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La isla desigual: desarrollo, divergencia y exposición en La Española 1/8

Guarocuya FélixPorGuarocuya Félix
20 April, 2026
en Enfoque Guarocuya
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Esta serie parte de una premisa central: la relación entre Haití y la República Dominicana no constituye un problema ocasional ni un conjunto de episodios aislados, sino una condición que incide de manera persistente sobre la trayectoria de desarrollo dominicana. Por esa razón, el análisis se sitúa deliberadamente desde la perspectiva de la República Dominicana, no para simplificar la complejidad haitiana, sino para examinar el problema en el espacio donde sus efectos económicos, institucionales y de política pública se manifiestan con mayor intensidad.

A lo largo de estos textos se sostiene que la distancia entre ambas economías no es reciente ni circunstancial. Es el resultado de trayectorias históricas que han evolucionado de manera distinta durante décadas y que, en el contexto de una isla compartida, han dado lugar a una interacción continua cuyos efectos no pueden entenderse únicamente a través de la migración, la seguridad, la frontera o la política exterior. Esos temas forman parte del problema, pero no lo agotan.

El argumento de fondo es que esta interacción se ha convertido en un componente permanente del entorno económico dominicano. Se expresa en los mercados laborales, en la organización del territorio, en las demandas que enfrenta el Estado y en la forma en que el país debe pensar su propio curso de desarrollo. Vista de esta manera, la cuestión haitiana no aparece como un ámbito separado del desarrollo económico, sino como una de las condiciones que lo enmarcan.

La serie se inscribe, por tanto, en el terreno de la economía política. Su propósito no es intervenir en el debate coyuntural, sino contribuir a reformular el marco analítico dentro del cual ese debate suele producirse. En lugar de observar solo los hechos inmediatos, propone examinar las dinámicas que los hacen posibles: la divergencia acumulada entre dos economías vecinas, la exposición derivada de su proximidad geográfica y la tensión que surge cuando la República Dominicana avanza hacia mayores niveles de organización económica mientras mantiene una interacción continua con una economía sujeta a limitaciones persistentes en su capacidad de acumulación productiva.

En ese contexto, la aspiración dominicana de converger hacia estándares más altos de institucionalidad, productividad y coordinación económica introduce una tensión adicional. A medida que el país se vuelve más organizado, también se vuelve más sensible a los desajustes que esa interacción puede generar. Esa tensión, que en esta serie se examina como una trampa de convergencia por exposición, obliga a pensar la relación con Haití no solo como un desafío de control o de contención, sino como un problema de organización económica y de conducción pública.

Lo que sigue busca aportar a esa discusión. No desde la retórica ni desde la urgencia episódica, sino desde una pregunta de largo alcance: cómo pensar la relación entre desarrollo, geografía y organización económica en una isla donde la proximidad no reduce la distancia, sino que le da una forma persistente y propia.

Haití y el límite del desarrollo en la isla

La restricción en la acumulación productiva

Para comprender la relación entre Haití y la República Dominicana conviene comenzar por un punto previo. Antes de examinar la diferencia entre ambas economías y la forma en que esa diferencia se proyecta sobre la isla, es necesario observar la lógica interna que ha condicionado la trayectoria económica haitiana a lo largo del tiempo.

Este enfoque no responde a un criterio de simetría. La serie se desarrolla desde la perspectiva dominicana porque es en ese espacio donde la interacción adquiere implicaciones concretas para la organización económica, la acción pública y la toma de decisiones. Sin embargo, esa mirada exige primero identificar las condiciones bajo las cuales opera la economía haitiana. Sin ese punto de partida, la distancia entre ambas trayectorias puede describirse, pero no entenderse en su alcance.

El punto central es una distinción básica. Haití no puede interpretarse únicamente como una economía de bajo ingreso. Esa caracterización es descriptiva, pero insuficiente. Existen economías con niveles de ingreso reducidos que, aun así, logran sostener procesos de crecimiento o transformación durante períodos prolongados. La diferencia relevante no es solo el nivel alcanzado, sino la capacidad de sostener procesos de acumulación productiva de manera continua.

Desde la teoría del crecimiento económico, esta limitación puede asociarse a la dificultad de sostener aumentos de productividad a lo largo del tiempo. Como señaló Robert Solow, las diferencias persistentes entre economías no dependen únicamente de la disponibilidad de recursos, sino de la capacidad de utilizarlos de forma sostenida. Esa capacidad, sin embargo, no se reduce a un problema técnico. Está condicionada por el entorno en el que se toman las decisiones económicas.

Ese entorno está definido, en buena medida, por las instituciones. En el sentido planteado por Douglass North, las instituciones son las reglas que organizan la interacción económica y delimitan el horizonte dentro del cual los agentes actúan. Cuando ese horizonte es incierto o inestable, la posibilidad de sostener decisiones de largo plazo se reduce. La inversión se vuelve más corta, el aprendizaje económico se vuelve más irregular y la coordinación productiva encuentra mayores obstáculos.

