Los dominicanos hemos desarrollado un superpoder: el de estirar el peso hasta que grite. Mientras el Gobierno nos explica con gráficas elegantes que la volatilidad internacional y los nubarrones externos son los culpables, el ciudadano de a pie siente que el carrito del supermercado se ha vuelto un artículo de lujo.
Ahora ir al súper es como entrar a una casa con muebles caros: entras con valentía y sales gritando cuando ves el precio del aceite y los huevos. Y ni hablar de la gasolina. Cada vez que llega el viernes, uno no sabe si echarle combustible al carro o perfume, porque cuestan casi lo mismo. Nos dicen que afuera el mundo está ardiendo, pero aquí adentro lo que arde es el bolsillo.
Al final, entre entornos complejos y justificaciones macroeconómicas, el dominicano resuelve con humor, porque si nos ponemos a llorar, ¡seguro también nos suben el precio de los pañuelos!











