Existe una extraña paradoja en la moral contemporánea: todos dicen amar la verdad, pero pocos están dispuestos a convivir con ella cuando no les da la razón. Bajo la premisa de que existen “malas verdades”, se esconde un mecanismo de defensa cínico.
Para estos individuos, la realidad no es un hecho objetivo que deba aceptarse, sino un recurso que se explota según la conveniencia.
Cuando la verdad sirve para desarmar al adversario, se invoca con solemnidad casi religiosa. En esos momentos, la transparencia es el valor supremo y el derecho a saber es incuestionable. Sin embargo, el escenario cambia drásticamente cuando esa misma luz ilumina las sombras propias.
En ese instante, la verdad deja de ser un “bien público” para convertirse en una “mala verdad”: algo inoportuno, una traición, un ataque injustificado o una falta de tacto. Depende la “dependedura”.











