dejará de ser parcial y comenzará a ser estructuralmente transformadora.

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Guarocuya Félix

El autor es economista. Más de 30 años de experiencia en el sector público, privado y la academia. Doctor (c) en ciencias económicas por la Universidad de Barcelona.

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