El Gobierno dominicano ha firmado varios acuerdos para formar a técnicos locales en desarrollo nuclear. Aunque el contenido y el alcance de esos memorandos de entendimiento se detallarán en la segunda parte de este artículo, se supone que abarcarán la medicina nuclear, con equipos como tomógrafos PET (tomografía por emisión de positrones), gammacámaras y sistemas SPECT (tomografía computarizada por emisión de fotón simple).
Este avance en salud es muy importante, pero la prioridad debe ser la producción de energía. Ante la urgencia de cambiar nuestra matriz energética, la República Dominicana y sus líderes deben sentar las bases para usar la tecnología nuclear a gran escala, ya que la isla cuenta con el espacio y los recursos para estos proyectos.
Actualmente, la producción comercial se basa en la fisión nuclear, pero la fusión se encuentra ya a la vuelta de la esquina. A diferencia de la fisión, las cantidades de agua requeridas en los procesos de fusión son considerablemente mayores, lo que implica que las futuras plantas necesitarán condiciones geográficas específicas y mucho más restrictivas.
En un sistema cerrado, cuando se invierte más energía de la que se produce, nos encontramos ante un proceso con un bajo rendimiento o deficiencia energética; por ello, el verdadero hito de la fusión radica en lograr la ganancia energética neta, es decir, la producción de energía con base en superávits.
Aunque esta tecnología aún está en una etapa comercial muy temprana, se proyecta que para la década de 2030 se inicien las primeras operaciones comerciales a nivel mundial.
Las grandes potencias son plenamente conscientes de que las fuentes globales de agua sufren un declive exponencial en sus caudales, una realidad que ya afecta la estabilidad de la fisión tradicional en Europa, donde países como Hungría y Rumania han enfrentado dificultades y cierres en sus centrales debido a la drástica disminución de sus niveles hídricos.
Aunque la masa de agua global es constante, su redistribución geográfica está transformando ecosistemas enteros, perfilando a la cuenca del Amazonas como la última en manifestar este alarmante descenso.
Esta gigantesca cuenca abarca territorios de Brasil, Colombia y Perú, naciones conectadas por el curso del río. Asimismo, en el territorio venezolano se localiza el brazo o canal natural de Casiquiare, una vía fluvial única en el mundo que interconecta las cuencas del Orinoco y del Amazonas, vertiendo finalmente sus aguas en el río Negro. Semejante abundancia de recursos hídricos convierte a estos espacios en objetivos estratégicos de control geopolítico, no solo por su valor crítico para el consumo humano y la seguridad agrícola, sino por su rol indispensable para el desarrollo de los futuros proyectos de fusión nuclear.
Los chinos, dentro de sus propósitos comerciales con estos países latinoamericanos, supieron anticipar este escenario. Sus inversiones en Brasil, Venezuela y Perú no solo perseguían un fin mercantil, sino el control estratégico de sus recursos hídricos. Los norteamericanos se dieron cuenta tarde de la intención final de los asiáticos e intervinieron en Venezuela. Este choque de potencias demuestra que la dependencia actual de los hidrocarburos está tomando una vertiente peligrosa, enmarcada en una evidente pugna por el dominio de las reservas planetarias combinada con una escasez progresiva.
De hecho, el horizonte de proyección de los combustibles fósiles arroja apenas entre 20 y 30 años de producción óptima a nivel mundial.
Esta transición energética global se presenta muy alejada de la equidad distributiva. Sin importar que se paguen los altos precios que ya se están generando y que aumentarán en el futuro, los países importadores sufrirán el desabastecimiento muchísimo tiempo antes que las naciones productoras, ya que los proveedores considerarán otros factores estratégicos para priorizar el suministro, tales como las alianzas geopolíticas y la imposición de la fuerza.
Ante escenarios tan hostiles, resulta fundamental que naciones como República Dominicana cuenten con recursos humanos altamente calificados para implementar sistemas energéticos de manera autónoma, reduciendo al mínimo la dependencia foránea.
Irán es un ejemplo de esta soberanía técnica: sus profesionales poseen madurez y competencia en la tarea nuclear, al igual que los chinos y rusos, demostrando haber tenido una visión de largo plazo más amplia que el resto de la humanidad.
En contraste, la Unión Europea limitó severamente el uso de la energía nuclear como fuente de aprovisionamiento e incluso legisló para el cierre programado de sus centrales, llevando a que países como Alemania clausuraran prácticamente todas sus plantas; una decisión política que hoy expone las complejidades y vulnerabilidades de la geopolítica energética global.
Por ejemplo, las grandes centrales atómicas en Francia sufren actualmente un programa de mantenimiento cuya operatividad resulta más costosa que construir una planta nueva. Cuando estos procesos se descuidan, generan escenarios indeseables. Casos similares han ocurrido en el Caribe y Suramérica, donde la postergación e incumplimiento de mantenimientos programados en calderas de grandes termoeléctricas generaron pérdidas económicas: Palo seco en Puerto Rico, Celec en Ecuador, Antonio Guiteras en Cuba, Termocarabobo en Venezuela.
Desde una perspectiva estrictamente estratégica, surge la gran interrogante de si nuestra nación dispondrá del tiempo necesario para consolidar esta transición. Históricamente, las constantes variaciones y giros en las políticas gubernamentales han fracturado la continuidad de Estado, priorizando en muchos casos intereses de índole personal o político por encima de los criterios estrictamente profesionales y técnicos.
Bajo un esquema de gestión institucional con estas falencias, resulta imperativo evaluar cuáles serán los niveles de capacitación que verdaderamente alcanzarán nuestros profesionales en desarrollo.
En reiteradas ocasiones, las iniciativas de formación técnica especializada se ven estancadas debido a la falta de asignación oportuna de los recursos. Sin un financiamiento estatal blindado y transparente, resulta imposible garantizar la permanencia foránea de los estudiantes, así como el sustento adecuado y digno que estos jóvenes profesionales requieren. De no corregirse estas debilidades presupuestarias y de gestión, el relevo científico indispensable para nuestra soberanía energética seguirá siendo una meta inalcanzable.
Aunque el país acogió la Agenda 2030 y se comprometió con los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), el viraje del Estado hacia las fuentes de energía renovable no ha logrado cumplir con las expectativas ni con las metas proyectadas para este decenio. Independientemente de los informes técnicos que aseguran el cumplimiento de hitos energéticos en la producción o transformación de energía para uso industrial y municipal, la realidad sugiere que estos datos suelen ser sesgados, maquillado o, en el peor de los casos, alterados para simular progreso.
Esta distorsión estadística se relaciona estrechamente con las dinámicas de los foros internacionales. La experiencia directa en estos organismos multilaterales revela una preocupante tendencia: la mayoría de los actores intervinientes priorizan las poses diplomáticas y la proyección de una imagen políticamente correcta antes que el abordaje riguroso de los problemas de fondo.
El diseño de políticas globales se reduce a decisiones superficiales para cumplir la agenda. Un ejemplo son las mesas de debate sobre cambio climático, donde jornadas extenuantes concluyen en resoluciones retóricas. Esta falta de seriedad en la gobernanza obliga a que las naciones en desarrollo actúen con pragmatismo y autonomía en su planificación estratégica.







