Bienvenidos a Santo Domingo, la ciudad que decidió que el cielo también es valla publicitaria. Aquí no vemos horizonte: vemos un enredo artístico de cables telefónicos y eléctricos que compiten por ver quién cuelga más bajo. Es nuestro “ornamento urbano” oficial. A eso súmale los letreros mal colocados, gigantes, torcidos, repetidos. Y los tarantines que brotan en cada esquina como si el espacio público fuera propiedad del mejor postor.
Qué linda postal para el turista: venir a conocer la Primada de América y encontrarse con una maraña que afea todo. Señores autoridades, Santo Domingo debería vestir su mejor gala. No una piñata de cables y zinc. Ordenar el cableado, regular la publicidad y recuperar las aceras no es lujo, es gestión básica. Porque una capital sin estética, es una capital sin respeto por sí misma. Y ya va siendo hora de que nos respetemos. ¿En qué quedaron los proyectos?







