En el contexto de la celebración en el país de la tercera edición de EmprendeLab, programa insignia de innovación y aceleración del Consejo Nacional de Promoción y Apoyo a la Micro, Pequeña y Mediana Empresa (Promipyme), creado para identificar, fortalecer y escalar emprendimientos dominicanos con alto potencial de crecimiento, especialmente aquellos vinculados a la tecnología, surgió el tema de la productividad como instrumento y mecanismo indispensable para impulsar a las empresas de menor tamaño relativo.
El planteamiento, sin embargo, puesto en la mesa por la alcaldesa Carolina Mejía pasó, a mi juicio, pasó casi desapercibido. Pero ocurre que la pregunta más relevante a nivel mundial es sobre si las mipymes están en condiciones de elevar su productividad y convertir esa ganancia en mayor competitividad. La respuesta a unanimidad es un sí, pero condicionado, ya que el desafío es considerable.
La productividad laboral expresa cuánto valor genera cada trabajador, en tanto que la productividad del capital indica cuánto producto obtenemos de los recursos invertidos en equipos, infraestructura y tecnología. Más importante todavía es la productividad total de los factores: la eficiencia con que la empresa combina trabajo y capital mediante tecnología, organización, innovación y capacidades gerenciales. Y esta distinción es fundamental.
Una mipyme puede adquirir una máquina moderna sin volverse más productiva si mantiene procesos deficientes, trabajadores insuficientemente capacitados, baja utilización del equipo, escasa digitalización y una gestión incapaz de transformar información en decisiones.
Dini y Stumpo, desde la Cepal, han documentado la persistente heterogeneidad productiva latinoamericana: las mipymes representan alrededor del 99% de las empresas regionales, pero su contribución a la producción es sustancialmente inferior a su participación empresarial y laboral. La Cepal estima, además, que la productividad de una gran empresa latinoamericana puede alcanzar hasta 33 veces la de una microempresa; una distancia mucho mayor que la observada en economías desarrolladas.
La comparación regional ofrece una advertencia adicional. Países como Costa Rica han desarrollado mayores capacidades de articulación con actividades tecnológicas, exportadoras y cadenas globales, mientras otras economías continúan concentrando numerosas pequeñas unidades en actividades de baja productividad.
República Dominicana posee, sin embargo, una ventaja: dispone de una economía relativamente diversificada, acceso preferencial a importantes mercados, infraestructura exportadora y una base manufacturera y de servicios susceptible de escalar. Elevar productividad exige actuar simultáneamente sobre cinco variables: capital humano, tecnología y digitalización, financiamiento productivo, calidad de la gestión y articulación con mercados y cadenas de valor.
La verdadera pregunta, entonces, no es si las mipymes dominicanas pueden elevar su productividad. Pueden hacerlo. La cuestión es si construiremos el ecosistema empresarial e institucional capaz de transformar miles de mejoras individuales en un salto sistémico de productividad. Perdonando la osadía, pero entiendo que la contribución de Promipyme sería vital si el próximo EmprendeLab tratara sobre tecnología, productividad y competitividad de las mipymes.