Esta precisión es importante porque evita una lectura simplista del problema. La limitación no se refiere a la ausencia de actividad económica. Haití ha mantenido, a lo largo de su historia, múltiples formas de producción, intercambio y adaptación. La diferencia aparece en otro plano: en la dificultad de sostener en el tiempo procesos continuos de inversión, coordinación y ampliación productiva.

La evolución histórica del territorio permite observar esta dinámica con claridad. Durante el siglo XVIII, el lado occidental de la isla —la colonia francesa de Saint-Domingue— constituía uno de los espacios más productivos de la economía atlántica. La producción de azúcar, café y otros bienes de exportación generaba niveles elevados de ingreso para la época y permitía una inserción dinámica en los circuitos comerciales internacionales.

Sin embargo, esa productividad estaba asociada a una estructura altamente concentrada, intensiva en trabajo forzado y orientada hacia el exterior. Desde la perspectiva del desarrollo económico, este caso muestra que altos niveles de producción en un momento determinado no garantizan su continuidad. La sostenibilidad depende de la capacidad de reorganizar la economía cuando cambian las condiciones que la sustentan y de convertir una base productiva inicial en una trayectoria capaz de renovarse.

La ruptura de ese sistema a finales del siglo XVIII transformó por completo el problema económico del territorio. La Revolución haitiana no solo implicó la independencia política en 1804, sino también el colapso de la base productiva existente. A partir de ese momento, el desafío dejó de ser únicamente la construcción de un Estado, y pasó a incluir la reorganización de una economía capaz de sostener producción en el tiempo bajo condiciones profundamente distintas.

Las décadas posteriores reflejan la complejidad de ese proceso. El nuevo Estado enfrentó aislamiento internacional, presiones financieras y limitaciones comerciales, al tiempo que debía resolver problemas internos vinculados a la organización del poder y del territorio. Estas condiciones no operaron de forma aislada. Se reforzaron entre sí y configuraron un entorno en el cual la continuidad de las políticas públicas y de la actividad económica resultaba difícil de sostener.

En este contexto, la cuestión central no es si la economía funciona, sino cómo lo hace en el tiempo. Allí donde la continuidad es limitada, las decisiones económicas tienden a concentrarse en horizontes más cortos. La inversión se orienta hacia actividades de retorno inmediato, la formalización pierde atractivo relativo y la organización de procesos productivos más complejos enfrenta mayores obstáculos. Estos patrones no deben interpretarse como elecciones aisladas, sino como respuestas al marco dentro del cual operan los agentes económicos.

Con el paso del tiempo, estas dinámicas generan efectos acumulativos. La dificultad para sostener inversión prolongada limita la diversificación de la economía, reduce las oportunidades de aprendizaje productivo y restringe el crecimiento de la productividad. A su vez, la baja productividad limita la capacidad del Estado para generar ingresos y fortalecer sus propias instituciones. Se configura así un proceso en el que la discontinuidad en la acumulación tiende a reproducirse.

Este patrón no implica inmovilidad absoluta. Existen períodos de expansión, episodios de mejora y momentos de mayor dinamismo. Sin embargo, la característica dominante ha sido la dificultad para mantener esos procesos de manera continua, lo que limita su consolidación en trayectorias de largo plazo.

En este marco, la restricción en la acumulación productiva puede entenderse como una limitación persistente en la capacidad de sostener procesos económicos en el tiempo bajo condiciones de continuidad institucional. Esta condición influye en la forma en que se organiza la economía, en el tipo de actividades que predominan y en el horizonte dentro del cual se toman las decisiones.

Las implicaciones de esta dinámica trascienden el ámbito interno de Haití. Cuando una economía que enfrenta dificultades para sostener acumulación interactúa de manera continua con otra que ha logrado mantener esos procesos durante períodos prolongados, la diferencia no se expresa únicamente en los niveles de ingreso. Se manifiesta también en la forma en que se organizan los mercados, en los incentivos que enfrentan los agentes económicos y en la capacidad de sostener actividades productivas en el tiempo.

En el caso de la isla de La Española, esta interacción adquiere una intensidad particular. Dos economías que comparten un mismo espacio geográfico han seguido trayectorias distintas durante varias décadas, generando una brecha que no permanece contenida dentro de sus respectivas fronteras. Por el contrario, esa brecha se proyecta sobre el territorio compartido y se traduce en formas concretas de interacción económica y social.

A partir de este punto, la diferencia entre ambas economías puede observarse de manera más directa. Esa diferencia no solo se refleja en los indicadores agregados, sino también en la forma en que se manifiesta en la dinámica cotidiana de la isla. Ese será el punto de partida del análisis que sigue.

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Guarocuya Félix

Guarocuya Félix

El autor es economista. Más de 30 años de experiencia en el sector público, privado y la academia. Doctor (c) en ciencias económicas por la Universidad de Barcelona.

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