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Vivir en una isla desigual

Trabajo, sociedad y economía en La Española

Guarocuya FélixPorGuarocuya Félix
22 May, 2026
en Enfoque Guarocuya
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En 2014 ocurrió un episodio que permite observar la relación entre Haití y la República Dominicana desde un ángulo distinto al habitual. No desde la frontera ni desde los indicadores económicos, sino desde la vida cotidiana. Ese cambio de escala no reduce la importancia del problema; al contrario, permite ver cómo una diferencia económica persistente termina organizando experiencias concretas, vínculos sociales y formas ordinarias de cooperación.

Leonardo trabajaba como conserje en el edificio donde vivo. Realizaba tareas de mantenimiento, limpieza y vigilancia, como ocurre en muchos espacios urbanos del país. Era parte de la rutina diaria del edificio, una presencia constante, casi invisible en su regularidad. Un día se produjo un incendio en uno de los apartamentos del segundo piso. Una señora había quedado atrapada dentro mientras el fuego comenzaba a extenderse.

Leonardo subió, entró al apartamento y logró sacarla antes de que la situación se agravara. La señora sobrevivió. Tiempo después se mudó a los Estados Unidos. Leonardo murió poco después, a causa de sida.

La historia no aparece en estadísticas oficiales ni en informes de organismos internacionales. Sin embargo, permite observar una dimensión que rara vez se incorpora al análisis de la relación entre Haití y la República Dominicana. El debate público suele concentrarse en la frontera, la migración o la política. Pero entre ambas sociedades existe también una red densa de relaciones cotidianas que sostienen, en la práctica, el funcionamiento de la economía.

Este punto es importante porque obliga a introducir una precisión en la forma de mirar la isla. La economía no ocurre en abstracto. Como señaló Karl Polanyi, las actividades económicas están incrustadas en relaciones sociales. La producción, el intercambio y el trabajo no se organizan únicamente a partir de precios o incentivos, sino dentro de estructuras sociales concretas que permiten coordinar acciones, generar confianza y sostener formas de cooperación. Cuando se observan las relaciones entre Haití y la República Dominicana solo desde el ángulo de la política o de la seguridad, esa dimensión queda fuera del campo de visión.

Sin embargo, en una isla donde dos economías profundamente desiguales interactúan de manera permanente, esa capa social no es un elemento secundario. Es uno de los lugares donde la diferencia económica se convierte en experiencia cotidiana. El punto de contacto entre ambas sociedades no está solo en los pasos fronterizos ni en las estadísticas migratorias. También está en los lugares de trabajo, en los mercados, en los espacios urbanos y en las tareas ordinarias que permiten que la vida económica continúe funcionando.

Estas dimensiones pueden organizarse en distintos niveles de análisis. La interacción entre ambas sociedades no se limita al mercado laboral, sino que se extiende a la forma en que se estructuran las relaciones sociales y los mecanismos de coordinación económica. Para observar esta interacción con mayor claridad, conviene ordenar sus planos principales.

La tabla resume una idea que la experiencia diaria de la isla confirma de muchas maneras. A pesar de la divergencia económica entre Haití y la República Dominicana, ambas sociedades se encuentran todos los días en múltiples espacios: mercados, obras de construcción, actividades agrícolas, transporte, comercio y servicios urbanos. Estas interacciones no son excepcionales ni marginales. Forman parte del funcionamiento normal de la economía dominicana.

La diferencia entre ambas economías no elimina la interacción. La reconfigura. En muchas regiones del territorio dominicano, trabajadores haitianos participan en actividades productivas que sostienen sectores importantes de la economía. La agricultura, la construcción y ciertos servicios urbanos incorporan mano de obra procedente del lado occidental de la isla. Este fenómeno no es exclusivo de La Española. Se observa en otras economías donde existen diferencias significativas de ingreso entre territorios cercanos. Pero en el caso dominicano adquiere una intensidad particular por la continuidad geográfica y por la magnitud de la brecha entre ambas trayectorias.

La teoría del mercado laboral dual, desarrollada por Michael Piore, ayuda a entender este patrón. Las economías que experimentan crecimiento tienden a generar segmentos del mercado laboral donde la oferta local resulta insuficiente al salario vigente o donde ciertos trabajos dejan de ser absorbidos por la población local en la escala requerida. En esos segmentos, la demanda de trabajo se cubre mediante inmigración. No se trata únicamente de pobreza en el país de origen. Se trata también de una característica del mercado laboral en economías que expanden determinadas actividades sin resolver internamente toda la oferta de trabajo que requieren.

