En la República Dominicana hemos aprendido a celebrar la innovación. Cortamos cintas, inauguramos centros, anunciamos cohortes, organizamos paneles, publicamos fotografías y repetimos la palabra “ecosistema” con creciente comodidad institucional.
Eso no es malo. Todo país necesita símbolos. Todo mercado emergente necesita rituales de confianza. Todo ecosistema joven necesita espacios donde sus fundadores puedan verse, reconocerse y empezar.
Pero llega un momento en que la ceremonia deja de ser suficiente.
La pregunta que debemos hacernos no es si la República Dominicana tiene más programas de emprendimiento que antes. Evidentemente los tiene. La pregunta seria es otra: ¿estamos construyendo startups capaces de escalar, exportar, levantar capital, producir propiedad intelectual y competir fuera del mercado local?
Ahí comienza la incomodidad.
Según el Índice Mundial de Innovación 2025 de WIPO, la República Dominicana ocupa la posición 97 a nivel general. El dato más revelador no está en el ranking total, sino en la brecha interna: el país aparece mucho mejor posicionado en “Instituciones” que en “Resultados de Innovación”, y especialmente rezagado en “Producción de Conocimiento y Tecnología”. En otras palabras: tenemos una arquitectura institucional visible, pero aún no estamos convirtiendo esa arquitectura en suficiente producción técnica, científica, empresarial y exportable.
Ese es el verdadero problema. Hemos construido el teatro. Ahora necesitamos producir la obra.
La infantilización del fundador
Durante demasiado tiempo, gran parte de la conversación local sobre startups ha tratado al fundador dominicano como una promesa que debe ser motivada, acompañada y visibilizada, pero no necesariamente exigida, capitalizada y preparada para competir. La intención suele ser noble. El resultado, no siempre.
Cuando la innovación se diseña principalmente como programa de inclusión, responsabilidad social, empleabilidad juvenil o activación reputacional, se corre el riesgo de crear una economía de participación, no una economía de resultados.
El fundador recibe mentorías, certificados, fotos, pitch days y validación pública. Pero muchas veces no recibe lo que realmente separa una startup escalable de un negocio local digitalizado: disciplina comercial, arquitectura de ingresos, acceso a demanda institucional, capital inteligente, gobierno de datos, preparación para inversión y una estrategia real de expansión.
El problema no es el fundador que aprende a sobrevivir entre convocatorias. El problema es un sistema que premia la circulación por cohortes más que la conversión en ventas, exportación, propiedad intelectual y capital. Ahí nace la trampa de la caridad.
No porque apoyar a emprendedores sea un error. Al contrario. Es necesario. Pero apoyar no es lo mismo que escalar. Inspirar no es lo mismo que invertir. Capacitar no es lo mismo que construir motores comerciales. Y abrir un espacio de participación no es lo mismo que diseñar una plataforma nacional de competitividad.
La caridad puede abrir la puerta. Pero no puede ser el modelo operativo de una economía startup.
El “sandbox” dominicano
El mercado dominicano tiene una virtud y una trampa: es suficientemente sofisticado para validar ideas, pero demasiado pequeño para justificar ambiciones pequeñas.
Santo Domingo puede ser un excelente laboratorio. Tiene banca, telecomunicaciones, turismo, zonas francas, universidades, logística, consumo, talento creativo y una cercanía geográfica natural con Estados Unidos, el Caribe y América Latina. Pero un laboratorio no es un estadio.
Si una solución solo funciona dentro de un radio de cinco kilómetros entre Piantini, Naco y la Churchill, quizás no estamos frente a una startup escalable. Quizás estamos frente a un negocio local con interfaz digital.
Eso no lo hace irrelevante. Los negocios locales son importantes. Las pymes digitales son importantes. La modernización comercial también es innovación. Pero una economía seria debe saber diferenciar entre emprendimiento, pyme, autoempleo, innovación corporativa y startup de alto crecimiento.
Cuando todo se llama startup, nada se financia correctamente.
Y cuando todo programa se vende como aceleradora, pero pocas empresas salen con ventas recurrentes, unidad económica clara, acceso a mercados externos y capacidad de levantar capital, el ecosistema empieza a confundir movimiento con avance.
