Por: Mario Dávalos
La realidad en la que nacieron los que hoy son jóvenes la construyeron los que hoy son mayores. Para los primeros, esa realidad es un punto de partida. Para los segundos, es el producto de un proceso de vida, con esfuerzo, logros y fracasos, con celebraciones y tragedias.
Esa asimetría, y no un déficit de carácter, explica buena parte de la brecha generacional que hoy atraviesa a Occidente y el desencanto de la juventud.
Durante la segunda mitad del siglo XX, la narrativa de Occidente ofreció una visión esperanzadora. A pesar de las desigualdades profundas, sentíamos que el futuro prometía y caminábamos seguros hacia una mejor versión de nosotros mismos. La promesa tenía base concreta y verificable: en Estados Unidos, cerca del 90% de los nacidos en 1940 terminó ganando más que sus padres, mientras que entre los nacidos en los años ochenta apenas la mitad lo logró.
La generación que hoy tiene entre veinte y treinta años nació entre 1996 y 2006. Su vida consciente empieza con el 11 de septiembre, sigue con el colapso financiero de 2008, atraviesa una pandemia y desemboca en una transformación tecnológica que amenaza el empleo con el que pensaba sostenerse. No recibieron un mundo estable que luego se rompió: recibieron la ruptura y el colapso. Crecieron en medio de la explosión.
Nadie valora la ausencia de aquello que nunca le ha faltado y quien no vivió una dictadura no experimenta la democracia como una conquista, sino que la normaliza como parte del paisaje. Esto no es un defecto generacional y fuera injusto tratarlo como tal. Es una consecuencia directa de la condición humana. Mi generación tampoco agradeció como debía el fin de los Doce Años ni la caída de Trujillo, porque llegamos y ya esas batallas habían sido luchadas y ganadas, y las historias, aunque son parte esencial de quienes somos, no sustituyen a la experiencia ni nos marcan con la misma profundidad.
Al mismo tiempo, los jóvenes tienen reclamos con sustento duro. El acceso a la vivienda es quizás el más potente: en Estados Unidos, la edad promedio del comprador de primera vivienda pasó de 28 años en 1991 a 40 años en 2025, y los compradores primerizos son hoy el 21% del mercado, un mínimo histórico. En la República Dominicana, más de la mitad del empleo sigue siendo informal, y más de un millón de trabajadores jóvenes lo hacen sin contrato, sin seguridad social y sin trayectoria acumulable. El crecimiento existió, pero no todos lo vivieron de la misma forma, y desde ahí el relato del crecimiento, aunque preciso en términos macroeconómicos, puede parecerles ajeno e incluso cínico y de mal gusto.
¿Qué le importa a José, de veintitrés años, que el IMAE del segundo trimestre haya crecido por encima de lo proyectado, si sigue viviendo con sus padres porque un alquiler se lleva su sueldo completo? ¿Qué le importa a Mayra, madre soltera de veintiséis años, que la DGII haya roto récords de recaudación, si el café le subió otra vez este mes? ¿Qué le importa a Andrés, de treinta años, que se hayan creado ciento treinta y tres mil empleos nuevos, si el restaurante donde trabajaba cerró y él está desempleado? Ninguno de esos números es falso, pero si no se viven, no importan.
Para nosotros, los Homo sapiens capitalistas, que vivimos con el compromiso de “constante proceso de avance y crecimiento”, la realidad no se mide contra los datos, sino contra las expectativas. El trío liberalismo, democracia y capitalismo no prometió solamente bienestar: ofreció sentido, ascenso y destino, y lo hizo de manera espectacular a través de una cultura popular liderada por los países más poderosos de la época. A esa distancia entre lo prometido y lo entregado se suma un entorno nuevo: las redes sociales exhiben de forma permanente vidas mejores que la propia y convierten una comparación que antes era vecinal en una comparación global, continua y exagerada.
Según el Edelman Trust Barometer 2025, solo el 36% de las personas en el mundo cree que la próxima generación vivirá mejor; en Francia esa cifra cae a 9% y en el Reino Unido a 17%. Cuatro de cada diez encuestados aprueban alguna forma de activismo hostil, entendido como desinformación, amenazas, daño a la propiedad o violencia, y entre los de 18 a 34 años la proporción sube a 53%. El futuro aterra y ya no ilusiona. “Romperlo todo” dejó de ser una metáfora y para ser en una disposición declarada y contagiosa.
En el contexto dominicano esto importa de manera particular, porque aquí la promesa todavía tiene cierto crédito. Las libertades y posibilidades que ofrece hoy la República Dominicana, por limitadas que sigan siendo frente al ideal o frente a países más desarrollados, son muy superiores a las que recibieron nuestros padres y abuelos, que crecieron bajo la dictadura, la Guerra de Abril y los Doce Años. La pobreza monetaria bajó de 23.0% en 2023 a 19.0% en 2024 y la pobreza extrema quedó en 2.4%. En 2024, el apoyo a la democracia subió a 55%, siete puntos por encima del año anterior, y el 74% de los dominicanos declaraba optimismo económico, la cifra más alta de la región junto con Panamá. Pero el rumbo percibido es otra cosa: según nuestras propias mediciones, 77% considera que el país va en dirección incorrecta. Esto no es no es una contradicción entre encuestas, es la brecha entre lo personal y lo colectivo. La Gallup-Diario Libre de mayo de 2026 la muestra con nitidez: 62.9% califica la economía nacional como mala o muy mala, pero solo 43.9% dice lo mismo de sus propias finanzas. La gente se salva a sí misma del diagnóstico, y ese crédito es un activo político, pero es perecedero.
“Romperlo todo y recomenzar” tiene apariencia progresista. A todos nos dijeron que nuestro deber era cambiar el mundo, y no hay cambio más absoluto que la demolición. Pero demoler es rápido y barato, reconstruir es lento y caro, y quienes pagan la diferencia casi nunca son los que demolieron. El desencanto de la juventud no es una novedad. Ha sucedido antes y volverá a suceder. Lo nuevo no es el desencanto, sino que esta vez la curva material le da la razón.
Con la edad uno tiende a preferir la estabilidad por encima del cambio violento, y a mis recién cumplidos cuarenta y ocho años sigo cuestionando el sistema y el poder, pero no tengo la rebeldía, ni la rabia, ni la energía que tenía a los veinticuatro. Declaro el sesgo. Pero también admito que hay algo hermoso en la lentitud, en la experiencia y en la contemplación, y hoy soy lo más joven que seré nunca. Por honestidad intelectual tengo que admitir dos cosas al mismo tiempo: desde mi niñez en los ochenta, este país avanzó mucho en economía e infraestructura, y retrocedió en comportamiento cívico, medio ambiente, sentido de comunidad y cohesión social. Lo primero lo vemos en las estadísticas y algunos lo celebramos como parte del éxito económico dominicano. Lo segundo, creo yo, es exactamente lo que un joven experimenta todos los días: sentir que el país no lo incluye y que a veces incluso lo bloquea.
No podemos descartar la posición de la juventud por ser distinta de la nuestra, ni sus formatos, ni sus códigos, ni el farmeo de aura (bueno, eso quizás), porque su marco de referencia es distinto. Tenemos que entender su lectura, sus emociones y sus creencias, porque la confianza en el futuro dominicano no la vamos a restituir con datos, sino con pruebas en la experiencia individual. Una juventud que desconfía del sistema, que desconfía de la autoridad y que desconfía de la información elegirá mil veces romperlo todo y recomenzar, y no lo hará por ligereza ni por irresponsabilidad, sino porque nadie le ha dado una alternativa mejor.