La economía dominicana presenta rasgos consistentes con este esquema. El crecimiento de sectores como la construcción, el turismo y ciertas actividades agrícolas ha generado una demanda sostenida de trabajo en segmentos específicos. La proximidad geográfica y la diferencia de oportunidades económicas hacen que trabajadores haitianos participen en esos espacios. Esta interacción no es accidental. Es una respuesta a condiciones del mercado que se repiten en el tiempo y que forman parte del funcionamiento real de la economía.

Pero reducir esta dinámica a una simple relación laboral sería incompleto. Las interacciones económicas generan vínculos sociales. Personas que trabajan juntas, comparten espacios, resuelven problemas cotidianos y, en ocasiones, enfrentan situaciones de riesgo conjunto. La historia de Leonardo refleja precisamente ese tipo de relación. En el lenguaje del debate público, habría sido descrito como un trabajador migrante. En la práctica, era parte de una comunidad concreta. Su acción en el momento del incendio no respondió a un cálculo económico. Respondió a una relación social construida en el tiempo.

Este tipo de vínculos no es excepcional. Forma parte de la manera en que se organiza la vida económica en contextos donde distintos grupos sociales interactúan de forma continua. La producción no ocurre solo porque existan salarios y empleadores. Ocurre también porque existen rutinas compartidas, niveles mínimos de confianza, formas tácitas de coordinación y hábitos de convivencia que reducen fricciones cotidianas.

Aquí la noción de capital social adquiere relevancia. Robert Putnam ha mostrado que las sociedades con mayores niveles de confianza y cooperación tienden a reducir costos de transacción, facilitan acuerdos y logran coordinar mejor ciertas acciones colectivas. En el caso de la isla, este enfoque permite ver que la interacción entre dominicanos y haitianos no se agota en los flujos de mano de obra. También produce redes de convivencia, de cooperación informal y de resolución práctica de problemas que no siempre resultan visibles en la discusión pública.

En contextos de desigualdad económica, estas redes adquieren una importancia particular. Mercados fronterizos, lugares de trabajo y comunidades urbanas funcionan como puntos de encuentro donde ambas sociedades interactúan de manera regular. En esos espacios, la diferencia entre economías no desaparece, pero tampoco impide toda forma de relación. Lo que ocurre es más complejo: la desigualdad organiza la interacción, pero la interacción, a su vez, crea prácticas de cooperación que permiten que el sistema funcione.

Esto no elimina las tensiones. La diferencia en ingreso, productividad y capacidad institucional sigue siendo profunda. Esa diferencia continúa dando forma a la relación entre ambos países y alimenta presiones migratorias, debates políticos y percepciones sociales que influyen en la manera en que se interpreta cada episodio. La convivencia no anula la distancia. Lo que hace es convertirla en una experiencia repetida y cotidiana.

Por eso, la isla de La Española no es solo un caso de divergencia económica. Es también un espacio donde esa divergencia se vive a diario en la interacción entre personas. La frontera, en este sentido, cumple una doble función. Separa dos Estados con trayectorias distintas, pero también actúa como un punto de contacto donde ambas economías se encuentran. Esa interacción no puede entenderse únicamente a través de indicadores agregados. Requiere observar la forma en que se organiza la vida social y económica en los espacios donde la diferencia se vuelve concreta.

La historia de Leonardo no explica por sí sola la relación entre Haití y la República Dominicana. No podría hacerlo. Pero permite ver algo que los indicadores no capturan con facilidad: cuando dos sociedades profundamente desiguales comparten un mismo territorio insular, la economía no se organiza solo a través de políticas, normas o mercados. También se organiza a través de relaciones humanas que, en muchos casos, sostienen silenciosamente el funcionamiento del sistema.

Comprender esta dimensión es importante por otra razón. La diferencia entre ambas economías no solo se expresa en cifras de ingreso o productividad. También se manifiesta en la forma en que las personas trabajan, conviven, se ayudan y resuelven problemas dentro de un mismo espacio. Es en ese nivel donde la economía deja de ser una abstracción y se convierte en experiencia social concreta.

Y es precisamente allí donde aparece el siguiente paso del análisis. Si la divergencia entre Haití y la República Dominicana no permanece contenida en los indicadores y termina organizando relaciones, mercados y demandas sobre el territorio, entonces la pregunta ya no es solo cómo se vive esa diferencia, sino de qué manera se proyecta sobre el entorno dominicano como una condición permanente de su propia realidad económica.

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Guarocuya Félix

El autor es economista. Más de 30 años de experiencia en el sector público, privado y la academia. Doctor (c) en ciencias económicas por la Universidad de Barcelona.

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