StartupBlink registra que el ecosistema dominicano ha mostrado señales de crecimiento reciente y posiciona al país en el puesto 106 a nivel global, con Santo Domingo como el principal nodo nacional. Ese dato es positivo. Pero también revela nuestra escala: seguimos siendo un ecosistema pequeño, todavía en construcción, que necesita convertir visibilidad en densidad, densidad en resultados y resultados en capital.
La brecha no es de talento. Es de arquitectura.
La República Dominicana tiene talento. Tiene fundadores capaces. Tiene operadores jóvenes con hambre. Tiene profesionales bilingües, diáspora, cercanía con mercados globales y una marca país que puede jugar mucho más fuerte en servicios, tecnología, movilidad, turismo inteligente, fintech, comercio regional y soluciones para mercados emergentes.
Lo que falta no es energía emprendedora. Falta arquitectura.
Por el lado de la oferta, nuestras startups necesitan más que inspiración. Necesitan sistemas de ingresos. Necesitan RevOps Science: una disciplina rigurosa para convertir producto, mercado, ventas, datos, operaciones y capital en un motor medible de crecimiento.
Una startup no escala porque su fundador habla bien en un demo day. Escala cuando entiende su cliente ideal, controla su embudo, mide su costo de adquisición, domina su retención, protege su margen, diseña una operación vendible, organiza su data room y puede demostrar a inversionistas que cada dólar invertido tiene una hipótesis clara de retorno.
Por el lado de la demanda, nuestras instituciones necesitan algo distinto: Innovation Architecture.
La banca, las aseguradoras, las zonas francas, las universidades, los multilaterales, las cámaras, las empresas familiares y las entidades públicas no necesitan simplemente “apoyar startups”. Necesitan aprender a comprar innovación, invertir en innovación, medir innovación, absorber innovación y convertirla en competitividad. Ese es el punto ciego del ecosistema.
Durante años hemos trabajado principalmente sobre la oferta: formar fundadores, convocar proyectos, organizar mentorías. Pero la demanda sigue subdesarrollada. Pocas instituciones dominicanas tienen mandatos claros para pilotear con startups. Pocas tienen vehículos de inversión. Pocas tienen criterios de compra tecnológica adaptados a empresas emergentes. Pocas saben separar una activación de marca de una tesis de innovación. Por eso muchas startups no mueren por falta de talento. Mueren porque el mercado institucional no sabe cómo comprarlas, financiarlas o integrarlas.
Capital simbólico versus capital de escala
La conversación también exige honestidad sobre el capital.
El país ha tenido esfuerzos importantes de apoyo emprendedor, incluyendo iniciativas que han canalizado recursos hacia proyectos innovadores. Por ejemplo, Cree Banreservas informó que desde 2015 ha desembolsado más de RD$72 millones como inversión de capital para proyectos innovadores. Esa cifra merece reconocimiento como señal de continuidad y compromiso institucional. Pero también revela la escala de la oportunidad pendiente.
RD$72 millones en una década puede ser valioso como apoyo ecosistémico. No es suficiente como infraestructura nacional de venture capital. El problema no es que existan programas así. El problema es esperar que instrumentos diseñados para apoyo, visibilidad o inclusión produzcan por sí solos los resultados de una industria de capital de riesgo.
Una economía startup necesita distintos carriles: programas de entrada, incubación, aceleración, corporate venture, fondos semilla, instrumentos de coinversión, compras públicas inteligentes, pilotos institucionales, investigación aplicada, mecanismos de salida y conexión con capital internacional.
No todo tiene que ser venture capital. Pero si nada opera con la disciplina del venture capital, no debemos sorprendernos cuando no aparecen resultados de venture scale.
El referente regional
No tenemos que inventar desde cero. Puerto Rico, con Parallel18, ofrece un referente regional útil.
Más que un simple programa de emprendimiento, Parallel18 ha construido una plataforma con métricas de portafolio, atracción internacional, capital, ingresos y continuidad empresarial. Según su propio reporte de impacto, su red supera las 500 startups apoyadas; sus compañías han generado más de US$502 millones en ingresos acumulados, levantado más de US$339 millones en capital y alcanzado una valoración combinada superior a US$847 millones.
Ese es el lenguaje que debe interesarnos: ingresos, capital, valoración, supervivencia, expansión y mercado.
No porque Puerto Rico sea perfecto. Ningún ecosistema lo es. Sino porque demuestra algo elemental: un programa de innovación puede medirse como activo económico, no solo como actividad reputacional. La República Dominicana debe aspirar a eso y más.
