Por unos días, República Dominicana puede mirarse desde otro balcón. Mediante el Decreto 642-26, el presidente Luis Abinader trasladó temporalmente su residencia oficial a Santiago de los Caballeros, del 14 al 16 de septiembre.
Más que una curiosidad administrativa, la mudanza ofrece una buena metáfora: cambiar el punto desde donde se gobierna también puede cambiar el ángulo desde donde se observan los problemas.
Desde Santiago, la economía dominicana luce menos capitaleña y más productiva. Allí aparecen con mayor nitidez la agroindustria, las zonas francas, el comercio, la manufactura, la construcción y ese tejido de empresas familiares que sostiene buena parte de la economía real.
También se ven las brechas: infraestructura, agua, movilidad, ordenamiento territorial, formación técnica y productividad. El Cibao recuerda que el crecimiento no ocurre solamente en los grandes agregados macroeconómicos; ocurre -o deja debe ocurrir- dentro de empresas, fincas, talleres y hogares.
Mientras la Presidencia despacha desde Santiago, el mundo se encarga de recordarnos que ninguna economía es una isla. El martes, el Brent cerró alrededor de US$108.75 por barril y el WTI en US$105.83, en medio de nuevas interrupciones en rutas petroleras sauditas y una conflictividad creciente en Medio Oriente.
A eso se suma una guerra entre Rusia y Ucrania que continúa golpeando infraestructura energética y manteniendo incertidumbre sobre mercados, transporte y precios.
Para un importador neto de combustibles como República Dominicana, el petróleo caro no es una noticia lejana. Puede trasladarse a subsidios fiscales, costos de generación y transporte, presiones inflacionarias y menor espacio para familias y empresas. La geopolítica termina llegando al colmado, aunque viaje miles de kilómetros antes de aparecer en la factura.
En medio de esa coctelera, un importante grupo financiero del país coloca sobre la mesa una discusión que merece sobrevivir al ciclo noticioso: República Dominicana necesita avanzar de un modelo apoyado fuertemente en inversión hacia otro en el que la productividad tenga un peso decisivo. Su planteamiento conecta educación, tecnología -incluida la inteligencia artificial-, capital humano y capacidad empresarial.
Ese puede ser el hilo que une Santiago con el petróleo y las guerras. No controlamos el precio internacional del crudo, ni decidimos cuándo terminarán los conflictos externos. Pero sí podemos decidir cuánta productividad incorporamos a cada peso invertido, cuánto conocimiento agregamos al trabajo y cuánto mejoramos la capacidad de nuestras empresas para producir valor.
Quizás gobernar tres días desde Santiago no cambie la geografía económica dominicana. Pero sirve para recordar que el país se entiende mejor cuando se mira desde más de un territorio y cuando el crecimiento se mide no solo por cuánto invertimos, sino por cuánto producimos con lo invertido.
Y después de petróleo, guerras, productividad, inflación y geopolítica, me permitiré una pequeña indisciplina macroeconómica: este jueves 17 estoy de cumpleaños. Prometo no convocar a las autoridades monetarias y financieras, no medir la productividad del bizcocho y, por unas horas, declarar mi celebración fuera del cálculo del PIB. Hay indicadores que conviene disfrutar sin someterlos a un análisis econométrico.








