China enfrenta un reto estructural que condiciona su política exterior: no produce suficientes alimentos para su población. Según expuso la profesora Ning Leng, de la McCourt School of Public Policy de Georgetown University, el país solo suple alrededor del 65% de lo que demanda su mercado interno.
El 35% restante es un vacío que debe cubrir con importaciones, inversiones externas y, cada vez más, con control directo sobre tierras agrícolas fuera de su territorio. Es, en palabras de Leng, uno de los grandes cuellos de botella de la seguridad nacional china.
El gigante asiático alimenta al 18% de la población mundial con apenas el 7% de la tierra cultivable del planeta. A eso se suma la degradación de suelos, la escasez de agua y la presión de la urbanización. La combinación deja al país en una posición de vulnerabilidad alimentaria permanente, pese a sus avances en productividad.
Esa vulnerabilidad explica una estrategia que va más allá del comercio. Beijing no sólo compra soya, maíz y carne; busca asegurar la tierra donde se produce. Leng señaló que China alquila o renta tierras en Brasil y en otros países de la región para producir directamente y garantizar flujo hacia su mercado.
Según la experta, Brasil es el caso central. Con su frontera agrícola en expansión, se ha convertido en el proveedor indispensable de soya para China y, a la vez, en receptor de inversiones para arrendamiento de tierras, empresas conjuntas y paquetes tecnológicos que incluyen semillas, fertilizantes y logística. El modelo no siempre implica compra directa de tierra, que está restringida en varios países, sino contratos de alquiler a largo plazo, acuerdos de producción y control de la cadena de comercialización.
La lógica, explicó Leng, es la misma que rige su modelo de infraestructura: no dejar el abastecimiento al vaivén del mercado spot. Si China depende de terceros para construir un puente, exige colateral y control. “Si depende de terceros para alimentar a 1,400 millones de personas, busca controlar la tierra”, entiende la experta, paradójicamente de ascendencia china, pero investigadora y profesora de Georgetown University, de Estados Unidos.
Este movimiento se inserta en una política de diversificación de riesgo. China aprendió de la guerra comercial con Estados Unidos y de las disrupciones de la pandemia que depender de dos o tres proveedores es peligroso. Por eso ha ampliado su mapa agrícola hacia Sudamérica, con Brasil a la cabeza, pero también con intereses en Argentina y en otras regiones como África.
La expositora considera que, para América Latina, el fenómeno plantea una doble lectura. Por un lado, es una oportunidad de inversión y de expansión de la frontera exportadora. La demanda china sostiene precios y financia infraestructura de acopio y puertos. Por otro, abre un debate sobre soberanía alimentaria, concentración de tierras y modelo productivo.
Leng advirtió que la presencia china en el agro no debe verse como una simple transacción comercial, sino como parte de una estrategia de seguridad alimentaria de largo plazo. China no está comprando solo soya; también se trata de capacidad de producirla mañana.
En ese contexto, el 65% de autosuficiencia no es un dato técnico, es un dato político. Obliga a Beijing a mirar hacia afuera cada año para cerrar la brecha, y convierte a Sudamérica en un actor central de su estabilidad interna. Mientras la demanda china de proteína animal siga creciendo, la presión sobre las tierras brasileñas y de la región seguirá aumentando.
Leng sostiene que el vínculo del agro entre China y América Latina dejó de ser coyuntural. A su entender, es estructural y seguirá profundizándose porque responde al mayor desafío de Beijing: cómo alimentar a su población sin depender de otros.