No necesitamos copiar modelos importados de manera superficial. Necesitamos construir una arquitectura propia, adaptada a nuestra economía, nuestra diáspora, nuestra relación con Estados Unidos, nuestra plataforma turística, nuestra posición logística, nuestra banca, nuestras zonas francas y nuestra capacidad de convertir servicios en exportaciones de conocimiento. La ambición correcta no es tener más eventos de emprendimiento. La ambición correcta es producir compañías que puedan venderle al Caribe, América Latina, Estados Unidos y mercados emergentes con problemas parecidos a los nuestros.
De programas a motores
La siguiente etapa del ecosistema dominicano no puede depender únicamente de más convocatorias. Necesita motores. Eso implica cinco cambios.
Primero, separar los programas de inclusión emprendedora de los programas de alto crecimiento. Ambos son necesarios, pero no deben tener la misma metodología ni los mismos indicadores.
Segundo, concentrar capital donde exista potencial real de escala. La inclusión abre puertas; la inversión exige selección.
Tercero, reemplazar parte del exceso de mentoría genérica con operadores especializados en ingresos, producto, datos, capital, expansión y gobierno comercial.
Cuarto, involucrar a las instituciones como compradores, inversionistas y socios de mercado, no solamente como patrocinadores de eventos.
Quinto, medir menos la cantidad de emprendedores atendidos y más la calidad de las empresas producidas: ventas recurrentes, exportaciones, empleos de alto valor, capital levantado, propiedad intelectual, contratos corporativos, pilotos convertidos y expansión internacional.
Ese cambio no es cosmético. Es cultural. Significa aceptar que la innovación no es una actividad de relaciones públicas. Es una disciplina de competitividad.
La oportunidad institucional
Aquí es donde el sector privado tiene una oportunidad histórica.
Los bancos, aseguradoras, grupos empresariales, universidades, zonas francas, cámaras de comercio, multilaterales y entidades públicas pueden seguir patrocinando el ecosistema desde la periferia. O pueden convertirse en arquitectos de su próxima etapa.
El país no necesita menos apoyo. Necesita apoyo más sofisticado. Necesita instituciones que entiendan que una startup no es solo un joven con una aplicación. Puede ser un nuevo canal de distribución, una fuente de inteligencia de mercado, una solución de eficiencia, un vehículo de inclusión financiera, una herramienta de formalización, una capa de datos, una oportunidad de inversión o una exportación futura.
También necesita fundadores que entiendan que el mercado no les debe aplausos. Les debe oportunidades si son capaces de producir valor medible. La caridad puede celebrar potencial. El mercado exige desempeño.
Y si queremos que la República Dominicana compita como economía de innovación, debemos dejar de tratar la escala como accidente y empezar a diseñarla como sistema.
Del sandbox al estadio
La República Dominicana tiene una ventana abierta.
La conversación global sobre nearshoring, inteligencia artificial, movilidad internacional, servicios digitales, fintech, turismo inteligente y mercados emergentes crea una oportunidad real para reposicionar al país. Pero esa oportunidad no se captura con retórica. Se captura con empresas, capital, instituciones y sistemas.
El sandbox fue útil. Nos permitió probar, experimentar, conocernos y crear lenguaje común. Pero ningún país gana el futuro quedándose en el laboratorio. El próximo capítulo exige menos teatro y más rendimiento. Menos programas aislados y más arquitectura. Menos dependencia de la validación local y más obsesión por la competitividad global. La República Dominicana no tiene que resignarse a ser espectadora del crecimiento tecnológico regional.
Pero para entrar al estadio, debe dejar de confundir caridad con capital, participación con productividad y emprendimiento con escala. Es hora de construir el negocio de ganar.
Referencias: World Intellectual Property Organization. Global Innovation Index 2025: Dominican Republic economy profile, StartupBlink. Dominican Republic Startup Ecosystem Rankings and Insights, StartupBlink. Santo Domingo Startup Ecosystem Rankings and Insights, Parallel18. From Puerto Rico to the World: A Decade of Supporting 500+ Startups, Parallel18. Impact Report Y8. Banreservas. Cree Banreservas invierte más de RD$72 millones en proyectos innovadores.













